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martes, 24 de julio de 2018

Roberto Valencia: Si chasqueáramos los dedos para eliminar a los pandilleros, mañana El Salvador seguiría siendo violento






En los últimos años de la década de 1990 irrumpió en la conciencia de El Salvador un adolescente de nombre Gustavo Adolfo Parada Morales. Gracias a la resonancia que los medios de comunicación hicieron sobre él, se convertiría en el primer pandillero mediático del país y la sociedad entera lo conocería como El Directo.

Fue el líder de una célula de la Mara Salvatrucha: la Pana Di Locos. Su actividad delictiva la desarrolló en su lugar de nacimiento (1982), el departamento de San Miguel (zona oriental del país centroamericano).

El Directo vivió a hierro y a hierro murió. Entre lo uno y lo otro hubo poder, drogas, amores, asesinatos, traición, cárcel-fuga-cárcel, sobrevivencia, lucha contra las vicisitudes de su entorno y la repercusión de sus actos que lo llevaron al ocaso de sus días.

Ahora es figura clave del libro 'Carta desde Zacatraz' (editorial Libros del K. O.) del periodista vasco-salvadoreño Roberto Valencia, del equipo Sala Negra del periódico digital El Faro.

"El Directo fue la excusa para hablar del fenómeno de las pandillas y de las cosas que se hicieron tanto desde las políticas públicas como desde la sociedad para frenar [el flagelo] de las maras", le comenta el periodista a BBC Mundo en San Salvador.

'Carta desde Zacatraz' es una investigación periodística de ocho años de faena. En el libro concurren más de 50 fuentes que no solo hablan del Directo, sino del aparecimiento y evolución de las pandillas y de las fallidas medidas de represión de los gobiernos de derecha e izquierda que solo hicieron más complejo el tema.

Y a pesar de tantos años de convivencia con esta expresión de violencia, los salvadoreños y sus gobiernos "desconocen" el fenómeno de las pandillas.

"En esta sociedad [salvadoreña] hay gente que opina que es lo mismo, que todos son lo mismo y que todos se mueran, pero si querés solucionar un problema —y esto es una premisa básica— es necesario conocer el problema y no decir que todo es la misma mierda", señala el periodista Roberto Valencia.


¿Qué era de vos la primera vez que escuchaste hablar del Directo?
Trabajaba en El Diario de Hoy y estaba al frente de un suplemento que se llamaba El Diario de Oriente que se escribía solo para los cuatro departamentos de la zona Oriental de El Salvador. El personaje [el Directo] es de San Miguel y ahí había tenido su actividad y creímos interesante entrevistarlo. Eso fue en 2001.  Su ‘bum’ mediático fue en 1999. ..

Entiendo que el Directo te interesó por la amplificación que los medios hicieron de su figura, pero en tu libro dejás ver que tu primer encuentro con él cara a cara te decepcionó…
Sí, claro. [Pasa que] cuando leés sobre el personaje y lo que fue el Directo y el peso que tuvo… Hoy si alguien consulta en Google aparece en los listados internacionales del asesino en serie más peligroso del mundo. Y eso sigue siendo el Directo. Cuando yo fui a verlo —recién llegado a El Salvador— me llevé esa pequeña decepción porque no era tan imponente físicamente como en mi mente se había proyectado. Y el personaje que yo tuve que entrevistar era un tipo tímido al que costaba sacarle las respuestas. Era un joven al que le costaba verte a los ojos. Me esperaba a un personaje tipo Hannibal Lecter o algo así. Eso fue en 2001. Lo volví a entrevistar en 2012 en el Penal de Máxima Seguridad —conocido como Zacatraz— y ahí era otra persona. Al menos frente a mí. Era alguien mucho más seguro de sí mismo, empoderado. Más inteligente.

¿Qué hizo evolucionar al Directo: las pandillas, los medios de comunicación o su sed de poder?
El Directo fue un personaje muy inteligente. No hablo de una inteligencia labrada en las aulas o haciendo másteres. Hablo de que él supo reaccionar a los estímulos que la vida le deparaba. Cuando él se fuga y es recapturado, la Mara Salvatrucha ya lo tenía amenazado de muerte y él actúa y se adapta para hacer frente a esa situación. Él en un principio intentó anular esa luz verde [condena a muerte], intentó reconciliarse con la pandilla. Cuando él se da cuenta de que eso no será posible, él se adapta [a sus circunstancias]. Eso será muy habitual en su vida. Y eso le llevará a diferentes lugares de la vida. Es un sobreviviente dentro de una sociedad violenta.

Algo que noté en el libro es que él está carente de afecto, solitario y que su acercamiento a la Mara Salvatrucha lo hace sin timidez, decidido…
El detonante —según mi reporteo— es que su madre lo echa de casa. Así de claro. Él era un niño. Y ese mismo día se brinca [rito de ingreso que es una paliza de trece segundos en la que no puede defenderse] en la pandilla. Claro: no es del todo justo señalar que hay situaciones de causa y efecto tan [radicales] para decir que si pasó esto la consecuencia es esto otro. Pero yo sí llegué al convencimiento de que la madre tiene un rol importante en cómo terminó siendo el Directo. Y dentro del comportamiento de la madre está una mujer violenta, golpeadora… [Ella] no estaría en mi estándar de madre ideal. Y eso no es una especulación mía. Todas las personas con las que hablé y que tuvieron un trato intenso con la madre del Directo tienen las mismas conclusiones.

¿En qué momento Gustavo pasa a ser el Directo?
Va y viene. Pero a ver: si nos vamos a lo estricto, él no se brincó como el Directo. La taca [alias] que le pusieron fue el Flaco. Esa taca se rebautiza en 1998. En el libro manejo que después de su paso por los centros de internamiento de menores quiso hacer su vida fuera de la pandilla. Y lo intentó. En el libro yo eso lo manejo volviéndolo a llamar Gustavo. O sea: no hay un único momento en el que empezó a ser el Directo para el resto de su vida. Y eso yo lo manejo —digamos— como estrategia narrativa. Cuando es niño, pues es el niño Gustavo Adolfo. Luego lo llamo el Directo en ese periodo de su intensa vida criminal cuando él tenía 16, 17, 18 años. Para mí —como autor— el Directo pasa a ser de nuevo Gustavo en el periodo que regresa a El Salvador desde Costa Rica y  tiene un periodo —al menos yo me convencí— de que sí quería una vida al margen de la actividad criminal.

En ese mismo sentido, tu investigación deja ver que el Directo tuvo una lucha entre dejar de hacer daño al otro o mantenerse fiel a la pandilla al punto de que quiso reivindicarse con ella…
Sí. Ese periodo ocupa varias páginas en el libro, pero en cuestión de tiempo para una vida de más de treinta años no es tan largo. Sí que hay unos meses que él intenta reconciliarse con su pandilla [Mara Salvatrucha], pero no le cuesta tanto entender que eso es imposible.

En el apogeo mediático del Directo su vanidad estaba a flor de piel. ¿Los medios de comunicación jugaron un papel decisivo en la mente del Directo y fueron un incentivo en los jóvenes para que ingresaran a las pandillas?
Antes de escribir el libro, yo ya era crítico del rol que desempeñaron —y siguen desempeñando— los medios de comunicación en El Salvador. Las pandillas son un problema inminentemente social. Los medios de comunicación —para bien o para mal— han tenido un rol en el desarrollo del fenómeno. A mediados de 1990 los suplementos juveniles de La Prensa Gráfica y de El Diario de Hoy publicaban cómo vestirse y cómo hablar para parecer pandillero, para verte “cool”. El Directo es un producto de los medios de comunicación y de las fuerzas que hay detrás de ellos. Llegué a la conclusión inequívoca de que el Directo era un asesino como un montón de jóvenes [pandilleros] que tuvieron comportamientos muy similares a las de él, pero al que se eligió para que fuera un referente —para bien o para mal— en este país fue el Directo. Y no fue una decisión gratuita. En esa época estaba el debate la Ley del Menor Infractor [actual Ley Penal Juvenil] y él aparece en el momento idóneo y él es la persona en la que se montan ciertos debates entre grupos que estaban a favor y en contra de esa ley.

¿Alguna anécdota en especial —a partir de tu investigación— que recordés con atención de Gustavo o del Directo?
En el libro yo le doy una dimensión humana al personaje como lo tienen todas las personas. Quien lea el libro le quedará claro que Gustavo era un asesino. [La anécdota] sería su deseo de regresarse con la psicóloga a Costa Rica —fue un episodio importante de su vida que lo define— una vez que recupera la libertad. Está —aparentemente— enamorado y tiene que regresar él solo a Costa Rica por esa persona. Y repito: todas las personas —incluso el asesino más asesino— tiene una dimensión humano y yo recojo eso en el libro.

Y en esta dimensión humana, el Directo tuvo amores, sexo, drogas, armas, poder. ¿Pero cómo fue como padre y compañero de vida?
Su rol de padre lo ejerció desde la prisión. Las referencias más expresas de lo que me preguntas son las de la esposa. Ella lo definió como un buen padre. Padre amoroso y que cuidaba a sus hijos y que estaba dispuesto a hacer sacrificios como empeñar un dinero que había venido recogiendo para procurarse una mejor atención en el sistema judicial, [pero ese dinero] lo empleó ante una enfermedad que tuvo su hija. Y era un personaje machista hasta niveles enfermizos.

¿Has tenido contacto con la madre del Directo o con sus hijos luego de su asesinato?
No. Sé que luego de su muerte la familia tuvo que moverse. La traición dentro de la pandilla [se paga] con la muerte y es muy probable que alcance al resto de la familia.

¿Hubieses publicado el libro si estuviera vivo el Directo y su esposa? ¿O le habrías hecho algunos matices?
El libro se iba a publicar con o sin él. Cuando lo matan en 2013 ya estaba una parte escrita. No solo era una idea. Ya había algo escrito. Las muertes cerraron un proceso. Obviamente, si no hubiera pasado lo que pasó, pues el libro sería otro. Y no me refiero a que el capítulo de la muerte no estaría. Hubo ciertas pláticas con su esposa que fueron “off the record”, cosas que me confiaba. Pero la muerte de su esposa y luego la muerte del Directo levantó ese “off the record”.

¿Te involucraste con el personaje o llegó a incomodarte?
No. Llevo veinte años en este oficio y me ha tocado entrevistar a todo tipo de personas. Y uno tiene cierta coraza, ciertos cayos. Pasé cuatro días con él en Zacatecoluca. Fueron doce horas de conversación. Pero esa entrevista con él fue un insumo para el libro. El libro no es el relato del Directo de su propia vida. O sea: él es una fuente entre cincuenta y sesenta fuentes vivas más todo el trabajo documental. ‘Carta desde Zacatraz’ no es la transcripción sobre lo que él contó de su existencia. Ni un asesino ni un santo cuenta los trapos sucios de su vida o las vergüenzas que todos vamos acumulando durante el tiempo.

¿Qué pasó por tu mente cuando asesinaron a Rosa María y luego al Directo?
No solo pasó por mi mente. Saqué un texto [al respecto]. Sí que me dolió esa muerte. No tanto la de él, sino la de ella. Yo me convencí de que esa mujer se merecía algo mejor en la vida. Era una luchadora nata. Alguien que nace en unas condiciones sociales en una comunidad empobrecida… creo que eso le marca. Y este es uno de esos casos en los que esa misma persona si hubiera nacido en otro estrato social sería alguien que estuviera no sé dónde, pero no muerta… O al menos creo que no habría muerto en estas circunstancias. Creo que… Su muerte sí me dolió. Me trastocó de alguna manera. 

Hay un giro importante en tu libro y es cuando las autoridades que ven el caso del Directo deciden sacarlo a Costa Rica para que se rehabilite. Ahí se encontró el amor, la libertad. Lo regresan a El Salvador y el vuelve a Costa Rica por ese amor, pero parece que su machismo —como vos dijiste anteriormente— echa por la borda esta oportunidad…
Eh… No sé si sería tan concluyente. Esa fue la época más esperanzadora de su vida y en la que él se choca con la realidad. En un principio él ya había cumplido —y podemos estar de acuerdo o no— el castigo que le impuso la sociedad y había salido en libertad no por una fuga, sino porque una jueza estimó que ameritaba regresar a la sociedad y choca con esa sociedad que rechaza a un personaje como él. Y está en juego cómo vive él su libertad en El Salvador y cómo vive él su libertad en Costa Rica. En esa sociedad no era un personaje tan conocido. Creo que eso fue un choque para él de lo que pudo haber sido en San José y lo que le tocó vivir en El Salvador, porque entra en una dinámica de persecución, [aparece] el Plan Mano Dura cuando él estaba en libertad y le tocó vivir ese embate del Gobierno contra las pandillas siendo él el Directo. O sea: era conocido por toda la sociedad.

Hay una ausencia notable en tu libro y es la voz de Giselle [la psicóloga costarricense que se involucra sentimentalmente con el Directo]. ¿Por qué no la buscaste?
¡Sí lo hice! Intenté a todas luces dar con ella y no di. Pregunté en el colegio de psicólogos de Costa Rica, pero el dato que tenía era el nombre. La persona que podría haberme ayudado era el terapeuta Víquez [que aparece en el libro]. Obviamente le pedí [la ayuda], pero juzgó que no era… O sea: no me dio el dato. Si por alguna extraña circunstancia lee mi libro, ella me buscará aunque sea para hablar informalmente. Tengo esa esperanza.

¿El Directo traicionó a la pandilla o la pandilla lo traicionó a él?
Eso se escapa del Directo incluso como persona. En San Miguel la pandilla hegemónica era la Mara Salvatrucha desde sus inicios. En 1998 estalla una guerra fratricida entre clicas [células] que se prolonga hasta el año 2004. La Mara Salvatrucha tiene una especie de guerra civil. Es decir: emeeses matando a emeeses en guerra, no en pugnas internas. En esta dinámica está el Directo, pero es una guerra que le sobrepasa a él. Y la mayor prueba es que él sale de la pandilla cuando estalla su caso (1999), pero la guerra durará hasta 2004.

¿Realmente la Mara Salvatrucha le dio una oportunidad para regresar a sus filas o era una trampa para asesinarlo?
Eso no lo sé yo ni lo sabe nadie. Yo sí creo que el ofrecimiento de reingresar fue honesto. Yo lo que constato como periodista es que hubo es ofrecimiento, porque me lo dice el que hizo el ofrecimiento y el que lo recibe.

Al terminar el libro surge la pregunta, ¿quién es el autor del asesinato del Directo: fue la pandilla o la sociedad que lo termina empujando a un callejón sin salida?
Sería un debate. Sobre eso se podría escribir otro libro. [Pero] vaya: al Directo lo mata su pandilla: La Mirada Locos. Ellos llegan a la conclusión de que él ha matado a su líder en la libre [en libertad, no encarcelado] (Lil Dreamer) y lo matan. Eso es así. Fue un hecho. No podemos entrar en el debate filosófico de hasta dónde podemos buscar responsabilidades, porque podríamos escarbar hasta llegar a ese momento en el que su madre lo echa de la casa siendo un niño.

¿Cómo llegaste a la editorial Libros del K. O.?
Tengo muchos amigos que publican ahí: Alberto Arce, Ander Izaguirre. Me hablaron muy bien de la editorial. En 2013 tengo la oportunidad de sentarme con el que a la postre fue el editor del libro (Emilio Sánchez Mediavilla). Hubo un proceso de edición muy largo [que respetó el español salvadoreño y la jerga de las pandillas].

Voy a incordiar desde las víctimas, la ética y los lectores. ¿Pensaste en las víctimas del Directo?
Cada quien es libre de hacer las interpretaciones… El proceso de reporteo [que hice] es similar al de escribir una crónica o una nota del día. A todas las personas que consulté les dije —con grabadora en mano— que esto [el reporteo] iba para un libro. Es legítimo que alguien lea el libro y se pueda sentir molesto. Lo que puedo garantizar es que lo hice con los parámetros de ética y profesionalidad que nos exigimos en Sala Negra [del periódico El Faro] que son muy altos.

Dijiste que tu trabajo ya tenía forma antes de la muerte del Directo. ¿Él vio algún borrador de tu investigación? ¿O la pandilla? ¿O su familia?
No, no, no. No en absoluto. Yo como autor quiero que lo que publico sea lo más ajustado posible con la realidad, con lo que estoy narrando. Hice que ciertos fragmentos [del libro] los leyeran ciertas personas, gente de mi confianza, gente que conoce el fenómeno de las pandillas.

¿Le pasa factura a tu credibilidad periodística las acusaciones de que sos un apologista de las pandillas? 
O sea… No, no me pasa ningún tipo de factura. Hay gente que lo está diciendo y eso se ve en las redes sociales, [pero] es gente que desconoce totalmente el fenómeno de las pandillas. O es gente —y es a la que más respeto— que ha vivido en primera persona el daño de las pandillas: una extorsión, un asesinato, [una amenaza]. Y luego hay gente que quiere hacer ruido alrededor del fenómeno.

¿Cómo cuidas tus fuentes? ¿Les han causado daño, intimidación o asesinato a tus fuentes o las fuentes de Sala Negra?
En lo particular tengo la suerte de decir que un país tan violento como El Salvador no he tenido ningún problema de ese tipo [con las fuentes]. Nosotros armamos unas estructuras de defensa para que no reconozcan  [nuestras fuentes]. No hemos tenido ningún problema.

Mientras reporteabas y escribías tu investigación, ¿cuáles fueron las preguntas éticas que te surgieron y cómo las resolvías?
[Silencio…]

Es decir, preguntas como: ‘le doy voz a este cabrón sí o no, le permito que diga esto…’
No, no, no. Yo tenía claro que él [el Directo] iba a ser el protagonista de mi libro. Habrá algunas personas, pero por otras razones que… Cualquiera que lea el libro le quedará claro que [el Directo] es un asesino. Y es el retrato de esa persona… No sé qué más decirte.

Hay una duda que queda al terminar de leer tu libro. Y es: ¿hiciste algo a las espaldas del Directo…? Lo planteo por…
¿Por haber ido a la casa de…? Cualquiera que lea el libro… [ríe]. [El Directo] era una persona muy violenta, muy celosa, muy machista. Ir a su casa y estar hablando con su esposa y con sus hijos fue a espaldas [del Directo]. Él no sabía. Él no había autorizado esa visita. Él no supo. Murió sin saber eso. Y esa es una de las cuestiones que si estuviera vivo [eso] no estaría en el libro. Hubiera respetado eso que me pidió Rosa [María] por su protección. Cuando está muerta, pues esa petición deja de tener sentido.

Otra más: ¿llamaste a las cárceles? Es decir: vos desde la calle hacia dentro del sistema penitenciario.
Sí, claro. Y no solo hablé con él. Hablé con alguien de La Mirada. Ahora ha de estar más complicado por las medidas extraordinarias. En los años de reporteo más intenso para este libro, cualquier líder tenía su teléfono en la cárcel. Cuando empezamos nosotros en Sala Negra teníamos una agenda con seis, siete personas que estaban en las cárceles. Eran pandilleros y no pandilleros.

Me acaba de nacer una curiosidad muy personal. ¿Lo de las llamadas a las cárceles no es saltarse un poco la barda de la ética?
No, para mí no. Es una fuente que brinda información. Es una fuente que tienes una manera de dar con ella y es un número de teléfono. No le veo el más mínimo problema ético.

Algo que deja entrever tu libro es que llamada que hacías o entraba a tu celular la grababas. ¿La gente al otro lado del teléfono se enteraba de que las estabas grabando [para la investigación]?
Eh… Sí, no. De hecho... Yo sí tengo… Sí tengo grabada algunas pláticas que yo intuía que podían tener un filón informativo. Eso… A ver: yo tengo un grabador de llamadas en este teléfono. Yo creo que mucha gente lo tiene. Es una ‘app’ que se descarga. Lo que no voy a hacer es usar una llamada en contra de la voluntad de una persona que no ha autorizado usar esa llamada.

Algún lector podría preguntar: ¿te has hecho amigos de pandilleros o pandilleras?
No. Y no por nada en especial. Yo soy alguien —quizás por mi condición de vasco— que uso con mucho cuidado esa palabra: ‘amigo’. Uno tiene cheros [personas cercanas], pero en la vida soy de los que creo que es mejor tener muy pocos amigos. A la gente que yo llamo ‘amigo’ los meto en los dedos de una mano.

Entre los agradecimientos que das en tu libro está el nombre de Leila Guerriero. ¿Le mostraste la investigación, le contaste tu idea? 
Ella cambió —para bien— mi concepción del periodismo. Sin ella este libro no existiría. Y esa es la razón por la que la incluyo en los agradecimientos. Le planteé que me escribiera el prólogo, pero muy coherente, muy Leila, muy fiel a sí misma, pues me dijo que esa petición se la hacen docenas de veces cada año y que dar un sí ahora le supondría tener a docenas de personas con mala cara por haberles dicho que no y a mí sí. Yo lo respeté y por eso el libro no tiene prólogo. No busqué un sustituto.

¿Sirvieron de algo los planes gubernamentales como Plan Mano Dura, la Súper Mano Dura y las Medidas Extraordinarias contra las pandillas?
Sí, claro que sirvieron. En la evolución del fenómeno de las pandillas para mí hay dos puntos de inflexión clarísimos. Uno es el inicio de las políticas “manoduristas” (2003) y el otro es la Tregua (2012-2014). ¿Sirvieron? Sí, sirvieron. Pero bajo mi lectura sirvieron para complicar el problema, para extenderlo. Es como tener una mancha en la camisa blanca y frotándola la querés limpiar y al final terminas con una mancha cuatro veces más grande. Eso es lo que entiendo que pasó.

¿Acabará Donald Trump con la Mara Salvatrucha como dice él?
No, no, no. Ni creo que lo desee. Donald Trump está usando a la Mara Salvatrucha. Esto sería para entrar a otro debate. Es un error decir que la Mara Salvatrucha de Estados Unidos es la misma de El Salvador. Lo único que tienen en común es el nombre. Son fenómenos que si bien tienen la misma raíz, en el caso de El Salvador ha evolucionado durante veinticinco, treinta años en función de las características de la sociedad salvadoreña. Después de esta evolución, el producto final se parece bien poco a lo que salió en sus días de Los Ángeles. La Mara Salvatrucha es una entre cientos de pandillas latinas, asiáticas, negras, arias. Cuando Donald Trump se refiere a la Mara Salvatrucha no está hablando de la Mara Salvatrucha de San Miguel. Aunque él o sus asesores crean que sí.

A las personas que trabajan temas de violencia y pandillas siempre les pregunto: ¿la sociedad salvadoreña perdió la batalla contra las pandillas?
La sociedad salvadoreña está condenada a vivir con las pandillas por varias generaciones. Y a convivir no solo con las pandillas, sino con la violencia en general, lamentablemente. Y lo digo lamentablemente porque yo soy padre de dos hijas salvadoreñas que son pequeñas, pero que ya van a entrar a la adolescencia y van a tener que criarse y vivir en esta sociedad violenta. La violencia de la sociedad salvadoreña no tiene que ver únicamente con el problema de las pandillas. Las pandillas son la expresión de una sociedad ultraviolenta. Violencia que se expresa de diferentes maneras. Y una de ellas es el fenómeno de las pandillas. Si chasqueáramos los dedos para eliminar a los pandilleros, mañana El Salvador seguiría siendo una sociedad violenta.

En tus textos y en tus redes sociales he visto tus opiniones sobre periodistas de El Salvador y de otros países que han abordado el tema de las pandillas, pero me da la impresión que a vos te da escozor la forma en que lo hacen…
No es escozor. La academia, el periodismo, las autoridades mismas hablan muchas veces del fenómeno de las pandillas desde el desconocimiento más absoluto. [Por ejemplo]: vas a encontrar artículos de reporteros que llevan años “cubriendo” el fenómeno de las pandillas que te dicen que la Mirada Locos es una clica de la Mara Salvatrucha. Encontrás autoridades diciendo eso. Encontrás portadas recientes de periódicos que dicen que la Mara Salvatrucha se ha partido en dos —como le ocurrió al Barrio 18— y que ahora hay una Mara Salvatrucha 503. Alguien creyó el cuento de fuentes interesadas como las del Gobierno. Cuando yo veo eso, salto. Pero no es escozor. Es apego a los hechos, a la realidad. La partición del Barrio 18 es un proceso. No ocurre en un día. Fue de varios años y ocurre en la segunda mitad de la década pasada. Los periodistas del área judicial [en los momentos que se dio la Tregua] no sabían que el Barrio 18 estaba partido en dos. A mí eso me parece gravísimo. En esta sociedad [salvadoreña] hay gente que opina que es lo mismo, que todos son lo mismo, y que todos se mueran, pero si querés solucionar un problema —y esto es una premisa básica— es necesario conocer el problema y no decir que todo es la misma mierda. Alguna vez me he sentido en la libertad de corregir cuestiones burdas que se publican. Y no estoy hablando del ámbito de las opiniones, estoy hablando del ámbito de los hechos.

El Faro y tus compañeros de Sala Negra publicaron que el Gobierno [del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN)] conspiró en la posible partición de la Mara Salvatrucha [para crear la facción disidente Mara Salvatrucha 503].
El Faro destapó que el Gobierno [liderado por Salvador Sánchez Cerén] había querido esa partición aprovechando unas disidencias. Fomentó esas disidencias. En 2017 sacó a un grupo —en plena medidas extraordinarias— de líderes de Zacatraz y los llevó al penal de Ciudad Barrios con la idea de que ese grupo diera una especie de “golpe de Estado” en la [cúpula] de la pandilla. Algo que no pasó. La Mara Salvatrucha tiene una implantación territorial que es indiscutiblemente la mayor [y para las intenciones proselitistas del FMLN, pues la pandilla resultaba un obstáculo] Hay comunicados de ellos [los pandilleros] diciendo que van a pasar factura y se la van a cobrar en las elecciones [de diputados y alcaldes del pasado 4 de marzo de 2017, porque “el gobierno del FMLN iba a reducir la represión contra nuestra gente y abrir canales para buscar el diálogo”]. El liderazgo de la pandilla es hostil hacia el Gobierno. Que la partición de la Mara Salvatrucha sea algo bueno para la sociedad, pues yo no lo veo tan claro. Es enrevesar el problema. El Gobierno tenía claros intereses en que el liderazgo histórico de la Mara Salvatrucha —el Diablo de la Hollywood Locos, por ejemplo— dejara de serlo. Dentro de esto cuadran estos movimientos [en los penales].

¿Las pandillas tienen el control de El Salvador?
Tienen el control de las calles, de las comunidades de clase media baja y baja. Para mí tiene el control de más de la mitad del territorio nacional. Es un control agresivo y en otros es más tenue ese control, pero existe. Condicionan el diario vivir de cientos de miles, sino millones de salvadoreños. Y eso cada día. Si alguien vive en la comunidad Las Palmas no puede moverse y no te hablo de un pandillero, te hablo de si alguien vive, sufre a la pandilla que tienen en Las Palmas, esa persona no se puede mover libremente por la ciudad. No puede ir a otro instituto a estudiar o ir a visitar a un familiar que está en otro lugar. Creo que el problema de las pandillas ha crecido tanto porque afecta —y los muertos y las consecuencias— las ponen sobre todo la gente excluida, la gente que nomás para el día de las votaciones se les tiene en cuenta.

¿Qué debe tener un proyecto de rehabilitación para que funcione?
¡Uf! No creo que nadie tenga esa respuesta. He seguido los pasos de una [entidad] que se llama Fundación Forever y me parece que está haciendo las cosas razonablemente bien, pero después de quince años su impacto es muy limitado. Hay valores culturales que hay que revertir, trabajar. Hay un clasismo en la sociedad salvadoreña muy arraigado y que para mí es uno de los causantes de los muchos problemas de convivencia que tenemos en El Salvador. Desmontar esas cosas… Ojalá se pudiera con un plan de gobierno, con un programa. Hay que hacerlo, pero hay que hacer muchísimo más. Yo me temo a que estamos condenados —una o dos generaciones más— a ser una sociedad ultraviolenta. Si hoy empezáramos a hacer bien las cosas, siempre tendríamos que convivir con la violencia por un periodo largo.

¿Y qué valoración hacés de la Tregua del expresidente Mauricio Funes?
La Tregua fue un proceso oscuro y su principal responsable político sigue hasta el día de hoy sin reconocer a su hijo político. Fue un proceso que se hizo bajo la mesa. Turbio. También creo que para solucionar el problema de convivencia que tenemos y en el que las pandillas es la expresión más visible, pues no hay forma que no pase por el diálogo. Apostar por la vía represiva —haciéndose incluso bien— no podemos tener en las cárceles a 400 mil personas. No tenemos cárceles para meter a tanta gente por la vía de la represión. Es un hecho que no resiste el análisis matemático más simple. Tenemos que pensar en otras maneras. Lo han hecho otras sociedades con conflictos muy violentos, muy sangrientos que han buscado otras vías de solución.


* La primera versión de esta conversación apareció en BBC News Mundo con el título: "La sociedad de El Salvador está condenada a vivir con las pandillas por varias generaciones" 

** La fotografía que ilustra este texto es cortesía del fotoperiodista salvadoreño, Francisco Campos / La Prensa Gráfica. 



sábado, 7 de abril de 2018

Jeannette Aguilar: “El Salvador perdió la batalla contra las pandillas, el crimen organizado y la corrupción”




En El Salvador la esperanza es tan grande como inútil. Los cimientos vitales que sostienen la vida nacional del país están erosionados: economía, salud, educación, política y seguridad. Quizás esta última es la gran batalla perdida que quiere ganarse a fuerza de una violenta tozudez.

Por décadas esta nación centroamericana ha buscado la paz, el bienestar y el progreso. Pero ha encontrado todo, menos eso. Y es que El Salvador camina en círculos, porque siempre ha estado entre la navaja y el cuchillo. En el siglo XX tuvo que soportar la bota verde olivo y sus financistas locales e internacionales. En el siglo XXI tiene que lidiar con las sombras del pasado: las pandillas. Un colectivo de cientos de jóvenes que quedaron huérfanos de todo y que crecieron para vengarse por la afrenta pública que sufrieron. Y si mueren, para eso están las nuevas generaciones que viven lo mismo que su árbol genealógico. Las comunidades pobres han tenido que ceñirse a su filosofía: ver, oír y callar.

Estas mismas comunidades han sido pragmáticas y han tenido que plegarse al nuevo poder que determina la estabilidad de su entorno. No importa la banda: Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18 (fragmentada en Sureños y Revolucionarios).

La última encuesta del Instituto Universitario de Opinión Pública (Iudop) de la Universidad Centroamericana (UCA) ha mostrado que la población del país no confía en sus autoridades de Seguridad, pues esta arrastra un gran historial de abusos contra los derechos humanos. Los casos más graves han llegado al exterminio de pandilleros, persecución indiscriminada de sus familiares y el continuo acoso de sus comunidades y sus pobladores. Estigmatización, dicen los expertos.

La directora del Iudop —Jeannette Aguilar— es clara al aseverar que la apuesta del Gobierno es la represión sin programas de prevención y rehabilitación. Por eso no es raro que los resultados de los sondeos de opinión de la entidad que ella dirige arrojen lo siguiente:

“Hay ciudadanos que nos han dicho que los pandilleros son al final los que nos cuidan de los vejámenes y de los abusos de la Policía”.

El resultado ha sido darle vida a aquella frase milenaria: ojo por ojo y diente por diente.

Lo interesante del pulso ciudadano que hace el Iudop es que hay otro gran segmento de la población que celebra el exterminio y las ejecuciones que hace la Policía y el Ejército.

— ¿Quiénes son los que celebran?

— Las clases medias y zonas urbanas son las que celebran el extermino de pandilleros, comenta la directora del Iudop. Claro, matiza. No se puede meter a todo el mundo en la misma sartén.

La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos tiene decenas de denuncias por los vejámenes que hacen los cuerpos de seguridad del Estado hacia la población civil. De hecho, hay agentes que están en las cárceles por ejecuciones de pandilleros. O por lo impensable: por el asesinato de sus propios compañeros de la corporación policial.

Un salvadoreño ve a un policía o a un militar en la calle y cambia de acera. Un peinado, una forma de vestir, ser residente de lugares innombrables o fan de alguna expresión artística que rompa el statu quo de lo visual y lo normal son la excusa perfecta para convertirse en sospechosos de todo. Es el fruto de la paranoia. O de la estigmatización.

El Salvador estuvo casi todo el siglo XX sometido al humor de los militares. Quien pensara distinto era asesinado o desaparecido. Esta antesala desató —finalmente— la guerra de este país (1980-1992) y dejó alrededor de 75 mil muertos y unos 10 mil desaparecidos. En este periodo familias enteras emigraron hacia Estados Unidos. Esa generación encontró en el país del Norte a otra que estaba inserta en pandillas. Los salvadoreños hicieron la propia para defenderse de las otras. Tras la firma de la paz entre insurgencia y Gobierno empezaron las deportaciones. La escuela que traían la echaron a andar en sus barrios, colonias y comunidades. Nadie imaginó que la bomba social estallaría. Y en sus narices.

— Salimos de una guerra para entrar a otra, entonces: ¿en qué fallamos?

— El Estado salvadoreño históricamente no ha tenido la voluntad —si nos situamos en el contexto de la posguerra— de atender este fenómeno. Por acción u omisión hubo una desatención sistemática de la violencia juvenil. Y se puede decir que hasta casi deliberada. Y desde la mitad de 1990 hasta el año 2000 había visos de la evolución de este fenómeno, analiza Jeannette Aguilar.

Entonces, para la analista no es raro que El Salvador haya perdido la batalla contra la violencia. Menos contra el narcotráfico y la corrupción que se confeccionaron con tanta impunidad y descaro en estos 25 años de paz. Y esto no es gratuito. En los últimos años los casos de corrupción en las esferas del poder se vaciaron y crecieron tanto en las pandillas como en el narcotráfico.

El partido de derecha Alianza Republicana Nacionalista (Arena) malversó fondos del Estado por más de 300 millones de dólares mientras fungió en el poder desde 1989 hasta 2014. Dos expresidentes de este instituto político fueron llevados a la cárcel. Uno sigue ahí y el otro murió en un hospital. 

El mismo camino llevaba el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN y ahora en el poder desde 2009 hasta la fecha) pero la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia le vetó la posibilidad de hacer uso discrecional de la partida secreta. Inclusive, el expresidente Mauricio Funes —del partido de izquierda— está siendo investigado por las autoridades tras no poder justificar un estilo de vida acaudalado que no podría sufragar con un sueldo de funcionario público.

Altos dirigentes de ambos partidos —los mayoritarios del país— están señalados de enriquecimiento ilícito, de tener vínculos con el narcotráfico, de tráfico de armas y de lavado de dinero. También de haber tenido un diálogo directo con altos mandos de las pandillas para beneficio electoral a cambio de otorgarles comodidades en el sistema penitenciario. O un buen capital para el grupo.

Se calcula que hay unos 60 mil pandilleros en las calles. Dentro de la cárcel están otros 13 mil. A estas cifras se unen la red de colaboradores que van desde los familiares y amigos de los miembros de las bandas hasta jueces, policías, militares y políticos de todos los niveles. Incluso religiosos.

En Arena y el FMLN la apuesta fue la misma: represión. A los analistas no les tiembla la voz al decir que la izquierda es más represiva que sus antecesores. Y esto explica que en la actualidad el número de militares en tareas de seguridad pública supere a los que había en los gobiernos anteriores.

A pesar de que la Sala de lo Constitucional declaró como terroristas a las pandillas, esto no cambió ni un ápice la realidad de violencia que vive el país. El tiempo pasa y lo que ha ocurrido es que hay una guerra abierta entre las pandillas y el Estado (policías, militares, jueces, custodios del sistema penitenciario, vigilantes privados y un largo etcétera). Hasta el circuito de seguridad que debe velar por el presidente de El Salvador —Salvador Sánchez Cerén— y su familia ha sido vulnerado al haberle asesinados a dos guardaespaldas entre 2016 y 2017.

La reciente encuesta del Iudop afirma que la ciudadanía no confía en sus autoridades. Específicamente en la PNC. ¿A qué se debe esto?
La gente hace un reclamo hacia los déficits que hay en seguridad, pero al mismo tiempo a las autoridades que están obligadas por mandato constitucional a garantizar dicha seguridad, pero son estas mismas las que están violando los derechos humanos de la población. Lo que hemos encontrado en nuestras encuestas es que la ciudadanía está señalando cada vez más a la Policía como un violador de los derechos civiles. Y a esto se suma al nivel de incertidumbre que se ha instalado a lo largo del tiempo [en El Salvador]. La gente ya no solo está sometida a las pandillas u otros problemas sociales, sino a los abusos y atropellos de las fuerzas de seguridad del Estado.

Siguiendo esta tónica. ¿Es descabellado que la población confíe más en los pandilleros que en los cuerpos de seguridad del Estado?
Yo creo que no es descabellado. Hay una dinámica de sobrevivencia que las comunidades están adoptando de manera pragmática. Y finalmente la gente va a confiar en aquello que garantice su seguridad. Sabemos de comunidades estigmatizadas por las autoridades y que están sometidas a constantes vejámenes por parte de la Policía. Entonces esto hace que los habitantes de esta comunidad se cohesionen a ciertas estructuras que —entre comillas— están garantizando la seguridad de la gente. Hay ciudadanos que nos han dicho que los pandilleros son al final los que nos cuidan de los vejámenes y de los abusos de la Policía.

La población siente seguridad más con las pandillas que con los cuerpos de seguridad, ¿pero cómo analizan ustedes esta dicotomía de que los ciudadanos celebren la ejecución o exterminio de pandilleros?
No generalicemos. La seguridad que siente cierta población con las pandillas ocurre en ciertas comunidades donde la guerra entre Policía y pandilleros se ha generalizado, porque estamos ante una situación de mecanismos de sobrevivencia. Tenemos que reconocer que las reacciones a favor o en contra de las pandillas se dan en un país donde el tema de la seguridad está vulnerado. Estamos en un país donde las autoridades no pueden garantizar el derecho a la seguridad de sus habitantes. Sin duda hay sectores que están asediados por la violencia de las pandillas y celebran el exterminio.

¿Quiénes son los que celebran?
Las clases medias y zonas urbanas son las que celebran el extermino de pandilleros. Tienden a respaldar la eliminación. Pero de nuevo: no podemos generalizar, porque cuando hemos consultado esto hay una opinión dividida. No obstante, hay indignación ante los abominables hechos cometidos por los pandilleros. Y por eso se han ganado el repudio de la población. Y por eso es que en cierta forma generalizada la población respalda a la Policía en el tema del exterminio. Eso lo hemos medido a lo largo de algunas preguntas. Aunque hay otro porcentaje que está señalando esto [de las ejecuciones]. Esto tiene que ver con la posición social en la que vive. Pero este tema de polarización puede terminar erosionando el respaldo a la Policía. Fue llamativo que al consultar a la gente qué tan segura se sentía al ver pasar a un policía, pues un poco más de dos a tres ciudadanos respondieron que muy inseguro o inseguro. O sea: esto es todo lo contrario a ese sentimiento de seguridad y de protección que debe otorgar la presencia de las autoridades. Y eso se debe a las acusaciones de abuso. Incluso: a casos de ejecuciones.

¿Tenemos una nueva guerra en El Salvador? ¿Hay un ojo por ojo y diente por diente entre las seguridades del Estado y las pandillas?
Sin duda. El escenario de los dos últimos años se ha radicalizado. Esto nos expone a una situación diferente a la que teníamos en años atrás. [Ahora] hay una especie de guerra de baja intensidad. Y esto está generando una especie de cadena de venganza. La Policía se está debilitando institucionalmente, porque está abandonando su marco de actuación legal, el mandato constitucional y los procedimientos que establece la ley en términos de cómo actuar frente a cualquier estructura criminal. La Policía está actuando más en una lógica de venganza. Y esto no solo lo hemos visto en el nivel bajo de la corporación, sino también en la retórica de altas autoridades. Ahí están las deplorables declaraciones del director de la Academia Nacional de Seguridad Pública —Jaime Martínez— en las que aboga por la eliminación [de pandilleros] sin evaluar las circunstancias que puedan rodear la amenaza [de los hechos]. Dijo a los policías que se defendieran sin pensar en las consecuencias. Esto básicamente es un cheque en blanco para matar. Esto no solo perjudica la imagen de la Policía, sino que distorsiona el mandato [civil] que tiene [porque] básicamente los hace actuar [a los agentes] como criminales.

Los medios de comunicación han arrojado luz sobre los diálogos que los partidos de izquierda y de derecha han tenido con las pandillas. La UCA ha sido clara al decir que no pueden obviarse a las pandillas y que debe de haber un diálogo con ellas. Para usted: ¿qué clase de diálogo debería de haber? 

La UCA siempre ha respaldado los mecanismos de diálogo, de puentes que permitan escuchar la posición del otro. Nosotros rechazamos los procesos de negociación política que se dieron en lo que se denominó La Tregua [acción clandestina que surgió en el gobierno del expresidente Mauricio Funes (2009-2014). Fue aprobado por él y supervisado por varios de sus funcionarios entre 2012 y 2014] porque nos pareció que no se trató de un diálogo honesto que buscara la rehabilitación de estos grupos o que buscara la reinserción social de ellos. Más bien esto se trató de una estrategia política-electoral que terminó por distorsionar este tipo de [fenómeno de violencia] y de negociaciones.

Creemos que debemos situar [a los pandilleros] como interlocutores porque son parte de la sociedad. El problema no resuelto de las pandillas se ha vuelto un segmento cada vez más importante en la sociedad y no podemos invisibilizarlo. En algunos casos sus miembros se han vuelto en parte de movimientos sociales. Obviamente con diferentes características y con la necesidad de reivindicar sus derechos.  Si bien es cierto que los pandilleros violentan los derechos de la ciudadanía, pues esto ha tenido que ver con esta condición de exclusión, de marginación y de negación de sus derechos a lo largo de varias de sus generaciones.

Si se abren espacios de interlocución —porque es importante escucharles— pues esto tendrá que ver con lo que los representantes de las pandillas —a lo largo de los diez años— han venido insistiendo: con los derechos que ya están establecidos en la Constitución. Esto también tendrá que ver con respetar los procedimientos de ley con los que se persigue a estos grupos y con respetar sus derechos en el sistema penitenciario. Y tendrá que ver con que los grupos de seguridad del Estado dejen de perseguir a sus familias. [Otro punto] tiene que ver con los programas de reinserción o programas de prevención de la violencia en las comunidades afectadas por las pandillas. O sea: básicamente piden que se les escuche en sus reclamos primales. Es cierto que ha habido espacios, pero el Estado no ha tenido la capacidad de articularlos en virtud de las demandas de las pandillas, es decir: no solo con las demandas de los pandilleros sino con la de sus familias con una real base social.

El FMLN no inventó las pandillas. ¿Pero usted cree que sus dos gobiernos han tenido la voluntad de rehabilitarlos o de que esto ocurra?
Hay suficiente evidencia de que el Gobierno no tiene interés ni en prevenir ni en rehabilitar a los pandilleros. Su política ha sido la persecución indiscriminada y el recrudecimiento de la represión. Incluso: en esta guerra contra las pandillas hay un aval implícito a las acciones de aniquilamiento que están cometiendo los miembros de la corporación de Seguridad y grupos paralegales que operan en el país. Creo que tampoco existe la confianza elemental para iniciar un proceso de diálogo, porque tanto ARENA como el FMLN han hecho un uso político de las pandillas para fines electorales. Solo quieren conquistar votos. O utilizarlos coyunturalmente para debilitar al adversario o para desestabilizar de cara al contexto de las próximas elecciones que tendremos. Honestamente: ni de parte de ARENA ni de parte del FMLN hay interés ni voluntad de tener un diálogo sincero, honesto que busque una solución para el país. No tienen el interés de atender los factores que dan origen a las pandillas [ni] de crear procesos de rehabilitación ni de reinserción social.

Salimos de una guerra para entrar a otra, entonces: ¿en qué fallamos?
El Estado salvadoreño históricamente no ha tenido la voluntad —si nos situamos en el contexto de la posguerra— de atender este fenómeno. Por acción u omisión hubo una desatención sistemática de la violencia juvenil. Y se puede decir que hasta casi deliberada. Y desde la mitad de 1990 hasta el año 2000 había visos de la evolución de este fenómeno. Incluso la UCA ofreció estudios sobre cómo esta violencia iba mutando y los políticos estuvieron de espalda a esta realidad. Ni en los veinte años de gobierno del partido ARENA ni en estos ocho del FMLN ha habido una estrategia sostenible de una política pública o de Estado para abordar el fenómeno. En los dos últimos gobiernos del FMLN sus acciones políticas en materia de seguridad pública han sido un contrasentido. Y esto podría deberse a muchas causas. Una de ellas es la falta de capacidad. Y no solo ellos, sino los distintos gobiernos de posguerra que no pudieron encarar la violencia en sus múltiples dimensiones. Nunca estuvieron interesados en entender ni pudieron dimensionar la magnitud de lo que ahora estamos encarando. La inmediatez y el populismo de la derecha y de la izquierda solo crearon medidas de corto plazo en una lógica electoral. En este tema El Salvador solo ha tenido acciones aisladas, desarticuladas sin sostenibilidad en el tiempo.  

No quiero sonar pesimista, pero creo que ni mi generación ni la que viene verá una solución a la violencia que existe en el país. ¿El Estado salvadoreño perdió la batalla contra las pandillas?
Sin duda el Estado salvadoreño ha perdido la batalla contra las pandillas. También ha perdido la batalla contra el crimen organizado y contra la corrupción. Desde que el Estado ha sido coartado y penetrado a lo largo de estos veinticinco años de posconflicto por estructuras que han estado al servicio de intereses criminales, entonces no estamos en condiciones de ninguna capacidad. Tenemos funcionarios que tienen vínculos con estructuras delincuenciales. Tenemos funcionarios que utilizan su investidura y su poder para traficar armas, para favorecer el narcotráfico y el contrabando. El país ni siquiera ha iniciado una batalla seria, frontal contra la violencia, contra la criminalidad, contra las pandillas y mucho menos con el crimen organizado. El Estado salvadoreño en todo este tiempo ha estado permeado por poderes oscuros. 

¿Usted cree que las pandillas podrían definir las elecciones en El Salvador?
Las pandillas ya definieron varias veces las elecciones en El Salvador porque los políticos le han otorgado ese poder. Los políticos de derecha y de izquierda no han tenido escrúpulos para negociar con los pandilleros y [ese poder] ya no se lo van a poder quitar. Esto ha sido una legitimación como actores políticos.

¿Y qué opina sobre las declaraciones de Donald Trump en las que afirma que acabará con la MS-13?
La ignorancia de Trump es tal que este tipo de afirmaciones se asemejan con la idea de que acabará con la migración poniendo un muro. Sabemos bien que no solo la MS-13 crea terror en Estados Unidos y la  región. Hay otras pandillas ahí y en el país. Al margen de eso, la MS-13 es una pandilla transnacional, entonces su desarticulación tendría que ser transnacional que vaya más allá de la persecución y del encarcelamiento. Si las condiciones para su gestación y reproducción —esto se ha profundizado— en las comunidades no cesan, pues este fenómeno no va acabar. Lo que está haciendo Trump es neutralizar momentáneamente lo que representa cierta molestia social. El fenómeno de las pandillas se puede profundizar en Centroamérica con las deportaciones. Estos miembros vendrán a sumarse a las estructuras que ya existen. O vendrán a formar nuevas.

Usted que le toma el pulso a la ciudadanía: ¿los salvadoreños deben resignarse a la existencia de las pandillas porque no van a desaparecer del país?
En algunas comunidades ya se han creado mecanismos de convivencia —entre comillas— porque están ahí y son parte de ellas. Las pandillas han coartado, pero la ciudadanía frente a la ausencia de autoridades del Estado ya ha naturalizado la convivencia con ellas y se han adaptado a sus reglas, porque son la autoridad y el poder. Obviamente nadie debería asumir o aceptar estas condiciones, pero desde la lógica de la sobrevivencia esto se ha naturalizado.

Usted ya hizo una valoración sobre la posición que tuvo Medardo González del FMLN —llama a sondeos de opinión instrumentos para la “guerra mediática”— sobre su reciente encuesta en la que la población dice que no quiere que el partido ARENA regrese al Ejecutivo, pero tampoco quiere que el FMLN siga en el poder…
No creo que sea todo el sentir y el pensar del FMLN. Sí me parece una falta de respeto que se hable en nombre de toda la militancia de ese partido, porque sabemos que no todos sus militantes piensan de la misma manera que su dirigencia. Yo creo que es una opinión de su secretario y de algunos miembros de la cúpula, pero no creo que sea extensiva a todos sus simpatizantes. Pero este señalamiento de la dirigencia es grave, porque esto demuestra la ceguera de los liderazgos políticos frente a la realidad. Las encuestas son opiniones de la gente y en ese sentido deberían tomarlas los que están dirigiendo el país y los ámbitos claves de la vida nacional. No hacer esto es despreciar a la gente y no escuchar y atender las demandas de la población. Que no son nuevas, sino que se están acentuando. La realidad que vive la población es dura y se ha complejizado a partir de la incapacidad de los sucesivos gobiernos.

Pero Medardo González no es una voz en el desierto. Sus declaraciones tienen repercusiones en los militantes y simpatizantes del FMLN…   
Habría que matizar qué grado de legitimidad tienen estos liderazgos hoy en día. Hay que evidenciar las fracturas y divisiones internas de ambos partidos mayoritarios. Por eso creo que no todos sus liderazgos sean el sentir y el pensar de sus militantes. Pero si así fuera, sería la constatación de que no solo el FMLN, no solo su cúpula sino sus bases y su militancia están de espaldas a la realidad y están queriendo tapar el sol con un dedo. Además [llamar a sondeos de opinión como instrumentos para la “guerra mediática”] es grave porque están difamando el trabajo de la UCA, porque es la constatación de que son iguales o peores que el partido ARENA.   



Esta entrevista vio la luz en la Revista Estrategia & Negocios de Centroamérica.

Fotografía cortesía del periódico digital ContraPunto.


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¡Que se jodan los sabios y los pensadores! / ¡Que se jodan todas las épocas y edades! / ¡Que se jodan los hombres de todos los tiempos / y el embuste de la Civilización y de la Cultura! [J. A. N.]