sábado, 8 de abril de 2017

Levi Ponce: El rotulista salvadoreño de Pacoima



A Levi Ponce le gustan las paredes. Las escala sin vértigo ni miedo. Hace grandes obras de arte en esos lienzos interminables de oportunidad creadora. En esos muros hay espacio para Jimi Hendrix, Danny Trejo, Michael Jackson. U hombres de la ciencia como Albert Einstein. También para réplicas de otras obras como la Mona Lisa, pero con sobrero de charro y fusil al hombro.

Nació en Los Ángeles, Estados Unidos. Específicamente en Pacoima. Por el torrente sanguíneo de este artista corre la herencia de El Salvador. El papá de Levi Ponce salió de Ciudad Delgado para dejar atrás la pobreza, pero no a su país. Juan Héctor Ponce se fue con 17 colones y pasó una larga temporada en México, luego saltó al Norte. Ahí se ganó la vida pintando negocios. Esa manera de sobrevivir le sirvió a Levi Ponce de ejemplo para convertirse en muralista.

“Mi español no es bueno”, advierte el artista salvadoreño. Quizás por eso se hace llamar “rotulista” en vez de muralista. Y sin remilgos acepta que es “joven y mi carrera apenas empieza”. Pero fue el padre quien le inculcó el amor por la pintura, las brochas y las escaleras.  

“Le ayudaba a mi papá desde que aprendí a usar el baño yo solo. Empecé a pintar por mi cuenta en la secundaria y como rotulista al empezar la universidad. Hacía por dinero muralitos, letreros en ventanas, restaurantes...”.




Ahora el artista es un renombrado creador. La comunidad de Pacoima lo adora, no solo porque ha embellecido las paredes de la zona, sino porque su entusiasmo ha contagiado a niños y jóvenes. Es todo un trabajo comunitario que ha llamado la atención de los medios de comunicación como Los Angeles Times, The Daily News, Fox 11’s Good Day LA, CNN Latino, BBC Mundo, Univisión, Telemundo, Azteca TV, Vans Art, KPFK 90.7FM, La Opinión, KCET, The Huffington Post y otros espacios dedicados a difundir el arte.

Levi Ponce domina el terreno digital. Ha estudiado animación y realiza trabajos privados, pero su felicidad es intervenir las paredes. Crear con su comunidad.

Un día decidió que el actor Danny Trejo (“Desesperado” con Antonio Banderas y Salma Hayek) figurara en una de sus creaciones. Esto llegó a oídos del actor de origen mexicano y fue al lugar para comprobarlo.

“Cuando empecé a pintar el mural a él le avisaron ese mismo día y llegó esa misma tarde. Sorprendido y muy alegre me dijo que el mural era mucho mejor que una estrellita chica en el piso de Hollywood”.

La obra de Levi Ponce está fuertemente influenciada por la cultura mexicana. Eso se debe a que Pacoima alberga a cientos de mexicanos. Sin embargo —cuando de raíces se trata— el artista vuelve la mirada hacia su padre.

“Mi papá —Juan Héctor Ponce— es la influencia más grande. Con él aprendí a pintar. Estoy muy orgulloso de ser salvadoreño y de ayudar a nuestra gente a brillar en el mundo del arte aquí en Estados Unidos”.

Sobre la población de Pacoima, el artista afirma que “me encanta que se involucre en mi obra. Es un gran placer conocer a tanta gente en mi comunidad. Son tantos amigos [los que tengo por ello]”.



Las manos que quieren pintar con Levi Ponce aparecen día con día. El artista baraja una solución para la firma colectiva:

“Posiblemente les dé crédito en mi sitio electrónico. No es lo mismo, pero sería la solución más práctica. También puede ser que ya no los firme ni yo ni ellos. De todos modos el mural no tiene dueño y la gente ya conoce mi trabajo. Dice que es muy distinto [al resto]”.

La intervención de un muro le toma a Levi Ponce entre un día o una semana. Todo depende de la pared y del diseño. Los primeros trabajos del artista fueron en blanco y negro. Utilizaba un galón de pintura por color. Ahora pinta a colores. Resulta más caro, pero tiene organizaciones que le donan la pintura, los alimentos y a veces hasta el dinero.

“Para la comunidad de Pacoima lo hago de todo corazón”, aclara Levi Ponce sin titubear.

Y como él mismo afirma: “las brochas me han llevado desde Los Ángeles hasta Nueva York y otros lugares entre medio”.



El rotulista ya conoció El Salvador. Estuvo en 2012. Por supuesto que lo primero que hizo fue ver las paredes de su país.

“San Salvador tiene paredes grandes que me han gustado mucho. Cada vez pienso pintar murales más y más grandes hasta que el Señor me diga que ya no. Tengo el sueño de pintar el más largo del mundo. Sería de unos 3.000 pies. No me da miedo ni problema el arte ni la escala. Lo que cuesta es encontrar paredes así de largas. Pintar la pared más alta también sería algo espectacular. Me río de las alturas”.

jueves, 6 de abril de 2017

Fernando Llort: De hippie a padre de la artesanía




El método del niño era tan rústico como genial: raspaba la semilla de copinol en el suelo, le hacía un dibujo chueco y con un clavo caliente recorría el contorno de lo que había estampado. La idea era sacar en primer plano ese trazo amorfo, luego buscaba una cinta y listo: ya tenía un collar.

Eran los primeros años de la década de 1970. Fue en esa fecha que un salvadoreño que acababa de andar por Europa y Estados Unidos —estudiando arte y teología— vio algo en La Palma (Chalatenango) que cambiaría su vida y la historia de su país. El tipo —de piel clara, alto, delgado y con facha de hippie— vio a un niño afanado restregando una semilla de copinol en la aridez del piso.

— Niño, ¿qué estás haciendo?

— Estoy raspando esta semilla de copinol.

— ¿Para qué? Déjame ver.

Entonces, el adulto tenía entre las yemas de sus dedos “un paisaje en miniatura”. Ahí supo que Dios le estaba dando la oportunidad de comenzar desde algo pequeño hacia algo grande. Ese fue el reto celestial: si valoraba lo ínfimo, estimaría lo supremo.

Al siguiente día, aquel hombre le devolvió la semilla al niño. Esta regresó transformada en una obra de arte. Manuel Guillén Aguilar tenía unos nueve años en aquella época y su mundo quedó maravillado. Fernando Llort —el salvadoreño con facha de extranjero de 23 años— le preguntó si le interesaba aprender algunas cosas sobre dibujo.

Con un taladro y una lija, Manuel Guillén Aguilar le dijo adiós a su método empírico de trabajar la semilla de copinol y Fernando Llort se colocaba —sin saberlo— en la historia de las artes plásticas y de la gestión cultural de El Salvador.

Han pasado más de cuatro décadas desde aquel encuentro entre Manuel Guillén Aguilar y Fernando Llort. El primero pasó de ser discípulo a maestro de artesanías; el segundo es una especie de artista ecléctico que fusionó lo universal con lo local hasta llegar a convertirse en una voz del arte popular que no deja atrás las raíces indígenas que tiene El Salvador. Su nombre es ineludible en la historia del arte salvadoreño.

“La idea de trabajar la semilla de copinol no me la enseñó nadie. A mí se me ocurrió chollarla en el suelo. Así como Fernando Llort se sorprendió de lo que yo estaba haciendo, así mismo me sorprendí yo cuando él volvió con aquella semilla. Él regresó con algo hecho, bien bonito. Después agarré el lápiz y empecé a dibujar casitas, pájaros. Así comenzó la historia”, rememora Manuel Guillén Aguilar, un chaparrito bonachón que sigue viviendo y trabajando en La Palma.

La vida del discípulo de Fernando Llort está dividida entre ser artesano y vigilante de un taller. Los tiempos han cambiado y económicamente se han puesto cuesta arriba, aunque eso no le ha impedido darle la espalda a su primera vocación.

La semilla que dio origen a toda la historia de la artesanía en La Palma fue hurtada. Pero —a falta de ella— existe todo un trabajo comunitario, social, religioso, reivindicativo y desenfadadamente expresivo que aún existe. Hay cientos de hombres y mujeres que lograron hacer de las enseñanzas de Fernando Llort un legado que todavía pervive desde las últimas décadas del siglo XX.

Por ello, el gobierno de El Salvador anunció el 1 de octubre que la edición número XXV del Premio Nacional de Cultura 2013 se lo otorgaría a Fernando Llort. Su argumento fue:

“[El artista] ha sido elegido para recibir el galardón por sus méritos como gestor cultural y por haber transformado a la comunidad a través de la enseñanza de sus diseños artísticos aplicados a la artesanía. Esto desarrolló una industria comunitaria sustentable que dio origen a la primera cooperativa de artesanos llamada ‘La Semilla de Dios’. Es creador de un método sencillo de enseñanza artística basado en dibujos lineales y en el uso de materiales abundantes del lugar que le permitió a los pobladores realizar artesanías. Así dio inicio al desarrollo en colectivo de la población —con un impacto a nivel local, nacional e internacional— con innumerables talleres, los cuales siguen produciendo artesanías que contribuyen al desarrollo económico, social y cultural del país”.

El día 5 de noviembre de 2013 Fernando Llort no llegó solo a Casa Presidencial. Con el artista llegaron las distintas generaciones de artesanos de La Palma. El jefe de Estado —Mauricio Funes— le entregó una medalla de oro, cinco mil dólares y un diploma de honor al buen samaritano que fue dejando su semilla de enseñanza y de fe a las personas que se cruzaron en su camino.

El héroe de La Palma nació el día 7 de abril de 1949. Comenzó sus estudios religiosos en Colombia en 1966. Luego partió a la Universidad de Toulouse (Francia) a estudiar filosofía. Ahí permaneció tres años e hizo una exposición en ese país.

Según el artista, las piezas de esa época hacían alusión la cultura maya. Volvió a la teología en Lovaina (Bélgica). También hizo estudios en Louisiana State University en Baton Rouge. En 1971 regresó a El Salvador. Algo le dijo en su interior que lo que andaba buscando estaba en La Palma.

Desde esa época hasta la actualidad nacieron el taller —y posteriormente la cooperativa— “La Semilla de Dios”. Las enseñanzas a los pobladores de La Palma fueron gratuitas por más de una década.

También en esa localidad de Chalatenango el artista encontró el amor: Estela Chacón.

“Vi a esa muchacha que venía por la calle y me enamoré de sus ojos”, recuerda Fernando Llort. De esa unión nacieron tres hijos.

En 1981 nació el Centro Cultural “El árbol de Dios” en San Salvador. Y durante 1989 nace otra entidad: la “Fundación Fernando Llort”.

Hace unos años el artesano de La Palma viajó a Inglaterra. Allá realizó un trabajo artístico en la Catedral de Saint George en el centro de Londres. Ahí inauguró una pequeña capilla dedicada a la memoria de monseñor Óscar Arnulfo Romero. La obra es una cruz que lleva el apellido del religioso salvadoreño asesinado en 1980.

***

Fernando Llort va hacia la Cooperativa “La Semilla de Dios”. Pasa frente al parque de La Palma. Ahí una vendedora lo reconoce y comienza a hablar sobre él con un joven de 25 años. Ambos lo conocen, pero es obvio que la mujer tiene muchas más historias qué contar del artista:

— “Ahora está más viejito, pero aún sigue viéndose alto. Cuando estuvo en la cooperativa le regalaba materiales a la gente para que aprendiera y trabajara”.

— ¿Y es un orgullo como se dice por aquí…?

— Sí, hombre. Si él levantó el nombre de La Palma. Él siempre fue un hombre bien bueno.

El joven de 25 años —Francisco Javier— cuela su opinión en la conversación y asevera que Fernando Llort es el padre de la artesanía en La Palma. Aprovecha la interrupción para contar una anécdota:

—“Cuando el arzobispo [monseñor José Luis Escobar Alas] le derrumbó el mural de Catedral, nosotros le hicimos frente a la alcaldía una gran alfombra. Simulamos la obra que perdió. La pieza fue de unos 15 metros. Él vino y presenció lo que hicimos unos 20 jóvenes”.

— ¿Y cómo surgió la idea…?

— Es que a él nunca lo olvidamos aquí en La Palma, interviene la señora vendedora.

— Es que aquí tuvimos muchos sentimientos encontrados por lo que hizo el arzobispo de San Salvador, remata el joven.

***

Fernando Llort hace una pausa. Se apoya en su bastón. Siempre anda viendo hacia arriba. Da la impresión de hablar con alguien allá en las alturas. Quizás habla con eso que siempre está en su trabajo: Dios.

— ¿Cómo es que aparece Dios en su vida?

— Mis padres me educaron con los valores religiosos de la fe. De mayor retomé esos valores y tuve un encuentro muy profundo con Él. Me di cuenta de que el talento que tenía lo había recibido de Dios y tenía que compartirlo con mis hermanos, con los más pobres. Siempre lo he puesto a Él como fuente de inspiración de mi obra.

— ¿De dónde saca esto de los pobres? ¿Quiso ser sacerdote?

— Lo intenté, pero en Francia. Buscando una identidad cultural me di cuenta de que quería ser pintor. Fue ahí que me encontré conmigo mismo y decidí venirme a El Salvador a encontrar mi identidad cultural.

— ¿Podría traducirme qué significa encontrarse con uno mismo?

— Encontrarse con los valores, los dones y los talentos que uno tiene.

— Hemos venido al lugar donde hace más de 40 años su trabajo artístico y social empezó. ¿Qué piensa? ¿Qué evaluación hace al respecto?

— Pienso que he tenido una vida muy plena. Me siento realizado como artesano, como artista… Y creo que tengo mucho que dar todavía.

— Pongamos las cosas sobre la balanza. ¿Qué fue lo más duro que ha tenido que enfrentar en estas casi cinco décadas de vida artística?

— Los más duro fue imponerme una disciplina, una dedicación porque si no las cosas no salían. Es duro enfrentarse a no ser perezoso. Es duro empeñarse en hacer cada vez mejor el trabajo. La lucha contra uno mismo es dura.


El salvadoreño que se codea con Picasso y Miró



Su hermana le hizo un mundo dejándolo dibujar todo el tiempo que fuera necesario. Ahora Víctor Erazo lleva ese universo a lugares tan insospechados como China.

Nunca expuso en El Salvador, salvo cuando fue estudiante del Centro Nacional de Artes. Ahora el nombre de este país centroamericano llega a galerías de gran notoriedad en el mundo gracias a él. No importan que estén en España, Estados Unidos o en alguna ciudad asiática.

La clave es sencilla: “Hacer una obra y sentirme feliz con ella”, afirma el ceramista.

Víctor Erazo se fue del país en 1973. Pero esto solo ocurrió cuando le hizo una pregunta a su maestro, Roberto Galicia (pintor y actual director del Museo de Arte de El Salvador):

—“¿Con lo que sé puedo trabajar en cualquier sitio?” Y la respuesta se convirtió en una visa:

—“Usted puede trabajar en cualquier parte del mundo”.

Galicia confirma el episodio y añade: “Es que Víctor Erazo es un artista fuera de serie”.

El ceramista salvadoreño supo que había un solo lugar para formarse:

“El único continente que podía reafirmar mi educación era Europa. Quería ver con mis propias retinas un cuadro de Velásquez o de Frances Bacon”.

Con educación y talento, Víctor Erazo supo que “un salvadoreño puede perfectamente exponer con Pablo Picasso, Joan Miró o Miquel Barceló sin sentir el complejo de decir ‘sacaron a un indito de Centroamérica'”.

Sin prisas y con estoicismo de sobra, el artista salvadoreño —que nació en San Salvador en 1953— confiesa que “su sensibilidad artística es una herencia, pero de eso no ha tomada ninguna ventaja”.

El éxito del salvadoreño por el mundo lo resume de esta manera:

“El problema en El Salvador es que la gente empieza pintando por hobby y termina siendo profesional obligado por las circunstancias. Mi trabajo no lo hago por hobby, lo hago como trabajador del arte que se mueve profesionalmente”.



El artista reside en España, pero su itinerario puede incluir Estados Unidos, Europa y luego pasar por Guatemala, México y regresar a El Salvador. Ese ánimo también puede replicarse con su apetito pictórico. Por ejemplo: si le dan ganas se va a China donde tiene un estudio solo para él. Puede hacer lo mismo si le apetece pintar en España. O sencillamente puede hacer algunos movimientos y salta a Estados Unidos.

“No tengo límites”, explica sin más.

El ceramista zen
En 2010 la Galería DAO se vinculó con el artista salvadoreño. Víctor Erazo tiene un taller en Fuping (China) —ciudad consagrada a la cerámica— con cien metros cuadrados para hacer lo que quiera. Además, tiene seis ayudantes y doscientos hornos que van desde el sencillo para hacer pruebas hasta otro de grandes dimensiones para una producción a granel.

No ignora que las galerías ganan dinero y que “yo soy un producto comercial que ellos venden, pero también soy una persona que recibe favores y hay que agradecerlos”. Y no esconde que “en algún momento puede surgir una situación económica difícil, pero la galería tiene el poder económico de sacarte de un problema. Algo que no podrías hacer tú solo”.

La vida de Víctor Erazo gira alrededor del arte. Es sereno, tranquilo, comedido para hablar. Hay solaz en su discurso y también en su obra, en el manejo de los colores y en la creación de texturas.

“Me enamoro de mi trabajo, me enamoro de poder convivir. Nunca he sentido la necesidad de la agresividad o de hacer críticas. No me gusta cerrar puertas con nadie”, dice el artista mientras hojea un catálogo europeo en el que aparece su obra. Parte de sus creaciones simulan objetos geométricos pintados con esa libertad que solo le brota de su fuerza interior que no busca imponer ni demostrar nada. Excepto solaz y armonía.

“El colorido de mi obra es exactamente El Salvador. No hay país en el mundo que por equis razón pueda presentar el múltiple colorido que nosotros tenemos. Como artista me prohíbo repetirme”.



Sobre su relación con las galerías, el artista demuestra su disciplina zen:

“Yo soy fiel a mis contratos. Sin me piden exclusividad, la doy”. Y suma: “Si alguien quiere algo de mí, sencillamente digo sí o no. Y yo espero que me traten de esta forma. No soporto que las personas no cumplan su palabra”. Pero no se ciega: “hay galerías que son una tienda, venden productos y si se muere el artista, mejor porque les da igual”.

Una anécdota: Al exponerse el trabajo de Erazo en una galería de Asia, la mitad de esta se vendió en cuatro horas. Ocho días después en aquel espacio ya no había nada más qué hacer, porque ya todo estaba vendido.


“Hay gente que me compra obra, pero no sabe quién soy. No sabe que existo. Que un salvadoreño conquiste China con obra que radica en esencia en El Salvador es para sentirse orgulloso. Ellos [los chinos] nos venden miles de productos, nosotros aunque sea una pieza de cerámica se la hemos logrado vender”.

lunes, 3 de abril de 2017

Almudena Bernabeu: "El expresidente Cristiani sabía que iban a matar a los jesuitas"



No había alcanzado los treinta años de edad cuando en 1998 puso tras las rejas a un militar hueso duro de roer: Augusto Pinochet. Su logro judicial hizo que los defensores de los derechos humanos en Latinoamérica le endosaran la mejor de sus simpatías. Algo que pervive hasta ahora.

Almudena Bernabeu es abogada. Es española. Desde el año 2002 empezó a laborar en el Center for Justice and Accountability (Centro de Justicia y Responsabilidad). Su vida transcurre entre Estados Unidos, España e Inglaterra. También tiene fuertes vínculos con Latinoamérica.  En 2016 dio con uno de los responsables de haber asesinado al cantautor chileno, Víctor Jara. Le quitó el agua a un pez gordo: el teniente Pedro Barrientos. El exmilitar está radicado en Miami, Florida. Podría ser extraditado a Chile, pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca pone el caso cuesta arriba. Pero no solo se enfrenta a eso.

El día 16 de noviembre de 1989 fueron asesinados por el Ejército de El Salvador seis sacerdotes jesuitas y dos de sus colaboradoras en las instalaciones de la Universidad Centroamericana (UCA). En ese momento el país tenía como presidente a Alfredo Cristiani. Para Almudena Bernabeu el mandatario del partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) sabía que el Alto Mando de las Fuerzas Armadas de El Salvador (FAES) atentaría contra la vida de los intelectuales religiosos. A ella no le cabe la menor duda de que el jefe de Estado no ignoraba los movimientos de la cúpula militar. Esto significa que el expresidente Cristiani no es inocente. La abogada lo explica mejor:

“El conocimiento es uno de los elementos esenciales para poder adjudicar responsabilidad penal a altos mandos y superiores. Y por supuesto a jefes de Estado”.

De la mirada de la abogada española no queda fuera el actual gobierno de El Salvador. Almudena Bernabeu no se ciega y sabe que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) también tiene manchada las manos de sangre:

“Han adquirido poder político, porque fueron parte de la negociación de la paz y porque tienen sangre en las manos. Y un miedo —en mi opinión— irracional a las consecuencias”.

¿Qué opinión tiene ahora que la Sala de la Constitucional ha declarado ilegal la Ley de Amnistía de 1993?

Era un paso crucial y necesario para romper el ciclo de impunidad en El Salvador que tanto ha afectado en la capacidad de ese país —de verdad— de reconstruirse y de funcionar tras la guerra.
¿Qué significa la inconstitucionalidad de la Ley de Amnistía en el caso Jesuita, es decir: extradición?

Digamos que la eliminación de la ley tiene varios efectos. En El Salvador —tristemente— solo se ha materializado uno: el dejar en efecto su aplicación respecto del coronel Guillermo Benavides a quien se le aplicó y conmutó la sentencia que se le aplicó en 1991. Esto es realmente triste, porque aunque técnicamente correcto, no ha ido más allá. Es decir: no ha analizado en hecho de que Guillermo Benavides —aunque responsable— fue la cabeza de turco y quien pagó por la responsabilidad del Alto Mando del Ejército en su totalidad. Fue el Alto Mando el que decidió y orquestó el asesinato de los jesuitas. No Guillermo Benavides. Su responsabilidad fue recibir la orden y asegurar la ejecución del crimen… Pero esa responsabilidad es la de todos [los miembros del Alto Mando]. No la de uno solo. La [ilegalidad de la] Ley de Amnistía debería surtir un efecto muy importante. Sin embargo, los jueces en El Salvador han decidido ignorar la solicitud de arresto internacional y posterior extradición de los imputados en el caso [judicial] de España, pues el alegato es que es cosa juzgada. Y esto es jurídicamente incorrecto y no es un documento legal aplicable [debido a] la Ley de Amnistía. Según esta lógica, al no haber Ley de Amnistía, ya no hay obstáculo para no extraditarles. O en su caso: para no juzgarles en El Salvador. Seguimos esperando [justicia].

Si no ocurre la extradición, ¿qué le queda por hacer a El Salvador en el caso Jesuita?

Juzgarles.

La exguerrilla del FMLN en su época de partido de oposición vociferaba que se derogara la Ley de Amnistía. Ahora en el poder ha pedido que no hay que abrir las heridas y se pliega a los discursos de la derecha. ¿Por qué cree que ocurren estos cambios de discurso?

Porque han adquirido poder político, porque fueron parte de la negociación de la paz y porque tienen sangre en las manos. Y un miedo —en mi opinión— irracional a las consecuencias. Creo que deslegitiman la revolución que intentaron ganar y se están poniendo —por poder— a la altura de las estructuras tradicionales de poder político y económico que ellos tanto pelearon.

Recuerdo que al inicio de la gestión presidencial de Sánchez Cerén hubo buenas intenciones para no entorpecer la extradición de los militares involucrados en el asesinato de los jesuitas, sin embargo, el vicepresidente Óscar Ortiz pidió que los militares involucrados no fueran extraditados. ¿Cómo evalúa esto?

Muy negativamente y con terribles consecuencias para El Salvador y su gente.

El diputado Rodolfo Parker ha hablado sobre hacer una nueva Ley de Amnistía. ¿Qué piensa de eso? ¿Es posible?

Creo que es legalmente posible, pero es un error y no creo que la comunidad internacional lo permita.

El Salvador tuvo una preguerra. ¿Qué sucede con los casos desde 1970 y que no figuran en la Comisión de la Verdad? Por ejemplo: Los asesinatos de Roque Dalton y el empresario Roberto Poma.

Sería muy importante investigarlos. Sé que las familias lo están intentando...

¿Cómo debe de actuar la Fiscalía con aquellos casos que ya están avanzados o concluidos en sus investigaciones?

Pues debería agilizar la investigación, reducir resultados, abrir nuevas investigaciones y ser no solo ministerio fiscal, sino ser garante de los derechos de las víctimas.

¿Por qué la población salvadoreña ve la resolución de la Sala de lo Constitucional como una afrenta que viene a subvertir el orden y a empeorar el panorama que vive el país?

 No estoy segura de que la gente de El Salvador lo vea así. El tema lo han manipulado las fuerzas políticas y los medios de comunicación, pero yo no creo que ese sea el sentir de la gente de a pie.

¿Qué tanto puede aportar la extradición del coronel Inocente Montano al caso jesuita?

Permitiría abrir el juicio en la Audiencia Nacional, presentar todas las pruebas y hacer algo de justicia.

¿Cuál es el aporte —si existe— de la novela Noviembre de Jorge Galán? ¿Realmente aporta algo?

Quizás el aporte es más simbólico que probatorio. Pero si es relevante. Tantos años después [esperando] tener las palabras de Alfredo Cristiani en audio describiendo él a los militares del Alto Mando como los responsables del crimen, pues creo que eso es un aporte importante.

¿Dónde queda la figura del expresidente Alfredo Cristiani? ¿Cómo ve usted que haya enviado a España a un excomandante guerrillero para abogar por él?

Creo que de alguna manera corrobora su responsabilidad. Si fuera inocente, ¿por qué molestarse tanto?

Desde su experiencia: ¿El expresidente Cristiani sabía sí o no del asesinato de los jesuitas? ¿Qué tipo de prueba o indicio tiene al respecto?

Sí. Estuvo en comunicación telefónica con el Alto Mando del Ejército todo el tiempo. Se discutió —como ha confirmado Benavides, Camilo Hernández (miembros de la DNI)—  que todas las decisiones eran comentadas con el presidente. Y aunque no se le pedía permiso —dado el poder que tenían los generales— sí supo en todo momento lo que iban a hacer. No tengo duda. Creo que la prueba indicara —y el sentido común también es importante— que para eso existen las teorías de responsabilidad penal indirectas. Él era el presidente. ¿Crees que alguien puede inferir de ello que [el expresidente Cristiani] desconocía por completo una operación militar de la envergadura que llevaron a cabo?

Saber no es igual a dar una orden ¿Cómo podría solventarse esto en el ámbito judicial en el caso del expresidente Cristiani?

El conocimiento es uno de los elementos esenciales para poder adjudicar responsabilidad penal a altos mandos y superiores. Y por supuesto a jefes de Estado.

Me da la impresión de que quienes han entorpecido más la investigación ha sido el gobierno del FMLN más que el partido ARENA. ¿Me equivoco?

Creo que los viejos areneros han sido mucho más duros y la han obstaculizado mucho más.

¿Qué análisis hace de la firma de la paz en Colombia entra las FARC y el gobierno?

Es un esfuerzo  importantísimo y un paso histórico de las FARC. Un proceso terriblemente complicado que lamentablemente se ha visto debilitado tras el plebiscito y la reforma del acuerdo. La paz, sin embargo es inevitable. Ahora hay que construirla y esa es la parte más dura. Yo tengo muchas esperanzas.

El analista Heinz Dieterich me decía en una entrevista que las amnistías son inevitables en contextos bélicos. ¿Los protagonistas de una guerra pueden pasar a un escenario político sin darles la espalda a las víctimas?

Solo estoy de acuerdo con esta afirmación si solo son andamios temporalmente inevitables. Es decir: la amnistía permite concluir el conflicto, cesar la violencia, pero si no hay responsabilidad, castigos y reconocimiento de las víctimas, pues no hay futuro para esa paz inicial.

¿Qué rumbo lleva en este momento el caso Víctor Jara?

En estos momentos se sigue adelante el proceso para la extradición de Barrientos, ojalá que sea extraditado a Chile, pero con la administración de Trump, lo dudo.

¿Qué tan importante son los gobiernos para resolver crímenes de guerra o de lesa humanidad?


Los gobiernos no son muy importantes ni son de gran ayuda, porque en muchas ocasiones son ellos los responsables de tales crímenes. Pero la separación de poderes en un contexto de democracia y las fuerzas jurisdiccionales y su capacidad de sostener esa independencia —de la que por cierto carecen muchos jueces en El Salvador— es vital.

Charles Clements: “Comprendí que la guerra es inmoral” (I)



Hizo suya la tradición militar de su familia. Voló sobre el cielo de Vietnam como piloto de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Fue testigo de cómo la guerra desollaba a sus víctimas sin ningún tipo de piedad.

También vio cómo sus compañeros de guerra caían en combate o eran anunciados por la radio como una estadística mortal que cumplió “con el deber de servir a la patria”.

Decepcionado de la guerra y de la intervención político-militar de su país en la soberanía de otras naciones, Charles Clementes decidió estudiar medicina hasta culminar su carrera como médico. Se hizo pacifista y abrazó el dogma de la “no violencia” hasta llegar a convertirse en un “cuáquero” —especie de religioso que lleva como insignia la defensa de la justicia, la paz, la igualdad y el respeto a los derechos humanos— a través de su propio testimonio. Es decir: de lo visto y vivido en carne propia hizo una filosofía de vida.

El norteamericano se interesó por El Salvador y en el año 1982 fue designado —luego de un intenso proceso de evaluación por miembros del FMLN— al municipio de Guazapa. Ahí el ejército salvadoreño hacía llover bombas, balas y fósforo blanco sobre la población civil que era acusada de ser cómplice de la insurgencia.

 “Camilo” fue el seudónimo que utilizó Charles Clements durante su incorporación al frente de guerra como médico. Convivió un año con la población civil y los guerrilleros. Luego decidió irse a su país para dar testimonio de cómo los pobladores de El Salvador eran torturados, desaparecidos y asesinados bajo el apoyo económico, la asesoría militar y la complacencia del gobierno estadounidense.

Sus declaraciones ante el Congreso estadounidense, sus escritos testimoniales, sus giras por los estados de su país y su apoyo a la difusión de documentales sobre Guazapa y la realidad salvadoreña ayudaron a poner la mirada internacional sobre El Salvador, donde el margen político estaba enfáticamente delimitado. Atravesar esa frontera significaba llegar a la muerte. O a la desaparición absoluta.

¿Cómo recuerda usted los años en los que acompañó la lucha armada en El Salvador y su compromiso con la gente más necesitada de Guazapa?
Era una época muy difícil. [Recuerdo] que hubo unas reuniones con otros médicos y brigadistas, pacientes y compañeros del FMLN. Tengo muchos recuerdos [de personas] que no están con nosotros ahorita, que no pueden vivir este momento tan especial [se refiere al triunfo de la izquierda en el poder], pero recuerdo de ellos el valor, la fe, la determinación de los campesinos y campesinas. Ojalá ellos estén viviendo todavía.

¿Ha podido reunirse con las personas que menciona en su libro “Guazapa” en esta visita que ha hecho en el país?
Sí, con un médico que se llama Elario y con la brigadista Camila y también con la mujer que salvó mi vida cuando tenía paludismo: Mamá Lina. Tuve un encuentro muy emotivo con ella. El hijo de ella es el acalde de Suchitoto y se llama Walter [Antonio Juan Javier Martínez]. [Recuerda en voz alta] El “Rojo Dimas” [Dimas Rodríguez: comandante del FMLN quien murió en combate en 1989]. Su esposa murió en mi mesa de operaciones. Estuvo sangrando por muchas horas en estado de embarazo…

¿Cómo fue que Mamá Lina le salvó la vida?
Me dio paludismo. Tuve fiebres. Me bañaba constantemente con agua fría. Me dio muchos líquidos, aspirina. Eso me ayudó a tener un balance interno.

¿Hubo algún momento en la guerra en la que usted sintió que iba a perder la vida, ya sea en un bombardeo, combate o guinda?
En la primera guinda de Copapayo pensaba que íbamos a morir en esa noche porque había una línea de soldados alrededor de Suchitoto. Estábamos atrapados, pero por un milagro cruzamos la línea con muchos civiles, con madres y sus hijos… Una madre tapó la boca de su hija porque lloraba mucho… eso fue muy triste, muy triste…Ella salvó la vida de todos nosotros… [Silencio]

¿La madre sacrificó a su hijo para que no murieran todos?
Sí, sí… No fue su intención. Fue por accidente… Teníamos mucho miedo. Los soldados estaban muy cerquita de nosotros… Después el ejército mató a más 300 personas en Copapayo en otra guinda. Fue en noviembre de 1983. Murieron niños, mujeres, ancianos…

¿Ese episodio es el mismo que está en su libro?
Sí, está en el libro.

¿Cómo empezó su decisión de ayudar a El Salvador mientras seguía en su país?
Mi familia fue militar. Mi papá fue coronel en la Fuerza Área, mi hermano se incorporó a la armada estadounidense. Yo fui piloto en Vietnam. Después de unos meses ahí comprendí que la guerra es inmoral, ilegal. [La guerra de Vietnam] era un asunto de los vietnamitas. No era de Rusia y los Estados Unidos. Luego yo asistí a la Escuela de Medicina en California. Ahí encontré muchos recursos [información] sobre los Escuadrones de la Muerte. Encontré que mi país estaba enviando asesores ahí con helicópteros… Me pareció que otro Vietnam estaba empezando en El Salvador. Entonces yo quise hacer algo para prevenirlo…

¿Contactó al FMLN en Estados Unidos y luego vino a los frentes de guerra?
Me dirigieron a la ciudad de México… Estuve ahí por unas semanas para aprender español y arreglar asuntos con el FMLN. Yo tengo tres condiciones [para venir a El Salvador e incorporarse a la guerra]: No voy a usar un arma, trabajaré con los civiles y  con el derecho de asistir a cualquier persona. No importa si es soldado o es guerrillero el que necesite atención médica.

¿Por qué eligió Guazapa como lugar para brindar ayuda?
Fue decisión de ellos [FMLN]. Yo no conocía ningún lugar dentro de El Salvador.

¿Cuáles fueron las dificultades que usted tuvo para ejercer su profesión de médico en momentos tan difíciles?
Guazapa era una tierra de fuego libre. Cada día los aviones pasaban para Chalatenango o para Morazán y cuando los aviones pasaban por ese lugar, pues regresaban con bombas y municiones. Guazapa era el lugar para descargarlos. Casi todos los días había ataques de los aviones… Había pocas camillas para los niños. No teníamos medicinas y había pocos médicos. Un tiempo muy difícil…

En esa penumbra y en esa oscuridad durante la guerra, ¿qué recuerdo tiene que le parezca hermoso, generoso con usted?
Cuando yo entré a Guazapa —ahora me parece algo muy bonito— y después de meses de muchas enfermedades cuando quedé muy pechito [delgado] como dicen los campesinos, [en ese momento] todos teníamos mucha hambre y ellos me miraban [los campesinos] y me daban comida. Me daban huevos, tortillas para ayudarme y me decían: “Esta es su comida…” La generosidad de los campesinos —que no tienen mucho— es un acto y un recuerdo que yo nunca voy a olvidar.

Usted se va de El Salvador a finales de 1983 y pasa a otro escenario. ¿Cómo se percibía la guerra desde fuera?
Me fui de El Salvador para conseguir dinero y medicinas, pero después de unos meses en los Estados Unidos tomé una decisión muy difícil para mí y era quedarme ahí [Estados Unidos] para hablar de la ayuda tremenda de los Estados Unidos a los militares de El Salvador. Por eso di mi testimonio en el Congreso estadounidense y arreglé muchas delegaciones para los congresistas para que pudieran ver con sus propios ojos lo que estaba pasando aquí. Di mi testimonio y discurso en casi cincuenta estados sobre lo que pasaba aquí y trabajé mucho para que terminara la guerra en este país. Después de 10 años me sentí muy feliz cuando fui un huésped especial en Chapultepec (México) para ver los acuerdos de paz. Fue el día más feliz cuando los comandantes y generales firmaban el acuerdo.

¿Cómo percibe ahora a este FMLN en el poder con el que usted conoció en Guazapa?
No soy un experto, pero dentro del Frente en tiempos difíciles siempre fue un partido democrático. Ha creado espacio para las mujeres y los ancianos. Es un partido que tiene interés en la justicia e igualdad. Mis experiencias en la década de 1980 con el FMLN me dan la confianza en su capacidad de ser un buen gobierno de esperanza.

¿Qué opinión tiene usted cuando Mauricio Funes —que en todos sus discursos— ha mencionado a monseñor Romero como el guía que él pone frente a su gobierno para beneficiar a los más necesitados, a los más pobres?
Escuché un poco el discurso de la victoria de Mauricio Funes cuando dijo: “Mi gobierno tendrá una opción preferencial por los pobres como monseñor Romero la tuvo”. En ese momento decidí que debía estar en la toma de posesión porque monseñor es muy importante para mí también. Me tocó mucho cuando él [Mauricio Funes] estuvo el lunes por la mañana [1 de junio de 2009] en la tumba de monseñor en un día muy importante.

¿Cómo percibe El Salvador hoy con los difíciles años de 1980?
Todavía es un país de pobres. Hay mucha pobreza, pero es un país abierto. Ya no tiene mucho medio y tiene muchas posibilidades de cambiar su situación de pobreza. El Salvador es hoy un país con muchas esperanzas. En la década de 1980 era un país con mucho miedo, tristeza y dolor.

Háblenos sobre los documentales de Guazapa y sobre su persona
Cuando entré y estuve en Guazapa hubo unos periodistas que estaban haciendo películas sobre el FMLN. Hubo unas entrevistas conmigo. Esta película hoy es parte de muchos documentales. Uno se llama “Guazapa” y otra “En el nombre del pueblo”. Le comenté a un cuáquero de los Estados Unidos e hizo un documental que se llama “El testigo de la guerra”. En formato libro también se llama igual. En español se llama “Guazapa”. Estas personas hicieron la película sobre mi viaje como piloto a Vietnam y como médico en el frente de guerra de El Salvador. El documental ganó un premio de la Academy Awards  en 1985. No tenía ningún papel para hacer esta película [sin embargo] era el sujeto de la película.

Al salir de El Salvador usted va al Congreso y hace conferencias sobre la situación del país. ¿Qué repercusiones políticas tuvo usted?
Los congresistas hablaron con las víctimas, con las madres de los desaparecidos, Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador y con los militares. Ellos se fueron [de El Salvador] con una visión muy diferente sobre la guerra y hubo poco a poco el apoyo en el Congreso para la ayuda militar en El Salvador, pero costó mucho tiempo cambiar la actitud de los congresistas porque Reagan era muy popular.

Usted tuvo formación militar y por tal razón quiero preguntarle ¿qué piensa de la Escuela de la Américas?
Yo estuve ahí el año pasado. Fui a dar un discurso contra la Escuela de las Américas. Ahí estaba como huésped Jon Sobrino (teólogo español quien se salvó de ser asesinado por el ejército salvadoreño en 1989) para dar un discurso. Debemos cerrar la Escuela de la Américas. Hubo muchas masacres aquí [El Salvador] como en Copapayo. Estas masacres están relacionadas con oficiales y escuadrones de la muerte que tuvieron entrenamiento en la Escuela de las Américas.




¿Cuáles son los proyectos actualmente del Dr. Clements?
Mi país está involucrado en muchos lugares alrededor del mundo como en Afganistán, Iraq. Es por eso que yo estuve en El Salvador en la década de 1980 por los actos de mi gobierno. Yo tengo mucha responsabilidad en reparar el daño que hizo mi país en muchos lugares. Tengo mucho trabajo con los derechos humanos alrededor del mundo.

¿Ahora está en la elaboración de un nuevo documental?
Sí, Don North [corresponsal de guerra quien estuvo en El Salvador e hizo el documental “Guazapa” filmado en los primeros años de 1980] está haciendo una película nueva siempre sobre Guazapa que se llama: “Guazapa, enemigos del ayer” [la cual ha sido presentada en EUA por vez primera de forma parcial]. Don fue a Guazapa para hablar con las personas que sobrevivieron y ver qué está pasando ahora en sus vidas. Es un documental muy interesante porque es una trayectoria de 27 años. El documental es financiado por North y por el amor que le tiene al pueblo salvadoreño. Don North quiere distribuir ampliamente la película dentro de El Salvador y queremos conseguir dinero para eso.


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Charles Clements: “El gobierno de los Estados Unidos promovió una dictadura violenta en El Salvador” (II)



Se bajó del avión que piloteaba y se dijo a sí mismo: “La guerra es una mierda. Es inmoral”. Vietnam estaba bajo la lluvia del Agente Naranja. La gente y la vegetación ardían bajo aquel compuesto químico.
Chalie Clements le dio un giro a su vida y se hizo médico. Se graduó en 1980. Eligió un país para brindar su ayuda: El Salvador. Se fue a Guazapa. La zona estaba controlada por la guerrilla. Anotaba todo lo que el ejército salvadoreño —entrenado y financiado por el gobierno de Estados Unidos— hacía a la población. Eran los primeros años de 1980.
El médico norteamericano estuvo un año con la insurgencia atendiendo a los civiles. Luego se marchó hacia su país para hacer una larga cruzada a favor de El Salvador. Allá denunció cómo su gobierno permitía la impunidad en la que se movían los Escuadrones de la Muerte en el país. Eso le valió amenazas de muerte que nunca se tomó en serio.
En Estados Unidos creó el Fondo de Asistencia Médica para El Salvador. Iba al Congreso a dar su testimonio de cómo los millones de dólares de Estados Unidos permitían al ejército de El Salvador perseguir, torturar, desaparecer y matar a civiles, religiosos y defensores de derechos humanos.
En 2015 dio su última clase de derechos humanos en la escuela Kennedy de la Universidad de Harvard. Sigue involucrado en diversos asuntos relacionados con esta materia, pero muchos responden ahora a un nivel local en su pequeña ciudad en Colorado. Actualmente trabaja en el cuidado y salud de 60 adultos con capacidades especiales.
En algún momento le gustaría escribir el epílogo de su documental “Testigos de la Guerra” [ganador de un premio Óscar] y poder rastrear las vidas de la gente de su libro: “Guazapa. Testimonio de guerra de un médico norteamericano”.
En esta entrevista el Dr. Clements habla de la guerra, de cómo fue testigo de la firma de la paz, de la llegada al poder del FMLN, de Cuba y Donald Trump, del proceso de paz en Colombia. Eso sí: no se moja. Aún tiene una mirada romántica sobre el FMLN, pero afirma algo del expresidente Mauricio Funes: “él desilusionó todas las esperanzas que tenía el FMLN”.

¿Aún recuerda cuando sobrevolaba los cielos de Vietnam?
Sí.
¿Los vuelos que tripuló dejaron víctimas mortales? ¿Se arrepiente de eso?
Había un tipo de misión mucho más relevante como trasladar personas que estaban seriamente heridas, incluyendo civiles. Los tipos de vuelo que yo hacía no eran urgentes, es decir: los pacientes que trasladaba no necesitaban atención médica inmediata.
¿Qué le hizo dejar de ser piloto para ser médico?
Me rehusé a volar en más misiones el día antes de la invasión a Camboya, porque comencé a creer que la guerra era inmoral y a pesar de que no tenía un rol como combatiente —entiéndase que no viajaba con armas— yo llegué a pensar que mi trabajo contribuía a mantener la guerra.
Decidí años después convertirme en médico, porque me educaron con un sentido de servicio y como el servicio militar no era opción, me di cuenta de que existían muchas oportunidades de servir como médico.
¿Y por qué eligió a El Salvador para brindarle ayuda?
Porqué sentí que mi gobierno, el gobierno de los Estados Unidos estaba promoviendo una dictadura violenta ahí y que en algún momento se llegaría a una situación al estilo de Vietnam. Cuando tenía 24 años pensaba: “Si no los detenemos en Vietnam, los tenemos que detener en el Puente Golden Gate”. Y cuando tenía 36 años mi pensamiento era: “Si no los detenemos en El Salvador, los tendremos que detener en Río Grande”. Aprendí por las malas que la guerra de Vietnam no fue un asunto de seguridad nacional de los Estados Unidos y que era inmoral. No quería que eso mismo sucediera de nuevo.
Leí en su libro que no le fue bien con los guerrilleros. Algunos lo discriminaban. ¿Fue difícil para usted hacerse amigo de los insurgentes?
Era un gringo. No hablaba bien el español. Yo venía del país que proveía los aviones y las bombas que eran lanzadas prácticamente a diario en el país. Estaba escribiendo en mi diario todo el tiempo y eso estoy seguro que les generaba sospechas: “¿Acerca de quién escribe? ¿Qué está escribiendo?” Cualquier persona en una situación de stress es susceptible a los rumores. Entendí todo lo anterior y pensé que si tenía paciencia, todo funcionaría…Y así fue. Cuando la gente observa que compartes las mismas dificultades que ellos, entonces esto contribuye a crear lazos de confianza.
¿Qué recuerdo siempre tiene presente de la guerra de El Salvador?
Sin lugar a dudas mis memorias más queridas son la gentileza y la generosidad de la gente en Guazapa. Estábamos hambrientos todo el tiempo, pero siempre se las arreglaban para darme un huevo extra o un mango, porque tenía que caminar muchos kilómetros entre pueblitos. La gente era increíblemente valiente al enfrentar las amenazas recurrentes sobre una posible incursión militar en el lugar y los ataques aéreos.
Hay un documental que se llama “In the name of the people”. Usted aparece en él. También aparece un niño mensajero llamado Nico. Sus padres fueron asesinados por los escuadrones de la muerte. ¿Sabe qué pasó con Nico y dónde está?
He tratado de averiguar qué le pasó a Nico, pero nunca he tenido éxito. La gente en Guazapa cambió sus “alías” años después, entonces es muy posible que él lo haya hecho también.


¿Qué concepto tuvo de usted el gobierno de Estados Unidos durante la guerra mientras usted los denunciaba como asesores del ejército que asesinaba civiles y religiosos?
Pienso que no era muy popular en mi propio gobierno y recibí además muchas amenazas de muerte. No creo que hayan sido serias. Yo llevé cierto número de delegaciones del Congreso a la región para que nuestros tomadores de decisiones pudieran ver con sus propios ojos como se gastaba el dinero de nuestros impuestos. El gobierno bajo el presidente Reagan le mentía constantemente a la población sobre la conducta de los militares en El Salvador. Tantas veces como fue posible yo traté de aclarar esas distorsiones.
¿Qué significó para usted la invitación que le hicieron para que fuera testigo de la firma de la paz entre los guerrilleros y el gobierno de turno?
Fue un momento muy especial en mi vida, porque yo había jugado un pequeño rol en llevar a cabo las negociaciones. Pienso que Estados Unidos prolongó la guerra de forma innecesaria. Pedía que el FMLN dejara las armas aún antes de comenzar las negociaciones. Estados Unidos parecía ignorar el hecho de que los escuadrones de la muerte habían operado con impunidad y esperar que la guerrilla quedara desarmada era un suicidio. Cuando vi los lapiceros de los comandantes y de los generales firmar esos papeles, no pude controlar mis emociones, porque entendí que finalmente la guerra había terminado y que eso significaría un nuevo comienzo para El Salvador.
¿Qué sintió cuando vio llegar al FMLN al poder? Sé que el expresidente Funes lo invitó a la toma de posesión.
Yo viaja en tren desde Washington D.C. hasta Boston bastante tarde, cuando me informaron vía correo electrónico que el FMLN había ganado la elección presidencial. Fue un momento de sincera alegría y llegar a la toma de posesión fue muy especial, no solamente porque pude ver muchos colegas que no veía desde los tiempos de guerra, sino también porque la gente en El Salvador finalmente eligió un partido para gobernar que realmente representaba los intereses de los pobres.
¿Y qué ha escuchado sobre el desempeño del gobierno del FMLN? ¿Tiene aún un buen concepto de él?
Pienso que los resultados del gobierno del FMLN han sido mixtos, pero la realidad es que han tenido que enfrentar obstáculos tremendos de la corrupción de ARENA, niveles elevados de deuda y los problemas con las maras. Pienso que la elección de Salvador Sánchez Cerén fue la reafirmación para la agenda del partido FMLN y soy optimista que ellos puedan responder a todos los desafíos de la impunidad y de la Comisión de la Verdad. Las familias de las personas muertas o desaparecidas no merecen nada menos e incluso, aunque haya pasado todo este tiempo, merecen un castigo para los perpetradores. Por lo menos se debería de aclarar el récord histórico.
¿Y qué podría decir del expresidente Funes (autoexiliado y protegido por el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega) señalado por actos de corrupción, quien se negó a la derogación de la Ley de Amnistía y que resguardó a los militares que asesinaron a los padres jesuitas de la UCA?
Pienso que el fin de la administración del presidente Funes fue mejor que lo que dejaron los gobiernos de ARENA, pero él desilusionó todas las esperanzas que tenía el FMLN.
¿Cuál es su reacción ante la muerte de Fidel Castro? ¿Afectará esto al resto de la izquierda latinoamericana?
Pienso que Fidel Castro ha dejado una herencia muy importante en Latinoamérica. Por ejemplo con los miles de médicos que se encuentran prácticamente en cada país del hemisferio, que fueron entrenados en Cuba. Se me ocurre que 25 años atrás él entendió que no podía exportar la revolución y en lugar de la revolución comenzó a exportar médicos por toda Latinoamérica como un gesto de buena voluntad de Cuba. Justo en estas semanas una brigada de médicos norteamericanos entrenados en Cuba fungió como voluntarios en el Standing Rock para dar atención médica a los manifestantes en el lugar. El colegio médico que capacita doctores a lo largo de Latinoamérica y la instauración de los servicios médicos gratuitos en Cuba es una de sus herencias que más perdurará.
¿Y qué pasará ahora entre Cuba y Estados Unidos ante el triunfo de Donald Trump?
Pienso que Donald Trump es suficientemente pragmático para reconocer que un incremento en el comercio con la Isla hará más por construir puentes que el aislamiento y el embargo. Seguramente su período presidencial será impredecible, así como fue su campaña política, pero en el fondo es un hombre de negocios. Estoy seguro que Trump intentará beneficiarse de cualquier apertura de negocios en Cuba.
¿Cuál es su apreciación entre los acuerdos de paz que están por surgir entre las FARC y el gobierno? ¿Ve positivo que los crímenes de guerra no queden en la impunidad?
Pienso que la gente en Colombia habló cuando rechazó el primer acuerdo de paz que proveía muy poca responsabilidad y muchos beneficios a las FARC. Si se le atribuye responsabilidad a las FARC, por lo menos a través de una Comisión de la Verdad, entonces los paramilitares de la derecha deberían de ser tratados bajo el mismo estándar. Terminar una guerra de más de medio siglo en Colombia es una buena idea y los acuerdos que se negociaron en Cuba dejan la puerta abierta para las reparaciones más grandes en la historia del mundo. Esperemos que el gobierno de Colombia encuentre la voluntad y los fondos para implementarlas. Tiene que existir una deducción de responsabilidades para los crímenes más crueles contra la humanidad. No pueden existir limitaciones en estos casos ni en Colombia ni en El Salvador. No puede haber una amnistía para estos actos.
En El Salvador se declaró ilegal la Ley de Amnistía de 1993 y el país tiene una nueva guerra entre las pandillas y el gobierno. ¿En un contexto como este puede haber justicia para las víctimas del conflicto armado?
Si, aún puede haber deducción de responsabilidades para los perpetradores. Cuando la justicia no es posible, la verdad es una importante alternativa para las víctimas y sus familias. Los responsables puede que sean demasiado viejos o que ya hayan muerto, pero lo que han hecho sigue ahí y es una parte importante de los récords históricos.



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¡Que se jodan los sabios y los pensadores! / ¡Que se jodan todas las épocas y edades! / ¡Que se jodan los hombres de todos los tiempos / y el embuste de la Civilización y de la Cultura! [J. A. N.]