lunes, 20 de enero de 2014

Rodrigo Abd: "En el periodismo no se puede ganar siendo egoísta..."


Se le considera un maestro de la fotografía. En dos ocasiones ganó el World Press Photo y obtuvo —junto a otros cuatro reporteros gráficos— el premio Pulitzer. Los cinco forman parte de la agencia Associated Press (AP).

Rodrigo Abd (Argentina) vino a El Salvador gracias al Foro Centroamericano de Periodismo que realizó el periódico digital El Faro en mayo 2013.

El fotoperiodista visitó el periódico salvadoreño, El Diario de Hoy y conversó sobre su trabajo y experiencias.

¿A dónde se remontan tus inicios periodísticos?

Comencé a trabajar en un diario muy pequeño que se llama La Razón, muy antiguo en Argentina. Tiempo después lo compró Clarín y yo me fui a trabajar a La Nación. En ambos periódicos cubría de todo. Trabajar en un diario es una gran escuela, una gran gimnasia, porque uno tiene que resolver en el mismo día un reportaje con el flash y unas luces, un partido de fútbol debajo de la lluvia, una cumbre presidencial, un reportaje a un guitarrista. En el mismo día uno hace de todo y aprendiendo de todo y todo eso te ayuda cuando estás en Siria o en Libia.

¿Y cómo diste ese salto del periódico local a una agencia internacional?

Me tocó cubrir toda la crisis argentina que fue bastante pesada. Tenía una amiga que trabajaba en el diario y empezó a trabajar en AP en Buenos Aires. Yo no sabía bien qué significaba AP, no sabía cómo funcionaba. Entonces, le dije a esta amiga cómo podía hacer para trabajar en una agencia. Tenía ganas de salir del país, de experimentar y ella me dijo que le mandara un portafolio a Buenos Aires. Y así fue que había una posibilidad en Bolivia o en Paraguay. Pero un día me llamó la jefa mundial de AP desde Estados Unidos y me preguntó si quería trabajar en AP Centroamérica, pero yo le pregunté si no era AP Bolivia, Paraguay y ella volvió a preguntarme, pero yo le pregunté en qué parte de Centroamérica... Mi jefa vio que yo tenía intención no solo de cubrir el día a día, sino desarrollar temas.

¿Siendo fotoperiodista la agencia te exige hacer videos?

Por ahora, no. Si estoy en un lugar y estoy solo porque AP Televisión no pudo llegar o porque quiero pasar más tiempo haciendo una historia, pues me piden algunos videitos para darle forma a la nota. Pero para la nota del día a día no me piden. ¿Sabés?, creo que es muy complicado como fotoperiodista hacer las dos cosas de la mejor manera. A veces estamos esperando una noticia y lo que realmente importa pasa en 20 o 30 segundos. Y esa es la foto. Tampoco digo que pase en todos los casos, pero: o tenés la foto o tenés el video. Es importante una buena capacitación. Si [los dueños de medios] quieren buen trabajo, tienen que invertir.

¿Volverías a trabajar en la dinámica tradicional de un periódico?

Me costaría mucho volver. Me acostumbré a trabajar pensando en mi historia con impacto regional y global, no local. Me acostumbré a trabajar historias que puedan impactar. Una vez que te metiste en esa lógica y volver a noticias tan locales... Es muy difícil.

¿Quién es Rodrigo Abd de aquellos primeros días como fotoperiodista y este que tiene dos World Press Photo y un premio Pulitzer? ¿Has cambiado?

Realmente, al tema de los premios yo no le doy importancia. Te pueden dar confianza o hacerte ver que lo que estabas haciendo no estaba tan mal y que valía la pena el esfuerzo y dejar muchas cosas de lado, no pensando en los premios, sino pensando en hacer el mejor trabajo posible. ¿Que si cambié? No cambié por los premios... Dejé de vivir en mi país, eso es tremendo. Es tremendo arrancar de cero en otro lugar, aprender lo que uno creía que era único, aprender de nuestro continente latinoamericano, aprender a viajar y adaptarte rápidamente a una realidad que no conocés. Aprendí a vivir en un país musulmán, en Afganistán. Son otros mundos donde la gente reza cinco veces al día. Te preguntan por qué no sos mulsumán cuando andás barba. Son lugares en los que tomarle foto a las mujeres es un acto grave. Tenés que adaptarte a esas realidades como a la de El Salvador en la que una persona anda con cinco guardaespaldas mirando para todos lados. Nunca había visto eso. Y hay que aprender a jugar con eso, a no juzgarlo de una manera negativa porque son momentos históricos, del proceso de un país. (...) Nunca hubiese conseguido un premio Pulitzer yo solo en Siria. Nunca, estoy seguro. Trabajar en equipo, de la mano es lo mejor. Ganamos porque fue un trabajo en equipo. Fuimos cinco fotógrafos que durante 12 meses transmitimos a diario imágenes de un conflicto tan serio como el de Siria. En el periodismo no se puede ganar siendo egoísta.

Tuviste la oportunidad de ver el trabajo de los fotoperiodistas salvadoreños. ¿Qué opinión tenés al respecto?

Aquí en El Salvador hay un gran potencial. He conocido fotógrafos que están a la altura de cualquier agencia mundial y no solo eso, ellos están capacitados para hacer de todo. Por eso dije en el taller que yo no tengo nada que enseñarles a los salvadoreños, en todo caso les dije que lo que podíamos hacer es intercambiar experiencias, porque aquí hay niveles muy buenos. Aunque he estado en otros países, creo que aquí en El Salvador hay más iniciativas para el debate (...) Hacer buen periodismo requiere muchísimo trabajo y esfuerzo. Invertir muchas horas de trabajo para muchas veces, frustrarse.

¿Alguna vez te has ido para una cobertura y te has dicho, "esta podría ser mi última fotografía"?

Sí, me lo dije en Siria. En la noche el ejército estaba tomando la ciudad y estaban bombardeando el pueblo en el que estábamos y los combatientes estaban llorando y tirando sus fusiles. Sabíamos que nosotros teníamos una sola oportunidad para salir y fueron momentos sumamente dramáticos porque caminamos de noche bajo los bombazos, yo no hablaba árabe, tenía que hacerlo en inglés. No podía entender qué estaba pasando.

¿Cómo te protegés emocionalmente, cómo evitás esas lesiones?


Intento... No quiero considerarme un fotógrafo de guerra, por eso creo que es importante volver a tu país o al lugar donde están tus afectos y hacer otro tipo de historias que te puedan nutrir. El balance de cubrir cosas muy dramáticas y devastadoras y al mismo tiempo cubrir cosas humanas. Ese balance me ha permitido seguir adelante.


Alberto Salcedo Ramos: "Los periodistas son perezosos para leer"


Es maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) que fundó su paisano, el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez. Tiene en su haber prestigiosos reconocimientos como el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, el Ortega y Gasset de periodismo por su crónica "La travesía de Wikdi", el Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

Ha publicado los siguientes libros: "El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé", "La eterna parranda. Crónicas 1997-2011". Pronto será reeditado el título "De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas".

En la charla que brindó a los periodistas, noté que la literatura tiene un gran peso en su bagaje: desde Balzac pasando por Hemingway hasta llegar a Octavio Paz y García Márquez.

Soy un gran lector. No leo de manera tan ordenada, pero soy buen lector. Siempre estoy leyendo algo. Viajo tanto que en un avión siempre me despacho un libro. ¿Sabes? La lectura me ayudó a conjurar el miedo a los aviones. Cuando aprendí a leer en los aviones, aprendí a viajar mejor. Al principio yo me paralizaba tanto. Los aviones empezaban a temblar en las turbulencias y me ponía tan nervioso. Un día descubrí que en el avión no hay nada que hacer, solo esperar que el piloto lo haga bien y llegar a mi destino. O morirme. En un avión, uno va encerrado, pero los libros son ventanas. Muy pronto aprendí que leer es una manera de pasarla bien. Emely Dickinson [poeta] decía que no hay alfombra que lo lleve más lejos a uno que un buen libro. Yo aprendí a leer antes que a ser periodista.

Sobre eso quiero que hablemos. ¿Qué autores lo formaron desde la literatura y desde el periodismo?

Los que he amado son Juan Rulfo, Dostoievski, Albert Camus, William Saroyan, Marguerite Yourcenar, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez. De los autores que han hecho no ficción me gustan Gay Talese, Truman Capote, Jimmy Breslin, John Hersey, Joseph Mitchell. De América Latina me gusta Juan Villoro, Leila Guerriero, Martín Caparrós, Julio Villanueva Chang. Creo que hay dos clases de maestros: los maestros que a uno le ponen al frente en el sistema educativo y los maestros que uno elige. Sigues la pista de los referentes que son importantes para tu oficio, que nunca estarán frente a ti dictándote una clase, pero que tú decides convertirlos en tus maestros. Yo tengo una lista grande de maestros a los que amo. Jamás me han dictado clases y ni siquiera saben que son mis maestros. De todos ellos mi preferido es Gay Talese.

Su inventario me parece interesante porque desde la literatura y el periodismo estos autores no se estudian. En periodismo ni hablar. No sé si esto sucede en Suramérica, pero los grandes ingredientes de la palabra escrita como la literatura y el periodismo no están.

¿Sabes qué pasa? Los periodistas son perezosos para leer. He oído a periodistas diciendo cosas tan absurdas como "no leo, porque no tengo tiempo". Un periodista que diga eso es equivalente a decir que un médico cirujano no tiene tiempo para hacer cirugías. No se trata de un asunto opcional. Es algo que está en la esencia del trabajo que hacemos. Hay que leer para alimentar la curiosidad por el mundo. Los libros alimentan la curiosidad del periodista.

Hagamos a un lado los manuales de periodismo y dígame desde su propia experiencia la definición de crónica.

Para mí la crónica es un género periodístico narrativo e interpretativo que tiene como función primordial el ponerle rostro a la noticia.

Hace unos días usted escribió esto en una red social: "Anotar menos y ver más". Entonces, me surgió la curiosidad por preguntarle qué grado de importancia tiene para usted la grabadora.

La grabadora es una prolongación de la memoria. Yo considero que tengo buena memoria. Me siento afortunado por eso, pero esta memoria jamás podrá competir contra la fidelidad que me garantiza la grabadora. Cuando grabo, recuerdo más. Me ayudo a recordar. La grabadora, además, le pone banda sonora a la realidad. Cuando hago una entrevista estoy pendiente de las palabras de la persona que habla conmigo y por estar tan pendiente de ella, descuido un poco los elementos del entorno, pero al llegar a casa a transcribir, pues me encuentro con la sorpresa de que no solo está la voz de la persona que entrevisté, sino que tiene otros elementos como el ladrido de un perro, el maullido de un gato, el frenazo seco de un carro en la calle. La grabadora no interrumpe el flujo de la comunicación y te permite estar pendiente del personaje: sus gestos, sus movimientos. La grabadora te guarda celosamente la voz, mientras que tú puedes entregarte a la tarea de mirar el entorno. Echarle la culpa a la grabadora por el mal periodismo es como echarle la culpa a la cama por las infidelidades.

¿Cómo es su método de trabajo? Uno sabe en qué momento inició el reporteo, pero en su caso, ¿cuándo se da cuenta que terminó lo que andaba buscando para su crónica?

Yo siento que todo está listo cuando todas las piezas están completas, cuando siento que en la mochila de viaje ya tengo toda la información que necesito para empezar a escribir la historia. Hay un momento —si sos riguroso— en el que te das cuenta que los testimonios se empiezan a repetir. Uno escucha cosas que escuchó antes. En ese momento es hora de sentarse a organizar el material y pensar cómo vas a escribir la historia.

Hablando de mochilas, usted en la mañana dijo algo así como "los periodistas aburguesados". Obviamente, estos no serían buenos para la crónica...

Los periodistas aburguesados son los que son perezosos para llenarse de barro. Yo citaba una frase de Hemingway en ese contexto: "La distancia entre el toro y el torero es inversamente proporcional al dinero que el torero tiene en el banco". Hay un momento en que el torero tiene una cuenta de ahorro tan abultada que ya no quiere acercarse al toro. Quiere disfrutar sus bienes. A los periodistas les pasa eso también. Cuando asumen cargos directivos en el que tienen un salario muy alto, ya no quieren volver a ser reporteros, ya no quieren salir a la calle a exponerse un poco para hacer un periodismo más cercano a la gente.

Recuerdo que usted escribió en una red social que en un inicio no le paraban bola con sus crónicas...

No me paraban bola porque yo era un periodista sin periódico. En realidad, siempre he sido un periodista sin periódico. Solo tuve un periodo al principio cuando empecé mi carrera profesional en el que trabajé en un diario, después de eso he sido un periodista sin periódico. Y creo que se puede hacer periodismo sin la necesidad de tener un periódico. Si uno necesitara comprar un periódico para hacer periodismo, el periodismo no existiría. Quienes compran los periódicos no son los periodistas, por lo general son los magnates.

¿Y cómo fue la experiencia de estar dentro de un periódico?

En el periódico aprendí a tomarle el pulso a la realidad. Un periódico es una gran experiencia. Es un laboratorio excepcional que te permite conocer la condición humana. Si sabes mirar, gracias a tu trabajo en un periódico, puedes mirar cosas profundas en el comportamiento de la gente. Además, puedes comprender algunas dinámicas sociales de tu entorno, de tu época.

¿Sobre qué o quién nunca escribiría?

No descarto escribir una crónica por prejuicios personales. Antes de decir no, por lo general, lo primero que hago es ir a ver qué encuentro, ver qué me puede motivar para que me active el instinto narrativo. Nunca he actuado como si fuera un divo. Jamás he actuado así. Y ojalá en la vida nunca se me ocurra actuar de esa forma. Yo soy un profesional. Hay temas que no me gustan, pero los hago.

Una curiosidad: ¿qué tanto lo editan a usted, es decir, los textos que conocemos de Alberto Salcedo Ramos pasan por un editor...?

Todos los textos pasan por un editor. Si el editor ve una palabra que no le gusta, me lo dice. Pero yo me reservo la posibilidad de tener la última palabra. Creo que me lo he ganado.

¿Y qué papel ha jugado la autocensura?

Yo no me autocensuro. Lo que hago es someterme a una vigilancia para no escribir con adjetivos facilistas con metáforas desgastadas. Siempre me vigilo para no repetirme, para no apelar a fórmulas que ya tengo patentadas. Escribo sin fórmulas. Escribo sobre la base de lo que me pide cada texto

¿Algún reclamo por alguna crónica, algo así como 'no me gustó cómo me sacaste'?

Tengo memoria de un caso. Una vez escribí sobre un futbolista del Junior, que es mi equipo favorito. El futbolista jugaba muy mal y además tenía como mala suerte. Una vez fui a verlo y ese futbolista cometió mil errores. Todo le salía patético y fue abucheado por el público. En un momento, alguien del otro equipo le pegó un patadón a este futbolista. El público dejó de abuchearlo. "Al menos nos conmovimos", dije mientras estaba viendo la escena. Entraron los médicos a atender al jugador. Todos pensaban que estaba muy mal. Todo quedó en suspenso y entendí que eso era una forma de piedad hacia el futbolista. "Por lo menos tenemos algo de compasión, no somos tan malos", me dije. Pero en ese momento el futbolista se levantó y dio saltos para continuar en el partido y alguien que estaba cerca de mí, dijo: "No joda, ese desgraciado no se lesionó". Sobre eso escribí una crónica y el protagonista se me molestó. Me dijo que él no era tan malo como yo lo pinté. Fue como un asunto de vanidad.

¿Hay una frontera entre el periodismo y literatura?

Periodismo es una cosa, literatura es otra; pero hay una variable del periodismo que es el periodismo narrativo del cual es parte la crónica. En ese periodismo narrativo hay un híbrido entre literatura y periodismo.

¿Hay una diferencia entre el periodismo suramericano y centroamericano?

No es lo mismo. Hay diferencias notables. Aquí en El Salvador siempre ha habido periodistas interesantes que tienen una voz propia. Rescato lo que hacen ustedes [El Diario de Hoy], El Faro. Casi en todos los países de nosotros [Suramérica] hay grandes cultores del periodismo narrativo.

¿Y para usted hay diferencias entre el periodismo que se realiza en España con el de Latinoamérica?

Sí, creo que el de España es más apegado a la farándula y a la política. El de América Latina es muy desenfadado en su manera de ver la realidad.

¿Cómo surge en usted el deseo por los personajes periféricos, marginales?

Siempre he creído que la prensa de América Latina es muy apegada a los círculos de poder. En los años 80 había un chiste terrible sobre las diferencias de la National Geographic y la revista Playboy: que los senos de una negra salen en National Geographic y los de una blanca en Playboy. Creo que el periodismo ha sido un rehén del poder. Como dice Norman Sims [autor de "Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal"], hay demasiado apego al poder.

¿Hay alguna crónica escrita por usted que se haya convertido en un parteaguas en su vida, que marque un antes y un después?


Creo que la crónica de Kid Pambelé [El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé] y la de El testamento del viejo Mile [compositor de La gota fría popularizada por Carlos VIves]. Esta crónica me gusta porque la investigué por mi propia cuenta, es decir, sin que nadie me la pidiera. Eso habla sobre mi compromiso que nunca es con los medios. Mi compromiso es con el género que me ha dado de comer. Yo le debo mucho al periodismo. Al periodismo le debo más que a los periódicos. No exageraría si te dijera que mi verdadera patria es el periodismo. Siento que ahí está mi patria. El periodismo me ha dado más que todos los gobiernos de mi país.

*Esta entrevista apareció originalmente en El Diario de Hoy de El Salvador. 

Claudia Hernández: "Yo me cocino a fuego lento"


Empezaremos la entrevista cuando usted se sienta cómoda, le digo a la escritora Claudia Hernández. Entonces vuelva en 20 años, me dice, mientras le echa una mirada aterradora a la grabadora.

Obviamente, no me tardé dos décadas en regresar. La derrota solo duró unos siete minutos, después le insistí en que quería hablar de su nuevo libro: Causas Naturales. Los 15 cuentos han sido publicados en Punto de Lectura. Acaba de salir del horno. La cocción fue a fuego lento. Quizás por eso su sabor es tan extraño como intrigante. La clave no está en los ingredientes, sino en cómo la autora manejó la llama, la temperatura y el tiempo.

Claudia Hernández es escritora, catedrática y ganadora del premio "Anna Seghers". También es una taxidermista de las circunstancias. Son ellas las que están en primer plano en sus cuentos y no los personajes: "De noche había en casa habitaciones que, de día, era imposible encontrar" (Habitaciones). O "Sucedió en el mercado. Mientras yo simulaba examinar los tomates antes de pagar por ellos" (Un pañuelito). Otra más que roza la poesía: "Debió haber venido con el viento" (En pleno comedor).

El cuento "En pleno comedor" bien podría ser un "bonus track" del disco "Dark side of the moon" de Pink Floyd, porque en él convergen el mal llamado posmodernismo, las manías, la codependencia, la plusvalía de viviendas que terminan siendo lujosas jaulas en forma de vitrina. O como dice la canción "Us and them" del álbum mencionado: "And after all we're only ordinary men..."

¿Por qué cuento y no novela?

—Me gusta leer novelas. No tengo problemas con eso: a veces es amor a primera línea. Pero escribirlas es algo muy distinto. Supone una manera de entender las cosas y un manejo del lenguaje y del tiempo que no se ajustan a los temas y las apuestas que hasta ahora me han ocupado. Cuando comencé a intentar y a escribir, no sentí por ella la fascinación que por el cuento. Jamás le he echado de menos ni sentido que me estoy perdiendo de algo. La novela diría lo mismo de mí.

¿Pero podría dar un salto hacia la novela?

—¿Para qué? Si lo que me pregunta es si me interesan otras formas de escritura o si escribiría algo que no sea cuento, la respuesta es sí. De hecho, dedico tiempo y esfuerzo en aprender las que me resultan atractivas (la novela no figura entre ellas). Pero el cuento me atrapa y me mantiene entretenida.

¿No se agotan los temas en el cuento?

—No ha sucedido hasta ahora, incluso cuando lleva siglos acompañando a la humanidad y ha sido empleado a lo ancho y largo del mundo. A veces parece que no da más porque toma siestas muy largas, se anuncia su fin, pero resurge tan elocuente como al inicio. Hermoso género, ¿no le parece? Infinito.

¿Con quién escribiría un cuento a dos plumas?

—No sé si podría alguna vez hacer algo como eso con el cuento. Ni siquiera creo que tenga sentido (para mí). Nunca me lo he planteado como un ejercicio de colaboración. Pero vea también que no soy una persona de grupos. Rara vez escojo estar en sitios llenos.

¿Por eso es esquiva con los medios?

—En parte. Me ponen nerviosa. No funciono dando respuestas íntimas a gente que no conozco y que suele tener mucha prisa. Yo me cocino a fuego lento. Ha pasado también que me han buscado cuando he estado enferma o que me han buscado para preguntarme acerca de temas en lo que no tengo autoridad para comentar.

¿Por qué no le gusta opinar públicamente sobre el trabajo de otros?

—Prefiero decírselos a ellos si la ocasión se presenta y, por supuesto, si me lo permiten. Los comentarios en público se los dejo a especialistas, que orientarán mejor a los lectores. Lo que yo diga sería solo cosa de gustos.

Hablando de eso, entonces, ¿por qué no le gusta Roberto Bolaño y quién le gusta de verdad, ya sea muerto o vivo?

—Que me guste o no Bolaño no anula las cualidades de su escritura. Lo que le dice es que lo que yo busco no está en su propuesta. Y no tendría por qué estarlo. Él no escribía para mí y no habría sufrido al saber que no estaba yo entre sus lectores. Ahora, los temas y los autores que me interesan son muchos. No tengo una lista definitiva. Han variado con las épocas, con la edad, con las experiencias de vida. No entiendo por qué alguien debería decidirse por uno solo estando la maravillosa posibilidad de tenerlos a todos.

¿Qué papel juega el lector para usted a la hora de hacer un libro?

—Vital. Es a él (en el presente o en el futuro) a quién se le cuenta lo que se ha aprendido, a él a quién se toma de la mano y se lleva por las rutas que has transitado. Por él se traduce a lenguaje lo que en uno bien puede quedar como una calidez o un sonido. Es el depositario de lo que uno considera lo más importante.

¿Se mete en los zapatos de ellos a la hora de hacer un cuento?

—Procuro meterme en los zapatos del narrador (que es quien hila la acción y funde esta con los ambientes) y extender, desde él, la mano a los lectores. Ellos deciden si emprenden el viaje al centro del cuento o no.

¿Qué o quién la metió en el oficio de escribir?

—Todo: La lectura. Los grandes autores y también los pequeños. Lo que te presentan es tan intenso que no puedes no desearlo ni puedes evitar intentar tenerlo o al menos tocarlo. Las condiciones (del país) en que crecí y en las que vivo se prestan perfectas para escribir, no porque te den facilidades, sino porque te dan motivos. Cuando menos lo sentí, estaba tomando un lápiz y apuntando oraciones.

¿Por eso hace literatura en un país en el que no se lee?

—No sé si no lee porque no le gusta, porque no puede o porque tiene otras prioridades. En cualquier caso, escribo cuentos porque nuestra realidad los produce y para que, cuando el país pueda, esté en condiciones y descubra que le gusta, haya algo para leer.

¿Por qué hay más poetas que cuentistas o novelistas en El Salvador?

—Me hago la misma pregunta. Tal vez quieran algo más que extender la mano y cortar los cuentos que acá florecen. Tal vez encuentran en el terreno de la poesía (al que yo no puedo entrar) todo lo que necesitan.

¿Debería el sistema educativo tener el cuento o la creación literaria como asignatura?

—Le vendría bien estar preparado para acompañar o dirigir las inquietudes (literarias, artísticas) de quiénes muestran interés o inclinación, ofrecerles alternativas para que no tengan que terminar inscribiéndose en una carrera que no quieren o que consideran la segunda mejor opción y que nada más los desgasta.

¿Qué necesita usted para escribir?

—¿Aparte de tiempo y observación de la naturaleza humana (que es lo que necesitamos todos)? Silencio (el ruido me mata), una buena silla (algunos cuentos requieren una larga espera o jornadas intensas) y experiencias intensas. No necesito un buen papel ni una cierta tinta, pero disfruto tenerlos.

¿Experiencias intensas? ¿Se refiere a sensaciones?

—En efecto. No parto de imágenes, sino de sensaciones. Mi preferida es la de descubrimiento. Una y otra vez, los cuentos dan testimonio de la manera en que descubrimos el mundo y de la transformación que ello obra en nosotros.

¿Por eso sus cuentos de este último libro inician por circunstancias y no con personajes en primer plano?

—Sí. Creo que los cuentos (al menos estos) dependen menos del personaje que de la situación. Ya se habrá dado cuenta de que muy pocos tienen nombre, casi ni uno tiene apellido o señas particulares. Lo importante acá es que hay alguien enfrentando una situación que lo sobrepasa y le causa tal curiosidad o seducción que lo mueve a ella. La acción es consecuencia de eso.

Sus personajes parecen ser de confort. ¿Pertenecen a la clase media alta?

—En general, son personajes para quienes el dinero no es demasiado importante, salvo en la medida en que los impulsa a tomar alguna decisión o a conocer algo. Tiene que ver más con su mentalidad y con las necesidades de la historia. Pero los hay (para ponerlo en sus términos) de toda clase.

Si usted fuera un personaje, ¿en qué situación estaría?

—Me gustaría ser un duende. Fui uno en el kínder (ayudante del zapatero). Me encantaría repetir la experiencia.

Sus cuentos son ordenados, ¿por qué no hay caos, estallido, big bang?

—Hay, pero tácito o no subrayado, porque lo que me interesa es justo lo que viene después: la necesidad de sobrevivir, de fundar o de reconstruir. Muy a tono para un país con una capital que se desmorona a cada rato, ¿no cree?

¿Por eso todos sus personajes son maniáticos? ¿Usted necesita que el resultado sea siempre el mismo?

—Quizá compartamos obsesión. Eso habría que preguntárselo a otro tipo de profesional.

¿Por qué el escenario de sus cuentos es la ciudad?

—Supongo que porque es el espacio que nosotros construimos y nosotros destruimos. Somos nosotros mismos. Sus grietas son las nuestras, su buen o mal gusto es el nuestro y sus esquinas conmovedoras son las que mejor nos ayudan a entendernos. Es el escenario que mejor nos describe.

¿La geografía influye en su trabajo? Es decir, ¿ha escrito cuentos fuera de San Salvador o del país?

—Lo he hecho, sí. También he escrito cuentos con otras ciudades como escenarios o temas. No creo que tenga que ver tanto con el lugar (aunque un sitio donde no haga tanto calor ayuda) como con el momento en el que se alcanza la comprensión que permite cerrar el capítulo y contar la historia.

¿De qué se priva como escritora? ¿De qué la ha privado la literatura?

—De nada que no haya estado dispuesta a dar. Es curioso que, visto desde afuera, parezca que la literatura le quita algo a uno. Desde el punto en el que estoy, yo lo he sentido todo como ganancia. No hay nada de lo que me arrepienta ni nada que lamente. Creo que, si ha hecho un intercambio injusto, es porque me ha dado más de lo que imaginaba o me esperaba.

¿Una historia feliz, entonces?

—No exactamente. Pero la felicidad está sobrevalorada. Quedémonos en que es una vida que me ha gustado hasta ahora. Con todo y los golpes o las dificultades.

¿Fue una dificultad encontrar una editorial?

—Fue más difícil decidirme a volver a publicar. No estaba segura de querer dejar la frecuencia en la que estaba o de tener energías para atender lo que el proceso requiere. Pero todo salió muy bien. El libro ha tenido la fortuna de encontrar espacio en una editorial y yo he tenido la fortuna de trabajar con una editora que entiende muy bien mi trabajo, que hace muy bien el suyo y con quien ha sido un placer intercambiar puntos de vista.

¿Cuánto le editan?

—Depende de quién está a la cabeza y del nivel de trabajo de la propuesta que presento. Para el caso de este libro, me señalaron detalles y me hicieron sugerencias para facilitar la lectura de ciertos momentos en las historias. Las discutimos y llegamos a un acuerdo. Fue un proceso muy agradable.

¿Tiene reglas acerca de su propia manera de escribir?

—Reglas no. Aplico ciertos principios de lo que voy estudiando y aprendiendo. Lo que hago es que me esfuerzo por presentar el trabajo en la mejor condición posible. Procuro no dejar que otra persona haga el trabajo que me corresponde para que ella pueda dedicarse al que le compete.

¿Qué o quiénes le ayudan?

—Algunos amigos. Los libros y autores que leo. El editor o editora con quien esté trabajando.

¿Qué hace cuando se traba en el proceso de creación?

—Depende del tipo de traba. Salgo a caminar, discuto con alguien por horas, limpio macetas. En general, cambio de actividad.

¿Qué opina acerca de textos muy bien escritos pero que están muertos? Lo que quiero decir es que hay gente que escribe bien, pero es horriblemente aburrida.

—Que a veces las circunstancias no permiten que sus autores se tomen más tiempo para trabajarlos, para conectar con algo que de verdad los mueva. Pero tampoco me preocupa demasiado ni me quita el sueño. Sus escritores no tardarán demasiado en darse cuenta de eso y tomarán las medidas necesarias.

¿Alguna vez no ha terminado alguna historia?

—Muchas. Me pasa si me doy cuenta de que estoy escribiendo en automático o que estoy escribiendo algo que no entiendo o ya no es tan importante como creía al inicio. A veces las termino, pero no las publico porque no me parecen que tengan calidad suficiente. A veces escribo textos que son solo para "consumo interno", para mí y un par de amigos.

¿Causas naturales es un final? ¿De dónde vienen esos cuentos?


—Vienen de la experiencia de crecer, de volverse adulto. Cierro con él un ciclo de cuentos que inicié con De fronteras. Seguí a una generación (la mía) durante un tramo que ha llegado a su final: nos hemos transformado en los que antes eran los otros, somos ahora quiénes les crean un mundo extraño a los niños que abren los ojos y lo descubren.

domingo, 19 de enero de 2014

Joan Jara: "Lo que hicieron en mi vida no tiene reparación…"



Una entrevista de Tomás Andréu y la artista chilena, Elizabeth Neira

Joan Jara estaba despierta la madrugada del 16 de septiembre de 1973. Esperaba el regreso de su esposo, que nunca sucedió. Eran las dos de la mañana del día domingo cuando ocurrió dentro de ella un estallido que aterrorizó toda su existencia. "Estaba acostada, pero no dormida. Me llegó la convicción de que Víctor [Jara] estaba muerto. Me senté en la oscuridad. Había un vacío terrible". La sensación de la bailarina británica era acertada: Víctor Jara, el cantautor y director de teatro chileno, había muerto en manos del régimen militar (de 1973 a 1990) de Augusto Pinochet.

La viuda del artista nació en Inglaterra en 1927. En Europa creció como Joan Alison Turner. En Latinoamérica es Joan Jara. Ella creó la Fundación Víctor Jara. Es bailarina y gestora cultural. Desde el asesinato de su esposo tiene como única misión "perpetuar la memoria de Víctor y lo que significa su obra y sus valores". Por eso regresó a Chile "en plena dictadura militar en 1984", porque "tenía que sacar a Víctor de la clandestinidad".

En el siglo XXI, la vida y obra del cantautor chileno siguen conmoviendo al mundo. Sus discos emblemáticos como "Pongo en tus manos abiertas...", "Canto libre", "El derecho de vivir en paz", "La población" y "Canto por travesura" todavía son escuchados por el mundo. Artistas de todas las disciplinas le han rendido culto. Solo desde el ámbito musical, las ofrendas van desde dedicar conciertos (como lo hizo en 2012 Roger Waters, de Pink Floyd, en Chile) hasta crear canciones en memoria del artista (como lo hizo U2 en "One tree hill", del álbum "The Joshua tree") o ser mencionado y reivindicado en composiciones (como "Washington bullets", de The Clash, donde aparece la petición "Please, remember Víctor Jara").

Víctor Jara nació en 1932. El pasado 28 de septiembre de 2013 habría cumplido 81 años.

Han pasado 40 años desde la muerte de Víctor Jara. Él se ha convertido en una figura mundial. Su música y persona son homenajeados por artistas de todo el mundo: Bruce Springting, Roger Waters (Pink Floyd), Silvio Rodríguez, U2, Pedro Aznar, Rage Against the Machine, The Clash, Los Fabulosos Cadillacs. ¿Qué siente usted con toda esta devoción?

—Cuando yo salí de Chile en el año 1973, me cambié el nombre, usé mi nombre de matrimonio en vez de mi nombre británico, porque salí con una misión: perpetuar la memoria de Víctor y lo que significa su obra y sus valores. Entonces, en todo este proceso de 40 años se cortó mi vida [pero] comenzó otra vida al servicio de la memoria —no solo de Víctor, sino de todo lo que representa él [en la historia de Chile]—. Esto es un proceso que ha ido creciendo. A mi edad —y después de 40 años de los hechos— podría decir que mi tarea esencial está cumplida, porque si bien se recuerda la muerte de Víctor Jara, también se recuerda su obra, los valores inherentes a su creación, el contenido de su universo. Desde hace mucho tiempo los artistas —en español o en otros idiomas— recrean sus canciones. Ha sido todo un proceso en el que Víctor se ha elevado como un símbolo de las violaciones a los derechos humanos en el mundo.

También se ha erigido como símbolo de dignidad...

—Sí, eso fue justamente lo que pretendí cuando regresé a Chile en plena dictadura militar en el año 1984. [Tenía que] sacar a Víctor de la "clandestinidad" en que se encontraba. En Chile era un símbolo de la resistencia a la dictadura, pero mi propósito aquí fue que las generaciones jóvenes conocieran su obra en toda su dimensión: como artista, hombre, director de teatro, folclorista.

Cuando usted saca de Chile clandestinamente la obra de Víctor, ¿hubo algo que se extravió, algo que no haya podido recuperar?

—Creo que no. Sé de una sola canción que se extravió, pero se trataba de una regrabación de "El arado". Debo decir que fue gracias a la solidaridad internacional que rápidamente se sacó de Chile todo el material. Especialmente la embajada sueca que sacó [la obra de Víctor Jara] y me la entregó a mí en Inglaterra.

A 40 años del golpe militar, desde su opinión, ¿por qué cree que los militares se ensañaron con Víctor y le dieron una muerte tan horrenda?

—Víctor era representante del pueblo chileno. Un representante para ellos muy notorio y desafiante. Ahí hubo un tema de clase, además de político. Un deseo de humillar a Víctor, de amedrentarlo, porque era un representante destacado del pueblo que además no era arribista, sino orgulloso de su pertenencia al pueblo. Además, era una figura que les provocaba mucha contradicción porque era respetado y alabado en todos los círculos culturales del "establishment". El mismo diario El Mercurio lo elogiaba como director teatral, como artista.

¿Era desafiante porque no aspiraba a ser como los de la clase que lo alababan, sino que defendía su identidad...?

—Claro, lo peor para ellos es que Víctor no era arribista, no les halagaba, no se subyugaba. Él decía, "Yo soy del pueblo y lo que me importa es el pueblo chileno. O mi clase. Yo vengo de esta clase, de los más pobres y canto por ellos y para ellos". Él no trató de cambiar de clase social. Tampoco vivía mal. Él decía que no necesitaba estar sucio y rotoso para hablar del pueblo, que los que necesitaban ir a vivir a una población para hablar del pueblo eran los hijos de la burguesía.

Usted ha sido testigo del desarrollo de la izquierda en Chile y de los movimientos sociales en estos 40 años. ¿Cuál es su opinión?

—La verdad es que para mí ha sido decepcionante. Súper decepcionante. Con demasiado miedo. Pero yo celebro el movimiento de los estudiantes, la gente joven. Ellos ya no se dejan engañar, no tienen miedo.

¿Qué le diría usted a los políticos...?

—Nada… (Silencio) Yo he sido fiel a lo que pienso. Tal vez yo sea individualista en ese sentido, pero he tratado de entregar el pensamiento, los valores, la obra de Víctor y agradezco la cooperación de todas las personas que han apoyado a la fundación (Fundación Víctor Jara) que es totalmente independiente. Por eso somos tan pobres. No contamos con ninguna subvención de nadie. De ningún partido político ni de ningún gobierno.

La fundación ha tenido bastantes problemas para funcionar en este último tiempo. ¿Cree usted que hay acoso político?

—Indudablemente ha habido acoso político. Pero también es cierto que muchos de los problemas que hoy tenemos se deben a nuestra propia inexperiencia en materias en las que no nos manejábamos. Temas legales, judiciales, etc. Esto de querer ser independiente ante todo, también ha tenido un costo para nosotros, porque nuestro mundo es el quehacer artístico y es a veces muy ajeno a la burocracia.

Para muchos artistas del mundo es inconcebible que la Fundación Víctor Jara no reciba un apoyo permanente como política de Estado. ¿Qué piensa usted?

—Sí, es cierto que eso allá fuera cuesta creer. Nosotros hemos funcionado a veces con proyectos Fondart, que son proyectos financiados por el gobierno pero que se concursa y no es permanente y no dejan nada a la fundación. Nosotros hicimos una gran inversión que fue también una gran equivocación: edificar el galpón (Galpón Víctor Jara) en un terreno arrendado. De ahí nacen gran parte de nuestros problemas actuales. Obviamente, la fundación y la figura de Víctor aún tienen enemigos en Chile. También nos ofrecieron y luego nos quitaron la posibilidad de ocupar el Estadio Chile (actual Estadio Víctor Jara) para el funcionamiento de la Fundación. Actualmente el Estadio Chile no se puede ocupar como lugar de cultura.

Como artista, ¿qué le pasa cuando se encuentra con estos obstáculos en Chile para poder seguir difundiendo el trabajo de Víctor, haciendo cultura?

—Me produce tristeza, frustración y rabia, también. No hay visión de lo que significa el arte en el desarrollo del ser humano. Claro, el deporte es cultura pero no tiene el mismo valor que la danza, que la música, que la poesía en el desarrollo del ser humano. Sobre todo en cuanto a la participación de las personas en procesos creativos.

Usted ha dicho que no cree en la justicia chilena y consecuentemente han buscado ayuda fuera del país, específicamente, ahora entra en el caso la reconocida abogada española Almudena Bernabéu. ¿Qué espera usted del caso?

—Ella es nuestra abogada, pero el contacto fue de parte de ellos: una organización muy prestigiosa en derechos humanos. El Center for Justice & Accountability. Ellos han sido muy exitosos en casos de derechos humanos como el de los sacerdotes jesuitas asesinados en El Salvador (1989). Ellos han logrado que los criminales de los derechos humanos sean llevados a la justicia. Especialmente, criminales de América Latina que buscan refugio en Estados Unidos y consiguen, incluso, la nacionalidad norteamericana.

¿Como el caso de Pedro Barrientos identificado como el autor material del asesinato de su marido?

—Sí, como el caso de Pedro Pablo Barrientos...

¿Qué espera usted o que le gustaría que consiguieran estos abogados en su caso?

—Mira, como la iniciativa no fue nuestra, pero dado a que ellos se especializan en procesos civiles donde aparentemente la idea es también una compensación económica, lo que este centro ha logrado muy bien es mucha resonancia a nivel de la opinión pública, porque es un gran apoyo al proceso de extradición que es extremadamente lento porque debe aprobarse por el gobierno de Estados Unidos. La idea es que esta persona que ha sido identificada y que está siendo procesada como el autor del asesinato de Víctor sea traído a Chile y pueda enfrentar un juicio acá.

Joan Jara: ¿cuál es su deseo con respecto a la justicia?

—Para mí es muy tarde la justicia. Es imposible hablar de reparación, porque lo que hicieron en mi vida no tiene reparación. No la tendrá nunca. En ese sentido, yo antepongo la importancia de la verdad antes que la justicia, porque para la historia futura es tremendamente importante que el proceso judicial se cumpla cabalmente, porque es ese proceso el que pasará a la historia y a las futuras generaciones para que nunca más ocurra algo como lo que ocurrió en Chile. No saber la verdad, toda esa gente que lleva buscando los restos de sus seres queridos, eso es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Eso va pasando de generación en generación. Es una especie de veneno que circula y que daña a la sociedad en su conjunto. Primero hay que limpiar, luego hablar de reconciliación. La juventud necesita la justicia.

A 40 años del golpe de Estado, Víctor Jara es un ícono mundial de dignidad. Pinochet murió repudiado por el mundo entero, de una manera abyecta, escondiéndose, mintiendo. ¿Se podría decir que Víctor ganó esta guerra?

—(Duda) La guerra moral... como ganó el amor. Lo que Víctor representa es algo tremendamente positivo para la humanidad, pero lamentablemente el mundo sigue siendo regido por los mismos poderes que lo mataron. La victoria nuestra es moral, una cosa etérea, pero en el mundo siguen los Pinochet. Es algo que no puedo expresar. Los valores de Víctor son una aspiración, una esperanza, pero los valores de Pinochet son una realidad.

Cuando ustedes estaban juntos los años 60 – 70, ¿pensaron que la obra de Víctor Jara alcanzaría dimensiones mundiales?

—No. Víctor era en ese sentido bien humilde. Lo que le importaba era su quehacer artístico, su mensaje, su contacto con el pueblo. Él trataba de interpretar a su pueblo. Esa era su mayor preocupación. Sus canciones no fueron hechas en "estudio" aislado, sino que iban saliendo de su propia vida. Eso le da una autenticidad muy grande. Los personajes de sus canciones son reales. Él nunca estuvo preocupado por la fama ni por la plata ni por hacer una "carrera" porque su carrera era ser director teatral donde fue muy exitoso. El canto para él era algo esencial en lo que expresaba sus propios valores, con las personas, con su compromiso político. Él ni se imaginaba lo que significaba. Siempre recuerdo que él se emocionó muchísimo una vez que escuchó una grabación de un artista en Alemania que cantaba un tema suyo. Estaba muy, muy sorprendido. Eso fue en el año 73 cuando la solidaridad en el mundo estaba con Chile.

En esa época los ojos del mundo estaban puestos en Chile ¿No era raro para un país tan aislado?

—Durante la Unidad Popular, sí. Había un gran interés por este experimento que era la posibilidad de llegar al socialismo a través de la vía democrática. Había mucha gente que se entusiasmaba en el mundo entero que quería aportar, ayudar. Aquí estaba lleno de extranjeros que venían a vivir este proceso. Y así como estaban los amigos en el mundo, también estaban los enemigos de este experimento, muy preocupados, atentos y complotando, boicoteando con el apoyo de la CIA, el financiamiento a los enemigos de Allende. Era como una gran olla burbujeando

En ese marco de muchos cambios, de energías enfrentadas, ¿cómo fue unir sus vidas?

—Nosotros estuvimos juntos desde 1960. En ese momento la vida era relativamente apacible. Se podía tener una vida en conjunto, una vida familiar. Después, ya en el año 1970, empezó el gran movimiento social. Ahora, siempre hubo mucho movimiento político dentro de los círculos culturales. Los artistas Pablo Neruda, Violeta Parra eran dos figuras muy importantes que tenían un compromiso político de gran inspiración para muchos otros artistas. Como inglesa, yo me sorprendí con este compromiso. Todos los 1 de mayo, en todas las fechas importantes para el movimiento social, los artistas estaban en las marchas, en los escenarios con sus guitarras cantando gratuitamente junto a los obreros. Era como una tradición ya instalada. Pero esto se fue poniendo cada vez más tenso hasta que ya en la Unidad Popular uno se postergaba la vida personal por la vida política. Vivíamos pendientes, con tareas. Nos veíamos cada vez menos. Recuerdo que desde la última elección —marzo hasta septiembre— todo el trabajo de las elecciones, el viaje a Perú, después canturreos por todo el país... Se postergaba todo lo personal.

¿Qué hay de cierto sobre eso que usted tenía celos de la guitarra de Víctor Jara?

—(Risas). Eso lo escribí yo misma en el libro ["Víctor Jara: Un canto truncado"]. Pero decía textual que yo podría haber estado celosa de la guitarra de Víctor porque él andaba con la guitarra por todos lados. Era como su otra parte, otra parte de él acostumbrada a su cuerpo. Pero era una parte que él compartía conmigo. Si estaba componiendo, él empezaba a conversarme, a mostrarme qué me parecía lo que estaba haciendo. Él me incorporaba en su mundo de creación. Yo tenía una carrera artística también. De repente él llegaba con una base instrumental y me decía, "¿Qué te parece para una coreografía?", dialogábamos mucho.

Las letras de las canciones de Víctor son muy poéticas. ¿Qué es lo que nacía primero: la letra o la melodía?

—Eso variaba, pero en general, cuando salía más rápido la canción es cuando tenía la letra. Ya teniendo la letra, la música salía orgánicamente al servicio de la letra. Pero si tenía una música sin letra, esta solía quedar como instrumental. Tenía varias piezas de ese tipo.

Víctor realiza una extraña mezcla entre innovación y tradición. ¿Diría usted que eso lo ubica como un artista de vanguardia?


—A mí no me corresponde decirlo, pero mucha gente así lo dice: que él abrió caminos, que fue un adelantado para su época. Hubo una gran discusión durante los años de 1960 de cómo se trataba el folclor: como algo vivo o como una tradición que se debe conservar sin tocarla. ¿Se puede transformar? ¿Se puede usar como una base? En ese dilema Víctor fue muy aventurero siguiendo solo lo que él quería comunicar. En él nace primero la idea y después la manera de comunicarla. Eso le pasaba por ejemplo en esta aventura que hizo con Los Blops (conjunto de rock chileno de comienzo de los años de 1960) trabajando con roqueros (...) tanto en teatro como en música, él hacía experimentos muy conmovedores, trabajaba por igual con la voz, el movimiento, la mente y el corazón. Era muy humano, muy integral.


Sobre una fotografía de la guerra en dos décadas de paz



En el sofá, tres hombres conversan. Usan imágenes en lugar de palabras. Son los fotoperiodistas de guerra Francisco Campos, Luis Galdámez y Luis "la Muñeca" Romero. Estos salvadoreños que le contaron al mundo cómo sus paisanos se mataban entre ellos y de cómo estos —hace más de dos décadas— le dieron un chance a la paz.

Estos jóvenes-viejos —como bautiza Galdámez a sus colegas de aquel momento— retrataban las escenas que vivía el país. Algunas eran tan crudas que debían callar cuando sus mamás les preguntaban qué tal les había ido en el día.

En una jornada podían ver entre 15 o 20 cadáveres siendo comidos por los zopilotes. "Era chocante. No dejaba de afectar. Desgraciadamente, cuando pasa el tiempo, uno se va aclimatando y lo ve normal, pero no lo es", dice “la Muñeca”.

Estos reporteros gráficos de agencias internacionales se adentraron en aquellos episodios buscando adrenalina, buscando algo que se pusiera a la altura de esa rabiosa juventud. "Éramos jóvenes y comenzamos esto viviendo una aventura. La guerra nos atraía", señala Francisco Campos, un veterano del fotoperiodismo que cubrió tanto a la insurgencia como al ejército.

Las aventuras también pasan facturas. Estas no terminan de pagarse cuando nacen dentro de una guerra como la que vivió El Salvador. Francisco Campos fue capturado en la calle en 1985. Estuvo encerrado por varios días en instalaciones de la policía del gobierno. Hubo golpes, interrogatorios. La idea de morir pasó por su mente. Fue liberado tras varias protestas de periodistas, estudiantes universitarios y familiares.

"Emocionalmente todos estamos enfermos. No hay una cura que nos pueda borrar los horrores de la guerra: gente partida, descuartizada. Nadie recibió tratamiento tras haber visto tanta tragedia. Nosotros no nos hemos curado", reconoce décadas después, Francisco Campos, quien laboró para la Agencia Francesa de Prensa (AFP).

La Muñeca, Galdámez y Campos no se consideran víctimas. Saben que su oficio se trata de eso: de riesgos y que está sujeto a los errores y a las sorpresas del destino. No son víctimas, pero son una herida ambulante.

Un día antes de que Alfredo Félix Cristiani Burkard llegara a la presidencia e iniciara su gobierno (de 1989 a 1994), Luis Galdámez iba en motocicleta con Roberto Navas, también fotoperiodista. En horas de la noche, ambos fueron atacados por el ejército. Galdámez perdió la movilidad de uno de sus brazos, ese mismo que le servía para presionar el obturador de su cámara fotográfica. Navas murió.
           
"Me dispararon por la espalda. En mi proceso personal hago reflexiones y me digo: hay otros peores. No hay que hacer la situación tan dramática", matiza Galdámez, mientras se aclara la voz vaciando su botella de cerveza. Luego, añade: "Mis heridas no están sanadas. Perdí un miembro. En la posguerra las heridas se han vuelto un cáncer".

A Galdámez todavía le faltaba otra mala noticia: "En la empresa me dijeron: 'usted hasta aquí llega, porque no queremos gente discapacitada'. Yo solo pedí un vaso de agua porque el nudo era grande".

El asesinato de Roberto Navas también tocó a Francisco Campos. El primero era el esposo de una prima del segundo. El mismo fotoperiodista tuvo que llevar la mala noticia a su familiar.

"Fue una situación triste y lamentable. Me tocó decirle a mi prima que habían matado a su esposo. Ella se volvió loca ahí mismo".

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De izquierda a derecha: "la Muñeca" Romero, Francisco Campos, Marvin Recinos y Luis Galdámez

La ofensiva, la censura y la paz
  
Con una pequeña ayuda de sus amigos, Galdámez volvió a trabajar. Estaba listo para documentar la guerra.

"Recuerdo que Luis Romero le regaló a Luis Galdámez una camarita Olympus OM-10 y con esa comenzó a tomar fotos, después de un largo tratamiento que duró meses. Siempre he admirado la forma en que Luis superó su vida. Él demostró que podía seguir trabajando en la agencia", reconoce Campos.

"Ya no me acordaba de eso", susurra "la Muñeca" Romero.

En 1989 la insurgencia lanzó su ofensiva. Un momento decisivo llegó para la historia del país. El mundo sería testigo de eso.

"Cuando empecé a trabajar en la agencia, el gringo que me dio el trabajo me dijo: en tus manos queda el gran poder de enseñar al mundo lo que está pasando en El Salvador".

Y así hizo "la Muñeca" Romero. "Si hay un archivo fotográfico de la guerra, ese lo tienen los fotógrafos de las agencias. Las agencias internacionales nos dieron la ventaja a los fotoperiodistas salvadoreños de informar sin ninguna censura", enfatiza Campos.

Los medios de El Salvador, durante el conflicto armado, no informaron sobre lo que sucedía en el país tal y como lo hicieron las agencias internacionales. Hubo censura. Uno de ellos sacó su portada en blanco en señal de protesta.

El día 16 de enero de 1992 El Salvador escribía un nuevo capítulo en su historia. Los fusiles callaron. El gobierno de Cristiani y le guerrilla llegaron a un acuerdo. Los fotoperiodistas tienen su visión al respecto. Unos escribían dudas en el futuro:

"¿De qué vamos a trabajar si estamos en este país para cubrir la guerra y esto ya va a terminar?", confiesa a El Diario de Hoy, Luis "la Muñeca" Romero, fotoperiodista de la agencia, Associated Press (AP). Eso fue lo que pensó en aquel momento.

"Para mí el escenario era nuevo. Y hablo desde 1984 con los diálogos de La Palma, Chalatenango, porque ya habíamos vivido el proceso social y político de 1970. Ese proceso no hay que olvidarlo", recomienda Luis Galdámez, quien laboró hasta hace pocos días en la agencia Reuters.

Según Campos, "el presidente de la paz es Duarte, no Alfredo Cristiani, porque fue Duarte quien inició el proceso".
La desaparición del conflicto armado es para la  Muñeca” Romero muy positivo, “porque ahora se puede pelear políticamente, dándole espacio a la sociedad, a las ideas".

"La sociedad, el gobierno, los antiguos firmantes de la paz deberían reunirse para hacer una valoración exhaustiva y buscar soluciones para la gente que no las tuvo", recomienda Campos, quien también es miembro de los Comandos de Salvamento de El Salvador.

"Estamos en la misma burbuja: migración, economía, el reparto de tierras [aspectos] que en los años anteriores generó el conflicto. Me siento como en el principio: sobreviviendo", se queja, Galdámez.

El joven fotoperiodista de El Diario de Hoy, Marvin Recinos, compartió con los veteranos del fotoperiodismo de guerra. Es el cuatro invitado en la conversación.

"He visto el material de estos profesores. Lo que me motivó para encaminarme en el fotoperiodismo fueron sus vivencias. La gente más normal dice que debería alejarme de ese mundo (de peligro, de violencia), pero no sé, quizás uno ya viene predestinado".

Revisar todo ese material fotoperiodístico de guerra ha sido toda una escuela para Recinos. "Técnicamente se pueden aprender miles de cosas. Te quita el miedo a estar cerca de la acción. O sea, a meterte de lleno", añade.

Recinos es un hijo de la posguerra. Retrata a su generación migrando, incorporándose a las pandillas, muerta o siendo custodiada —como en el tiempo de la guerra— por soldados encapuchados, mismos que hacen tareas de seguridad pública que son propias de la policía y no del ejército. De hecho, los Acuerdos de Paz vetan en ese sentido al verde olivo.

"Antes sabías que existían dos bandos. Ahora no sabés de dónde te puede venir [el peligro]. Veo a esta sociedad muy violenta. Me atrevo a decir que somos más vulnerables que en la época del conflicto", reflexiona Recinos.

En la fotografía, Recinos se ve como "un joven atrevido que quiere abrirse espacio en este mundo", pero "siento que hay demasiada inseguridad y eso limita tu trabajo. No podés andar tranquilo haciéndolo".


Con guerra o sin ella, estos fotoperiodistas siguen con su trabajo y siguen siendo vulnerables como cualquier persona. Salvo que ellos tienen un arma con la que ganan confianza: una cámara fotográfica.


Carlos Henríquez Consalvi: "Todos somos culpables de no haberle dado una oportunidad a la cultura"



Sepultados por una campaña electoral, el pasado 16 de enero se cumplieron 22 años de la firma de los Acuerdos de Paz en El Salvador.

Pasó 15 días durmiendo en el suelo y por más que se empeñó, no pudo dormir en una cama. Y no era en vano: 11 años dentro de una guerra y lejos de la comodidad más elemental, lo menos que podía sucederle es que cualquier indicio de confort le resultara el más extraño de los sucesos desde aquel 16 de enero de 1992.

"Dormir en una cama fue un aprendizaje de la paz", confiesa 22 años después, Carlos Henríquez Consalvi.

Nació en Venezuela y llegó a El Salvador en 1980. De seudónimo Santiago, fue la voz de Radio Venceremos durante el conflicto armado. Cuando El Diario de Hoy llegó a su oficina, el director del Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) revisaba una fotografía de hace 22 años en la que se le mira en lo alto de Catedral.

¿Qué piensa al ver esa fotografía sobre los Acuerdos de Paz?

—El día que se tomó esa foto salimos de madrugada de Perquín (Morazán) todavía clandestinos. El transmisor de Radio Venceremos viajó oculto en un camión hacia la torre de Catedral. Estuve participando en esta experiencia radiofónica por once años. No conocía El Salvador. Lo conocía íntimamente a través de un mapa. Siempre digo que ese día fue uno de los más felices de mi vida. Vi un país que desconocía y vi gente jubilosa —de uno y otro bando— en camiones. Ambos celebraban el fin de la guerra. En Catedral tomé el micrófono y dije que a partir de ese momento, el país comenzaba a existir.

Por supuesto que en la guerra hubo momentos que marcaron su vida, ¿pero hubo alguno muy grato que siempre lo acompañe?

—Lo que me acompaña es la solidaridad que se vivía, esa enseñanza campesina de Morazán que permanentemente estaba generando esa solidaridad con cada actitud. Te enseñaba el valor de la tortilla partida en cuatro pedazos, luego de tres días sin comer. Es lo que más recuerdo. Y eso es muy intrínseco en la identidad salvadoreña. No hay obstáculos para los salvadoreños. Por eso soy muy optimista con el futuro de este país.

¿Hay algo que haga cada 16 de enero o sigue con el quehacer de todos los días?

—Siempre estoy en una comunidad que me invita o en una escuela. No el día 16, sino todo el mes de enero. Me toca ir a Jiquilisco, a Morazán, a Guarjila. Los amigos envían fotografías de ese día y lo que logran es poner a flor de piel ese episodio que fue tan fuerte.

¿Y aún sirve hablar de los Acuerdos de Paz?

—Sí, es importante e imprescindible hablar sobre esos acuerdos en estas fechas, porque han pasado 22 años y es el momento de reflexionar sobre qué hicimos bien y qué hicimos mal, sobre qué tipo de país necesitamos. Algunos elementos históricos muy recientes nos hablan sobre la falta de institucionalidad del país. Este es un buen momento para hacer un balance sobre lo que hemos hecho. Tenemos que pensar nuevos mapas para el país. Necesitamos un rumbo más certero, saber hacia dónde vamos. Me llega la necesidad de un cambio generacional (...) No podemos seguir así en la educación, en la participación ciudadana, en la transparencia. Es un buen momento para refundar el país. Esta clase política ya dio lo que tenía que dar.

Hubo un foro que reunió a los candidatos presidenciales y los temas sobre cultura, la comunidad indígena y una reforma educativa fueron los grandes ausentes de este mal llamado debate. ¿Qué opina sobre eso?

—Cuando hablaba del futuro estaba pensando en ese ensayo de foro. Como bien has dicho, el tema cultural brilló por su ausencia como en todo lo electoral. Este país, a la hora de diseñar políticas, la cultura va en el último vagón del tren de las prioridades.

Desde los Acuerdos de Paz, ¿qué papel cree que han desempeñado los artistas e intelectuales en la construcción de un nuevo país?

—Ha habido intentos, pero han sido tímidos. Estamos dispersos, atomizados... La energía creadora no solo puede cambiar las políticas culturales, sino el país mismo. Desde la cultura podemos democratizar a El Salvador. Lo que hace falta por democratizar en el país, como en el campo de la educación, se puede democratizar a través de la cultura. Hace falta más presencia crítica de los intelectuales. Si hacemos una reflexión sobre nuestra historia, el movimiento cultural de los años de 1970 jugaron un papel crítico que movió a grandes contingentes sociales para cambiar la realidad siniestra que vivía El Salvador. Estamos en momentos críticos y no sabemos muy bien hacia dónde va a ir este barco. Los actores culturales deben participar, ser críticos, propositivos. (...) Los artistas, los promotores culturales hemos creado nuestros propios cotos privados y eso, frente a la clase política, nos hace ver débiles.

El grado de indignación ya no es como en 1970 o 1980. Antes había un horizonte común y en 1992 todo cambió. Los vínculos sociales se diluyeron...

—Sí. Este periodo lo que creó fue pequeñas ciudades, pequeñas burbujas. Las individualidades han construido sus paraísos artificiales y han perdido la visión de país. Estas burbujas no permiten interacción, no permiten energías, no permiten la unión y la acción.

Hace unos años, alguien dijo que la clase política de El Salvador no supo darle a la cultura la oportunidad que se merecía, algo que también sucedió con la juventud salvadoreña.

—Cuando se buscan culpables, no creo que sea necesariamente el Estado. Todos somos culpables de no haberle dado una oportunidad a la cultura y a la juventud. Sos culpable vos como periodista, soy culpable yo como promotor cultural. Como sociedad todos somos culpables de no dar respuestas inclusivas a la cultura y a la juventud de este país (...) Me preocupa mucho que en un país en el que se ha criminalizado a la juventud por su forma de bailar, vestirse o hablar, se esté pensando en salidas militares [se refiere a la propuesta del candidato, Norman Quijano] cuando la historia nos enseñó que una sociedad militarizada terminó en el irrespeto a la vida, a los derechos de la sociedad. Además, son recetas que ya se han aplicado aquí y en otras partes del mundo y lo que han generado son más violencia y más exclusión.

¿Qué espera en el ámbito de la cultura con el próximo presidente?

—En el ámbito de las políticas culturales, más que pensar en lo macro y en lo burocrático, creo que en lo que se debe de pensar es en saldar las deudas con las comunidades, con los pequeños pueblos. Ver escuelas de pintura en esos lugares, ver realmente la presencia de las políticas culturales en esas zonas olvidadas. No en la capital, donde las mismas personas acuden a los mismos espectáculos.

Su nombre ha figurado en lo que se llegue a crear en materia de cultura para el próximo quinquenio.


—No tengo alma para un puesto público. No es la primera vez que se me menciona y se me ha ofrecido un cargo, pero yo conozco mis limitaciones: soy un desastre. Prefiero hacer lo que estoy haciendo. Prefiero estar con el MUPI en todo el territorio nacional, haciendo exposiciones con diferentes temáticas, pero fundamentalmente, resguardando la memoria cultural del país como Roque o Salarrué, quienes no le han importado un comino al Estado.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Chus Visor: "A un poeta, si le dices que es mal poeta, te mata..."


Entrevista con el fundador de la editorial española, Visor. Jesús García Sánchez nos habla de lo único que sabe hacer: editar poesía.

Él es mejor conocido como Chus Visor y es considerado un dinamizador de la poesía española. Ha publicado la obra de emblemáticos poetas de la Generación del 27 como Pedro Salinas, Rafael Alberti o Federico García Lorca. También ha sido un gran interlocutor con la producción latinoamericana y ha editado a grandes como Neruda, Vallejo, Huidobro, Mario Benedetti, Juan Gelman y José Emilio Pacheco. Los músicos no se han quedado atrás: Bob Dylan, Sabina, Leonard Cohen, Violeta Parra.
La Universidad José Matías Delgado le otorgó —a mediados de octubre de 2012— un doctor honoris causa por considerarlo "el editor de poesía más importante del mundo en la actualidad" y por sus 40 años de trayectoria. Junto a ese acontecimiento se presentó la antología "La poesía del siglo XX en El Salvador" (en la colección La estafeta del viento). Sobre eso y otros temas del quehacer editorial habló Chus Visor con El Diario de Hoy.
¿Cómo se siente el fundador de la Editorial Visor por este honoris causa que acaba de entregarle la Universidad José Matías Delgado?
Es una sorpresa. Estoy muy contento, la verdad. No sé qué más decirte porque me cuesta mucho trabajo... no me lo esperaba. Cuando me lo dijeron en agosto me quedó una sorpresa tan grande que todavía no la he digerido. Nunca le he dado tanta importancia a lo que hago. No me parece que sea una cosa tan importante. Estoy totalmente sorprendido. Es que no me lo creo.
¿Como editor qué mirada tiene sobre la producción literaria de El Salvador?
A mí me interesa mucho la poesía hispanoamericana. La difusión de la poesía de El Salvador en España es mínima. Aunque siempre me ha interesado la poesía hispanoamericana, tengo poco conocimiento de ella hasta hace poco tiempo. La poesía de El Salvador no la conozco bien, pero vamos, que me interesa como me interesan todas.
Su editorial publicó una antología de poetas salvadoreños —unos fallecidos, otros vivos—. ¿Qué opinión le da eso sobre la poesía de El Salvador?
La idea que tiene uno en general, como no los has leído, es una idea no formada, pero cuando los lees te das cuenta que estás en un error, porque hay poetas muy importantes, pero son desconocidos por miles de motivos. Esta poesía —que pertenece a la colección La estafeta del viento— tiene como objetivo que los poetas salvadoreños sean conocidos, no solo en España, sino en toda Latinoamericana. Estoy convencido de que los poetas latinoamericanos tienen poco conocimiento de lo que se hace en los demás países. Estoy convencido de que en Perú saben muy poco de la poesía de El Salvador. Para eso son las antologías: para conocer a los poetas, para conocer no solo a uno, dos o tres poetas importantes, sino para conocer a todos los demás. Para crear un panorama amplio.
Las antologías tienen sus críticas, pero más allá de eso, ¿tienen alguna desventaja editorialmente hablando?
Se pueden vender, a lo mejor, 200 ejemplares en toda América, así de un solo golpe y luego [el resto de ejemplares] poco a poco. Las antologías tienen una desventaja grande sobre los demás libros y es que esta antología dentro de seis o diez años ya no sirve para nada, porque han salido poetas nuevos, algunos poetas incluidos dejan de escribir, desaparecen del mapa, los mismos que están incluidos publican otros libros. La desventaja de las antologías es que envejece enseguida. Si no se vende en seis años, esa antología ya no vale pa' nada. Se quedan antiguas. Eso es así con todas las antologías.
Lleva 40 años al frente de la editorial Visor. ¿Qué ha sido lo bueno, lo malo y lo peor del oficio de la edición?
Lo peor es... ¿Sabes qué es lo que pasa? Yo olvido las cosas, las cosas malas. Las olvido rápidamente. Considero que eso es una gran suerte. Las buenas son que, después de 40 años editando poesía, he conocido a muchísima gente y al final, no he hecho más que hacer eso: editar poesía. Para bien, para mal o para regular. Mi vida es editar poesía.
Usted declaraba que, como editor, no había que fiarse ni de segundas ni de terceras personas. ¿A qué se refería con eso?
A todo. Pero yo creo que con eso me refería más a un poeta. Yo no me fío de recomendaciones de nadie. Eso es algo que lo he hecho toda la vida, seguramente he hecho mal, pero no me fío de nadie (ríe). Del público sí que me fío. No me queda más remedio que fiarme. Él es el que manda.
Usted ha dicho: "A los poetas no les gusta que les digan que no lo son".
Sí, eso me ha pasado. Los poetas son el gremio que más orgullo tiene. Tú le puedes decir a un pintor que no es buen pintor, a un cineasta o a un novelista. A un poeta, si le dices que es mal poeta, el orgullo se lo tocas y te mata. Los poetas tienen mucho ego.
¿Le ha tocado alguna vez un puñetazo en estos 40 años?
No, a eso no hemos llegado. Nadie por ahora. Mucha gente me ha quitado el saludo, pero bueno, eso son gajes del oficio. Mucha gente que no he editado considera que hice mal y me ha dejado de hablar.
¿Le ha dicho usted a un cuate muy suyo, muy cercano: "Lo siento. A vos no te voy a publicar"?
Se lo he dicho a muchísimos. Que sean muy buenos amigos, eso no los hace buenos poetas.
¿Y cómo ha sobrellevado el trabajo editorial con el mercado?
No pasa nada. Todo sigue igual.
¿O sea que con crisis o sin ella Visor ha funcionado?
No, la crisis es importante, al menos en España. La crisis está fastidiando a las editoriales, pero no a las que editan poesía. Por lo menos a mí, no. ¿Sabes lo que pasa? Que la poesía siempre ha estado en crisis y tampoco ahora eso es tan importante.
Y en esta carrera editorial de 40 años, ¿qué se lee más: a los poetas vivos o a los muertos? ¿A qué se debe eso?
Los poetas cuando se mueren, en un par de años, pasan al olvido. A no ser que sean clásicos. Nunca me he explicado cómo el buen poeta cae en el olvido, por ejemplo: Mario Benedetti. Hay muchas cosas que no me explico del género del libro, de la poesía.
¿Así que su padre quería que fuera cura?
No era eso. Mi padre quería tener un hijo cura, pero yo tengo 7 hermanos y eso le tocó a otro, no a mí.
¿Se miraba como cura? La pinta la tiene.
(Ríe). Joder, no. Sí es así, solo me pongo la sotana.
Usted ha editado el trabajo de músicos como Bob Dylan y Joaquín Sabina. ¿Cómo funciona eso a diferencia de la poesía?
Siempre he creído que en la poesía popular hay grandísimos poetas. Edité a Dylan, Leonard Cohen, Sabina, Violeta Parra y la gente no se lo creía. Siempre he considerado que hay que distinguir entre poetas que cantan y cantantes que hacen poesía. Son cosas distintas. Hay cantantes que son grandísimos poetas como Joaquín Sabina o Violeta Parra.
¿Y no ha tenido en la mira a Nacho Vegas?
No lo conozco suficiente. No me atrevo a darte una respuesta.
¿Editorial Visor ha publicado un mal libro?
Sí. Muchísimos. Hay bastantes.
¿Y qué falló? ¿Las ventas?
No, nada de eso. Hay un momento en el que tú piensas que tienes un buen libro, pero al cabo de tres años te das cuenta que no. Creo que eso es normal que pase.
¿Y qué papel juega la voz del mercado para publicar o reeditar?
No me fío de nadie, ya te lo he dicho. A mí lo que me digan no me importa.
¿Entonces cuando usted dice que un libro no funcionó es porque ha sido un ejercicio personal?
Mira, hay autores conocidos que no venden. Los hay muy importantes y no venden nada. A mí no me importa. En otros casos hay poetas que son muy malos y venden mucho más. El mercado no lo conoce nadie. Nadie tiene la certeza de saber cuándo se venderá un libro y cuándo no.
¿Y Editorial Visor ha tenido un peso, un criterio ideológico?
Sí. Es que en España como sucedió en El Salvador, la ideología era muy importante. Con Franco no quedaba más remedio que tomar partido. Mira el catálogo de Visor. Sus primeros libros son vanguardistas con poetas muy reconocidos dentro de la izquierda.
¿Y qué fue de todo eso?
La ideología ya no importa tanto. España ha cambiado mucho, pero claro que tú no te quitas todo eso de la cabeza.
Hoy por hoy, ¿a qué poeta le gustaría editar y no lo ha hecho?
Hay muchísimos, pero por alguna razón no he editado a Antonio Machado. No lo he hecho nunca. Y es mi poeta preferido después de Juan Ramón Jiménez, pero no ha habido la ocasión. Tengo que editarlo. Me da vergüenza no haberlo hecho.
¿Y qué sucede con los poetas que han sido tildados de fascista como Ezra Pound o Céline?
A Pound lo edité, pero vamos, Pound es un caso distinto. Él era un poeta, no fascista. Se volvió loco y después un poco fascista, pero él sobre todo era un poeta.
¿Y qué papel juegan las editoriales con el tema de la memoria?
Eso es algo que la gente debe tener muy presente. Países como España que han pasado por lo que hemos pasado, pues la memoria no puede quedar en el olvido. Es que no se puede. La memoria la tienes que tener y la ideología la tienes que tener. No se puede decir "yo no soy de izquierda ni derecha". Por favor, todo el mundo tiene algo.
¿Y cómo ve en este momento a su país, España?
¿España? España es un desastre, sin ninguna perspectiva. En España nos están engañando miserablemente a todos. No creo que las cosas mejoren con Rajoy (presidente de España).
Y si de pronto aparece Paulo Coelho con un poemario bajo el brazo y le dice que se lo publique... ¿Se lo publica?
No, no, no. Como no me guste, por mucho que venda, no lo edito. Puede editar lo que quiera. Puede vender lo que quiera, pero yo no lo edito. Por ahí no paso. ¿Sabes por qué llevo 40 años editando? Porque siempre hemos tenido el cuidado de no poner autores de esos. Que sino es la mala fama la que uno se coge enseguida. Y la mala fama no te la quitas. La buena te la puedes quitar en un día. La mala fama no te la quitas nunca.
¿Y qué poeta de El Salvador le gusta en la actualidad?
Ríe. ¿Qué quieres? ¿Que me echen mañana?

El reverso de la diferencia

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¡Que se jodan los sabios y los pensadores! / ¡Que se jodan todas las épocas y edades! / ¡Que se jodan los hombres de todos los tiempos / y el embuste de la Civilización y de la Cultura! [J. A. N.]