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sábado, 7 de abril de 2018

Jeannette Aguilar: “El Salvador perdió la batalla contra las pandillas, el crimen organizado y la corrupción”




En El Salvador la esperanza es tan grande como inútil. Los cimientos vitales que sostienen la vida nacional del país están erosionados: economía, salud, educación, política y seguridad. Quizás esta última es la gran batalla perdida que quiere ganarse a fuerza de una violenta tozudez.

Por décadas esta nación centroamericana ha buscado la paz, el bienestar y el progreso. Pero ha encontrado todo, menos eso. Y es que El Salvador camina en círculos, porque siempre ha estado entre la navaja y el cuchillo. En el siglo XX tuvo que soportar la bota verde olivo y sus financistas locales e internacionales. En el siglo XXI tiene que lidiar con las sombras del pasado: las pandillas. Un colectivo de cientos de jóvenes que quedaron huérfanos de todo y que crecieron para vengarse por la afrenta pública que sufrieron. Y si mueren, para eso están las nuevas generaciones que viven lo mismo que su árbol genealógico. Las comunidades pobres han tenido que ceñirse a su filosofía: ver, oír y callar.

Estas mismas comunidades han sido pragmáticas y han tenido que plegarse al nuevo poder que determina la estabilidad de su entorno. No importa la banda: Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18 (fragmentada en Sureños y Revolucionarios).

La última encuesta del Instituto Universitario de Opinión Pública (Iudop) de la Universidad Centroamericana (UCA) ha mostrado que la población del país no confía en sus autoridades de Seguridad, pues esta arrastra un gran historial de abusos contra los derechos humanos. Los casos más graves han llegado al exterminio de pandilleros, persecución indiscriminada de sus familiares y el continuo acoso de sus comunidades y sus pobladores. Estigmatización, dicen los expertos.

La directora del Iudop —Jeannette Aguilar— es clara al aseverar que la apuesta del Gobierno es la represión sin programas de prevención y rehabilitación. Por eso no es raro que los resultados de los sondeos de opinión de la entidad que ella dirige arrojen lo siguiente:

“Hay ciudadanos que nos han dicho que los pandilleros son al final los que nos cuidan de los vejámenes y de los abusos de la Policía”.

El resultado ha sido darle vida a aquella frase milenaria: ojo por ojo y diente por diente.

Lo interesante del pulso ciudadano que hace el Iudop es que hay otro gran segmento de la población que celebra el exterminio y las ejecuciones que hace la Policía y el Ejército.

— ¿Quiénes son los que celebran?

— Las clases medias y zonas urbanas son las que celebran el extermino de pandilleros, comenta la directora del Iudop. Claro, matiza. No se puede meter a todo el mundo en la misma sartén.

La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos tiene decenas de denuncias por los vejámenes que hacen los cuerpos de seguridad del Estado hacia la población civil. De hecho, hay agentes que están en las cárceles por ejecuciones de pandilleros. O por lo impensable: por el asesinato de sus propios compañeros de la corporación policial.

Un salvadoreño ve a un policía o a un militar en la calle y cambia de acera. Un peinado, una forma de vestir, ser residente de lugares innombrables o fan de alguna expresión artística que rompa el statu quo de lo visual y lo normal son la excusa perfecta para convertirse en sospechosos de todo. Es el fruto de la paranoia. O de la estigmatización.

El Salvador estuvo casi todo el siglo XX sometido al humor de los militares. Quien pensara distinto era asesinado o desaparecido. Esta antesala desató —finalmente— la guerra de este país (1980-1992) y dejó alrededor de 75 mil muertos y unos 10 mil desaparecidos. En este periodo familias enteras emigraron hacia Estados Unidos. Esa generación encontró en el país del Norte a otra que estaba inserta en pandillas. Los salvadoreños hicieron la propia para defenderse de las otras. Tras la firma de la paz entre insurgencia y Gobierno empezaron las deportaciones. La escuela que traían la echaron a andar en sus barrios, colonias y comunidades. Nadie imaginó que la bomba social estallaría. Y en sus narices.

— Salimos de una guerra para entrar a otra, entonces: ¿en qué fallamos?

— El Estado salvadoreño históricamente no ha tenido la voluntad —si nos situamos en el contexto de la posguerra— de atender este fenómeno. Por acción u omisión hubo una desatención sistemática de la violencia juvenil. Y se puede decir que hasta casi deliberada. Y desde la mitad de 1990 hasta el año 2000 había visos de la evolución de este fenómeno, analiza Jeannette Aguilar.

Entonces, para la analista no es raro que El Salvador haya perdido la batalla contra la violencia. Menos contra el narcotráfico y la corrupción que se confeccionaron con tanta impunidad y descaro en estos 25 años de paz. Y esto no es gratuito. En los últimos años los casos de corrupción en las esferas del poder se vaciaron y crecieron tanto en las pandillas como en el narcotráfico.

El partido de derecha Alianza Republicana Nacionalista (Arena) malversó fondos del Estado por más de 300 millones de dólares mientras fungió en el poder desde 1989 hasta 2014. Dos expresidentes de este instituto político fueron llevados a la cárcel. Uno sigue ahí y el otro murió en un hospital. 

El mismo camino llevaba el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN y ahora en el poder desde 2009 hasta la fecha) pero la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia le vetó la posibilidad de hacer uso discrecional de la partida secreta. Inclusive, el expresidente Mauricio Funes —del partido de izquierda— está siendo investigado por las autoridades tras no poder justificar un estilo de vida acaudalado que no podría sufragar con un sueldo de funcionario público.

Altos dirigentes de ambos partidos —los mayoritarios del país— están señalados de enriquecimiento ilícito, de tener vínculos con el narcotráfico, de tráfico de armas y de lavado de dinero. También de haber tenido un diálogo directo con altos mandos de las pandillas para beneficio electoral a cambio de otorgarles comodidades en el sistema penitenciario. O un buen capital para el grupo.

Se calcula que hay unos 60 mil pandilleros en las calles. Dentro de la cárcel están otros 13 mil. A estas cifras se unen la red de colaboradores que van desde los familiares y amigos de los miembros de las bandas hasta jueces, policías, militares y políticos de todos los niveles. Incluso religiosos.

En Arena y el FMLN la apuesta fue la misma: represión. A los analistas no les tiembla la voz al decir que la izquierda es más represiva que sus antecesores. Y esto explica que en la actualidad el número de militares en tareas de seguridad pública supere a los que había en los gobiernos anteriores.

A pesar de que la Sala de lo Constitucional declaró como terroristas a las pandillas, esto no cambió ni un ápice la realidad de violencia que vive el país. El tiempo pasa y lo que ha ocurrido es que hay una guerra abierta entre las pandillas y el Estado (policías, militares, jueces, custodios del sistema penitenciario, vigilantes privados y un largo etcétera). Hasta el circuito de seguridad que debe velar por el presidente de El Salvador —Salvador Sánchez Cerén— y su familia ha sido vulnerado al haberle asesinados a dos guardaespaldas entre 2016 y 2017.

La reciente encuesta del Iudop afirma que la ciudadanía no confía en sus autoridades. Específicamente en la PNC. ¿A qué se debe esto?
La gente hace un reclamo hacia los déficits que hay en seguridad, pero al mismo tiempo a las autoridades que están obligadas por mandato constitucional a garantizar dicha seguridad, pero son estas mismas las que están violando los derechos humanos de la población. Lo que hemos encontrado en nuestras encuestas es que la ciudadanía está señalando cada vez más a la Policía como un violador de los derechos civiles. Y a esto se suma al nivel de incertidumbre que se ha instalado a lo largo del tiempo [en El Salvador]. La gente ya no solo está sometida a las pandillas u otros problemas sociales, sino a los abusos y atropellos de las fuerzas de seguridad del Estado.

Siguiendo esta tónica. ¿Es descabellado que la población confíe más en los pandilleros que en los cuerpos de seguridad del Estado?
Yo creo que no es descabellado. Hay una dinámica de sobrevivencia que las comunidades están adoptando de manera pragmática. Y finalmente la gente va a confiar en aquello que garantice su seguridad. Sabemos de comunidades estigmatizadas por las autoridades y que están sometidas a constantes vejámenes por parte de la Policía. Entonces esto hace que los habitantes de esta comunidad se cohesionen a ciertas estructuras que —entre comillas— están garantizando la seguridad de la gente. Hay ciudadanos que nos han dicho que los pandilleros son al final los que nos cuidan de los vejámenes y de los abusos de la Policía.

La población siente seguridad más con las pandillas que con los cuerpos de seguridad, ¿pero cómo analizan ustedes esta dicotomía de que los ciudadanos celebren la ejecución o exterminio de pandilleros?
No generalicemos. La seguridad que siente cierta población con las pandillas ocurre en ciertas comunidades donde la guerra entre Policía y pandilleros se ha generalizado, porque estamos ante una situación de mecanismos de sobrevivencia. Tenemos que reconocer que las reacciones a favor o en contra de las pandillas se dan en un país donde el tema de la seguridad está vulnerado. Estamos en un país donde las autoridades no pueden garantizar el derecho a la seguridad de sus habitantes. Sin duda hay sectores que están asediados por la violencia de las pandillas y celebran el exterminio.

¿Quiénes son los que celebran?
Las clases medias y zonas urbanas son las que celebran el extermino de pandilleros. Tienden a respaldar la eliminación. Pero de nuevo: no podemos generalizar, porque cuando hemos consultado esto hay una opinión dividida. No obstante, hay indignación ante los abominables hechos cometidos por los pandilleros. Y por eso se han ganado el repudio de la población. Y por eso es que en cierta forma generalizada la población respalda a la Policía en el tema del exterminio. Eso lo hemos medido a lo largo de algunas preguntas. Aunque hay otro porcentaje que está señalando esto [de las ejecuciones]. Esto tiene que ver con la posición social en la que vive. Pero este tema de polarización puede terminar erosionando el respaldo a la Policía. Fue llamativo que al consultar a la gente qué tan segura se sentía al ver pasar a un policía, pues un poco más de dos a tres ciudadanos respondieron que muy inseguro o inseguro. O sea: esto es todo lo contrario a ese sentimiento de seguridad y de protección que debe otorgar la presencia de las autoridades. Y eso se debe a las acusaciones de abuso. Incluso: a casos de ejecuciones.

¿Tenemos una nueva guerra en El Salvador? ¿Hay un ojo por ojo y diente por diente entre las seguridades del Estado y las pandillas?
Sin duda. El escenario de los dos últimos años se ha radicalizado. Esto nos expone a una situación diferente a la que teníamos en años atrás. [Ahora] hay una especie de guerra de baja intensidad. Y esto está generando una especie de cadena de venganza. La Policía se está debilitando institucionalmente, porque está abandonando su marco de actuación legal, el mandato constitucional y los procedimientos que establece la ley en términos de cómo actuar frente a cualquier estructura criminal. La Policía está actuando más en una lógica de venganza. Y esto no solo lo hemos visto en el nivel bajo de la corporación, sino también en la retórica de altas autoridades. Ahí están las deplorables declaraciones del director de la Academia Nacional de Seguridad Pública —Jaime Martínez— en las que aboga por la eliminación [de pandilleros] sin evaluar las circunstancias que puedan rodear la amenaza [de los hechos]. Dijo a los policías que se defendieran sin pensar en las consecuencias. Esto básicamente es un cheque en blanco para matar. Esto no solo perjudica la imagen de la Policía, sino que distorsiona el mandato [civil] que tiene [porque] básicamente los hace actuar [a los agentes] como criminales.

Los medios de comunicación han arrojado luz sobre los diálogos que los partidos de izquierda y de derecha han tenido con las pandillas. La UCA ha sido clara al decir que no pueden obviarse a las pandillas y que debe de haber un diálogo con ellas. Para usted: ¿qué clase de diálogo debería de haber? 

La UCA siempre ha respaldado los mecanismos de diálogo, de puentes que permitan escuchar la posición del otro. Nosotros rechazamos los procesos de negociación política que se dieron en lo que se denominó La Tregua [acción clandestina que surgió en el gobierno del expresidente Mauricio Funes (2009-2014). Fue aprobado por él y supervisado por varios de sus funcionarios entre 2012 y 2014] porque nos pareció que no se trató de un diálogo honesto que buscara la rehabilitación de estos grupos o que buscara la reinserción social de ellos. Más bien esto se trató de una estrategia política-electoral que terminó por distorsionar este tipo de [fenómeno de violencia] y de negociaciones.

Creemos que debemos situar [a los pandilleros] como interlocutores porque son parte de la sociedad. El problema no resuelto de las pandillas se ha vuelto un segmento cada vez más importante en la sociedad y no podemos invisibilizarlo. En algunos casos sus miembros se han vuelto en parte de movimientos sociales. Obviamente con diferentes características y con la necesidad de reivindicar sus derechos.  Si bien es cierto que los pandilleros violentan los derechos de la ciudadanía, pues esto ha tenido que ver con esta condición de exclusión, de marginación y de negación de sus derechos a lo largo de varias de sus generaciones.

Si se abren espacios de interlocución —porque es importante escucharles— pues esto tendrá que ver con lo que los representantes de las pandillas —a lo largo de los diez años— han venido insistiendo: con los derechos que ya están establecidos en la Constitución. Esto también tendrá que ver con respetar los procedimientos de ley con los que se persigue a estos grupos y con respetar sus derechos en el sistema penitenciario. Y tendrá que ver con que los grupos de seguridad del Estado dejen de perseguir a sus familias. [Otro punto] tiene que ver con los programas de reinserción o programas de prevención de la violencia en las comunidades afectadas por las pandillas. O sea: básicamente piden que se les escuche en sus reclamos primales. Es cierto que ha habido espacios, pero el Estado no ha tenido la capacidad de articularlos en virtud de las demandas de las pandillas, es decir: no solo con las demandas de los pandilleros sino con la de sus familias con una real base social.

El FMLN no inventó las pandillas. ¿Pero usted cree que sus dos gobiernos han tenido la voluntad de rehabilitarlos o de que esto ocurra?
Hay suficiente evidencia de que el Gobierno no tiene interés ni en prevenir ni en rehabilitar a los pandilleros. Su política ha sido la persecución indiscriminada y el recrudecimiento de la represión. Incluso: en esta guerra contra las pandillas hay un aval implícito a las acciones de aniquilamiento que están cometiendo los miembros de la corporación de Seguridad y grupos paralegales que operan en el país. Creo que tampoco existe la confianza elemental para iniciar un proceso de diálogo, porque tanto ARENA como el FMLN han hecho un uso político de las pandillas para fines electorales. Solo quieren conquistar votos. O utilizarlos coyunturalmente para debilitar al adversario o para desestabilizar de cara al contexto de las próximas elecciones que tendremos. Honestamente: ni de parte de ARENA ni de parte del FMLN hay interés ni voluntad de tener un diálogo sincero, honesto que busque una solución para el país. No tienen el interés de atender los factores que dan origen a las pandillas [ni] de crear procesos de rehabilitación ni de reinserción social.

Salimos de una guerra para entrar a otra, entonces: ¿en qué fallamos?
El Estado salvadoreño históricamente no ha tenido la voluntad —si nos situamos en el contexto de la posguerra— de atender este fenómeno. Por acción u omisión hubo una desatención sistemática de la violencia juvenil. Y se puede decir que hasta casi deliberada. Y desde la mitad de 1990 hasta el año 2000 había visos de la evolución de este fenómeno. Incluso la UCA ofreció estudios sobre cómo esta violencia iba mutando y los políticos estuvieron de espalda a esta realidad. Ni en los veinte años de gobierno del partido ARENA ni en estos ocho del FMLN ha habido una estrategia sostenible de una política pública o de Estado para abordar el fenómeno. En los dos últimos gobiernos del FMLN sus acciones políticas en materia de seguridad pública han sido un contrasentido. Y esto podría deberse a muchas causas. Una de ellas es la falta de capacidad. Y no solo ellos, sino los distintos gobiernos de posguerra que no pudieron encarar la violencia en sus múltiples dimensiones. Nunca estuvieron interesados en entender ni pudieron dimensionar la magnitud de lo que ahora estamos encarando. La inmediatez y el populismo de la derecha y de la izquierda solo crearon medidas de corto plazo en una lógica electoral. En este tema El Salvador solo ha tenido acciones aisladas, desarticuladas sin sostenibilidad en el tiempo.  

No quiero sonar pesimista, pero creo que ni mi generación ni la que viene verá una solución a la violencia que existe en el país. ¿El Estado salvadoreño perdió la batalla contra las pandillas?
Sin duda el Estado salvadoreño ha perdido la batalla contra las pandillas. También ha perdido la batalla contra el crimen organizado y contra la corrupción. Desde que el Estado ha sido coartado y penetrado a lo largo de estos veinticinco años de posconflicto por estructuras que han estado al servicio de intereses criminales, entonces no estamos en condiciones de ninguna capacidad. Tenemos funcionarios que tienen vínculos con estructuras delincuenciales. Tenemos funcionarios que utilizan su investidura y su poder para traficar armas, para favorecer el narcotráfico y el contrabando. El país ni siquiera ha iniciado una batalla seria, frontal contra la violencia, contra la criminalidad, contra las pandillas y mucho menos con el crimen organizado. El Estado salvadoreño en todo este tiempo ha estado permeado por poderes oscuros. 

¿Usted cree que las pandillas podrían definir las elecciones en El Salvador?
Las pandillas ya definieron varias veces las elecciones en El Salvador porque los políticos le han otorgado ese poder. Los políticos de derecha y de izquierda no han tenido escrúpulos para negociar con los pandilleros y [ese poder] ya no se lo van a poder quitar. Esto ha sido una legitimación como actores políticos.

¿Y qué opina sobre las declaraciones de Donald Trump en las que afirma que acabará con la MS-13?
La ignorancia de Trump es tal que este tipo de afirmaciones se asemejan con la idea de que acabará con la migración poniendo un muro. Sabemos bien que no solo la MS-13 crea terror en Estados Unidos y la  región. Hay otras pandillas ahí y en el país. Al margen de eso, la MS-13 es una pandilla transnacional, entonces su desarticulación tendría que ser transnacional que vaya más allá de la persecución y del encarcelamiento. Si las condiciones para su gestación y reproducción —esto se ha profundizado— en las comunidades no cesan, pues este fenómeno no va acabar. Lo que está haciendo Trump es neutralizar momentáneamente lo que representa cierta molestia social. El fenómeno de las pandillas se puede profundizar en Centroamérica con las deportaciones. Estos miembros vendrán a sumarse a las estructuras que ya existen. O vendrán a formar nuevas.

Usted que le toma el pulso a la ciudadanía: ¿los salvadoreños deben resignarse a la existencia de las pandillas porque no van a desaparecer del país?
En algunas comunidades ya se han creado mecanismos de convivencia —entre comillas— porque están ahí y son parte de ellas. Las pandillas han coartado, pero la ciudadanía frente a la ausencia de autoridades del Estado ya ha naturalizado la convivencia con ellas y se han adaptado a sus reglas, porque son la autoridad y el poder. Obviamente nadie debería asumir o aceptar estas condiciones, pero desde la lógica de la sobrevivencia esto se ha naturalizado.

Usted ya hizo una valoración sobre la posición que tuvo Medardo González del FMLN —llama a sondeos de opinión instrumentos para la “guerra mediática”— sobre su reciente encuesta en la que la población dice que no quiere que el partido ARENA regrese al Ejecutivo, pero tampoco quiere que el FMLN siga en el poder…
No creo que sea todo el sentir y el pensar del FMLN. Sí me parece una falta de respeto que se hable en nombre de toda la militancia de ese partido, porque sabemos que no todos sus militantes piensan de la misma manera que su dirigencia. Yo creo que es una opinión de su secretario y de algunos miembros de la cúpula, pero no creo que sea extensiva a todos sus simpatizantes. Pero este señalamiento de la dirigencia es grave, porque esto demuestra la ceguera de los liderazgos políticos frente a la realidad. Las encuestas son opiniones de la gente y en ese sentido deberían tomarlas los que están dirigiendo el país y los ámbitos claves de la vida nacional. No hacer esto es despreciar a la gente y no escuchar y atender las demandas de la población. Que no son nuevas, sino que se están acentuando. La realidad que vive la población es dura y se ha complejizado a partir de la incapacidad de los sucesivos gobiernos.

Pero Medardo González no es una voz en el desierto. Sus declaraciones tienen repercusiones en los militantes y simpatizantes del FMLN…   
Habría que matizar qué grado de legitimidad tienen estos liderazgos hoy en día. Hay que evidenciar las fracturas y divisiones internas de ambos partidos mayoritarios. Por eso creo que no todos sus liderazgos sean el sentir y el pensar de sus militantes. Pero si así fuera, sería la constatación de que no solo el FMLN, no solo su cúpula sino sus bases y su militancia están de espaldas a la realidad y están queriendo tapar el sol con un dedo. Además [llamar a sondeos de opinión como instrumentos para la “guerra mediática”] es grave porque están difamando el trabajo de la UCA, porque es la constatación de que son iguales o peores que el partido ARENA.   



Esta entrevista vio la luz en la Revista Estrategia & Negocios de Centroamérica.

Fotografía cortesía del periódico digital ContraPunto.


viernes, 9 de junio de 2017

Israel Ticas: el intérprete del silencio de los desaparecidos




El Salvador vive una epidemia de homicidios, según la Organización Mundial de la Salud: más de 10 por cada 100 mil habitantes. Este país, así, destaca como uno de los más inseguros del planeta. No en vano le llaman la República de la Muerte o la Capital de los Asesinatos, y es también un extenso cementerio clandestino. Pero hay un hombre que busca darles identidad a los miles de desaparecidos en esa tierra centroamericana. Y le gusta trabajar con cadáveres. Les llama “amigos”.


Un día pidió ayuda a través de una red social. Faltaba poco para la medianoche. Tenía tantos muertos sin identificar que no sabía qué hacer con ellos. El Salvador es una tumba clandestina donde van a parar las víctimas de la violencia. Las pandillas perpetran la gran mayoría de estos asesinatos. Pero un hombre se ocupa de estos escenarios y rescata de las entrañas de la tierra y de la impunidad los cadáveres que han terminado en el olvido.

Israel Ticas es el forense de lujo de la Fiscalía General de la República de El Salvador. Se ha preparado en Centroamérica, México, África y España. No tiene sustituto ni discípulo. Es único en su especie. De baja estatura, tiene rasgos indígenas muy marcados y siempre está requemado por el sol. Su trabajo se convierte en una meticulosa obra de arte, pero también delata a un país que devora todos los días a sus ciudadanos. En El Salvador, de verdad, la vida no vale nada.

Es difícil que el mundo entienda cómo una superficie tan pequeña –21 mil kilómetros cuadrados– produce tantos cadáveres. La inseguridad y la muerte son un negocio en esta nación. Restaurantes, farmacias, burdeles, hoteles, hospitales, zonas residenciales de clase media… Todos estos lugares cuentan con seguridad privada. Una funeraria en un país como El Salvador no conoce la bancarrota.

Hace años Ticas le dijo al reportero que él hablaba con los muertos. El periodista le dijo que, más bien, era un abogado. El abogado de las víctimas mortales de la violencia en El Salvador. Se quedó callado. La idea le gustó.

El Salvador vivió una guerra interna por más de una década. Los ciudadanos que tuvieron suerte lograron huir hacia Estados Unidos. Tras la firma de la paz en 1992 entre la insurgencia y el gobierno, la Unión Americana hizo deportaciones. Pero esa gente, que en aquel país había vivido en barrios depauperados y violentos, regresó con el ADN de las pandillas. Y lo clonó y clonó en su nación de origen. Ni los gobiernos de derecha ni la sociedad se imaginaban que una bomba social estaba creciendo. Cuando explotó fue demasiado tarde.

El pozo de sangre en el que se ahoga El Salvador ha sido cavado por las pandillas Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18. La inseguridad que vive el país la sienten los mismos cuerpos de seguridad, pese a que en 2015 los vándalos fueron declarados terroristas por la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Los ciudadanos también son objetivos de pandillas: para morir basta que alguien que viva en un territorio se pase a otro donde domina la pandilla contraria. De esta tormenta de sangre no se salva ni el presidente del país, Salvador Sánchez Cerén. Los mareros le asesinaron a dos guardaespaldas.
Todos deben pedirle permiso a las pandillas para entrar en sus territorios: políticos, religiosos, vendedores, distribuidores de agua, refrescos, golosinas. Incluso los periodistas que deseen tomar una fotografía. Los números más conservadores calculan que en El Salvador hay unos 60 mil vándalos en las calles. Dentro de la cárcel están otros 13 mil. A estas cifras hay que sumarle los colaboradores que van desde los familiares y amigos de mareros hasta jueces, policías, militares y políticos de mandos bajos y medios.

Y ese ejército de pandilleros ha dejado otro de desaparecidos. Ticas tiene que buscarlos. Para él, una persona muerta no es un cadáver: es un ser humano con derechos que se merece la mejor de las despedidas. Por eso los entristece que los restos de alguien terminen en una fosa común, en el anonimato.

Él comienza con un indicio (una denuncia). Una vez detectado el lugar donde puede haber sido enterrado un cuerpo, lo acordona e inicia una búsqueda superficial. La misma tierra le advierte si dentro de ella hay restos humanos. En caso afirmativo, la franja estudiada toma una textura particular y cierta humedad que desprende un olor distintivo. Si detecta estas pistas, inicia una excavación. Y es aquí donde la sabiduría de Ticas entra en juego. A partir de la experiencia y de una lectura del entorno va avanzando directamente hacia los cadáveres. No se trata sólo de excavar. No se trata de abrir hoyos al azar. Se trata de llegar de una forma inteligente a los cuerpos por una sencilla razón: el cadáver puede informar la identidad del asesino.

La escena poco a poco comienza a tornarse en una obra en la que se fusionan ingeniería, antropología, arqueología y fontanería (desagües en caso de lluvias). Lo más importante es resguardar la escena del crimen y sus evidencias. Aquí está lo vital: las posiciones de los cuerpos son un testimonio de sus últimas horas de vida. Por los indicios, el abogado de los muertos sabe quién murió primero, quién fue enterrado con vida y en qué circunstancias. Es aterrador ver cómo las personas lucharon incluso dentro de las sepulturas. Sus manos en forma de garras evidencian que hicieron todo por salir del suplicio. Las bocas abiertas pueden hablar de un grito ahogado pidiendo ayuda o de un último intento por llevar oxígeno a sus pulmones.

Las escenas muestran la evolución de la violencia en El Salvador. Cada vez son más tenebrosos los asesinatos  —y también más sofisticados, pues sus  autores evitan dejar rastros—.Cada vez hay más cuerpos mutilados.

En las manos de Ticas está el futuro de la justicia. Está el rumbo de la investigación. El rostro de los asesinos. 

“La violencia evoluciona rápidamente y destroza hogares, familias y personas. La muerte sólo espera junto a nosotros para llevarnos al más allá”, reconoce el forense en entrevista.

Durante la conversación, el especialista recibe una llamada de una madre buscando a su hijo. Pone la llamada en altavoz y se escucha una súplica al otro lado del teléfono. Ella relata que en Montelimar (provincia de La Paz) varios hombres metieron a su hijo a un predio baldío. Luego salieron, pero sin él. El forense le explica lo que debe hacer: poner una denuncia y enviarle una fotografía. Él irá a reconocer el terreno, probablemente devenido a cementerio.
De hecho, todo El Salvador se parece a un extenso panteón. Únicamente en agosto de 2015 hubo 911 asesinatos. Es decir: 30 muertos cada 24 horas. Ese mismo año cerró con 6 mil 670 homicidios. El periódico estadunidense USA Today lo calificó como “la capital mundial de los asesinatos”. Y 2016 no trajo buenas nuevas, porque dejó 5 mil 278 crímenes mortales. Es decir: 14 homicidios al día. Y los números continúan. Hasta el 15 de marzo de 2017 iban 651 homicidios, según las estadísticas oficiales.

La cifra de desaparecidos ya superó a la padecida durante la guerra civil que vivió esta nación entre 1980 y 1992, según las autoridades salvadoreñas.

Lo paradójico es que este país centroamericano celebró 25 años de haber firmado los Acuerdos de Paz. El 16 de enero de 1992 la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y el gobierno del entonces presidente Alfredo Cristiani (del partido de derecha Alianza Republicana Nacionalista, Arena) pusieron fin al plomo que dejó más de 75 mil muertos y unos 10 mil desaparecidos.

Las máximas autoridades de seguridad de El Salvador afirman –según la agencia de información ACAN-EFE– que en 2016 se encontraron 38 cementerios clandestinos. En ellas fueron desenterradas 46 personas en 10 de los 14 departamentos que tiene el país. Desde 2014 se han detectado más de 158 fosas ilegales y se han recuperado 216 cuerpos. Pero desde 2010 están desaparecidas unas 10 mil 800 personas.

Las cifras oficiales registran, sólo en 2016, la desaparición de 3 mil 859 personas. La capital de El Salvador –San Salvador– concentró mil 148 casos. 2017 tampoco pinta bien. Hasta el 20 de marzo iban 650 desaparecidos.

El presidente del Instituto de Estudios Jurídicos de El Salvador (IEJES) y miembro de la Comisión Política del desaparecido Movimiento Nacional Revolucionario, Félix Ulloa, reflexionó en el periódico digital El Faro sobre los 25 años de paz de El Salvador en el nuevo contexto de violencia: “Las pandillas inicialmente fueron sólo el producto de la indiferencia del Estado para con los hijos de la guerra, los huérfanos, los niños abandonados por los padres que se fueron a buscar la vida fuera del país. (Esos niños) luego crecieron, se organizaron y multiplicaron, y hoy nos tienen de rodillas”.

Coincidentemente, la primera escena que procesó Ticas fue la de los padres jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA) asesinados por el Ejército salvadoreño en 1989. Un caso que aún busca justicia en los tribunales españoles. El forense fue policía durante la guerra. En ese momento su especialidad eran las escenas terroristas de la guerra. Gracias a su meticulosidad se han resuelto casos que parecían imposibles. Y esto se debe a su amistad con la investigación y la metodología científicas.

Vivir entre la muerte
A Ticas le gusta trabajar con cadáveres. Les llama “amigos”. Pero sabe que El Salvador apenas le da importancia a la ciencia forense. Las autoridades del país prefieren los testimonios para solucionar los crímenes. Sólo que los testigos son falibles, impresionables y presionables, pueden tener un precio. Y en muchas ocasiones llevan a la cárcel a gente inocente.

“Me siento mal cuando mis colegas hacen una excavación en menos de una hora. Esas escenas son ricas en evidencia”, se lamenta.

Vanidoso y excéntrico, Ticas sabe que es el único que le pone amor, disciplina y arte a su trabajo. Y pasa de la euforia a la tristeza: a él le gustaría multiplicarse y recuperar más cuerpos, pues hay miles de desaparecidos. Y decir desaparecido es decir muerto. Están en tumbas clandestinas o pozos.

“Me duelen todos estos restos de seres humanos. Tienen derecho a regresar con sus familias. Me da rabia que la gente les llame podridos a estas personas. ¿Vos pensás que esta gente quiso terminar con sus vidas de esta manera?”, inquiere el forense.

La gente dice que Israel está loco, que huele a muerto y que sus excavaciones son agujeros del tamaño de una bomba de 500 libras. Sus colegas piensan que hacer tantas cosas por los cadáveres es una pérdida de tiempo. Que lo que debería de hacer –más práctico– es recoger los cadáveres sin tanta burocracia y meterlos en bolsas negras. Sin embargo, Ticas mantiene acaloradas discusiones con otros investigadores cuando éstos se niegan a procesar sangre, cabellos, semen u otras evidencias. La razón para no recibir estas pruebas es que vienen de cadáveres putrefactos, aunque eso no impediría hacerles análisis de ADN.

El abogado de los muertos se quiebra cuando analiza fosas donde hay niños. Apunta que usa su “escudo humanitario” para seguir adelante.

Para Ticas no existe el descanso. Ser el mejor tiene sus costos. Es un hombre que trabaja los siete días de la semana. Sus amigos los cuenta con los dedos de una mano. A veces duerme en su oficina (adornada con calaveras y otras piezas óseas). Las paredes tienen fotografías de las excavaciones que ha realizado. Da la impresión de que se siente como una estrella de rock que ha fotografiado cada uno de sus escenarios. Eso sí, a Israel Ticas no se le puede hablar del infierno. Él ya lo vio: niños decapitados, hombres a quienes les cercenaron el pene y los testículos y se los colocaron dentro de la boca para después coserles los labios. Rostros sin ojos, sin dientes y desollados. Mujeres con envases de cerveza en sus vaginas y empaladas.

A pesar de que el apellido de El Salvador es violencia, Ticas no está a favor ni en contra de las instituciones del Estado. “Yo sé lo que está ocurriendo en El Salvador y lo que le espera, pero me limito a mi trabajo como forense”, delinea.

Por supuesto que él teme por su seguridad, por su vida. El lugar donde él vive también está dominado por los pandilleros. Se ven y se saludan. Por la televisión, los maras saben lo que él hace, pero cuando él llega a su vecindario sólo le gastan bromas. Le preguntan si no llevará un fémur para algún pandillero lisiado. Él les responde que sí, que lleva uno de mujer. Todos ríen.

El arte de exhumar
Una vez que el abogado descubre un cuerpo decide si comenzará a exhumarlo por los pies o la cabeza. Depende de la escena. Luego crea montículos para que el cadáver se sostenga, es decir, crea columnas sobre las que lo apoya a través de los codos, las rodillas, los tobillos, el mentón, la cabeza. Así puede fotografiar los cuerpos y ver la escena en varias dimensiones.
Al final de la jornada las evidencias están intactas. Y aparece una idea de qué sucedió. Se puede determinar si las víctimas fueron asesinadas dentro de la tumba o arrojadas ya sin vida. Saber esto es crucial para detectar si un testigo criteriado (que goza de privilegios penales a cambio de colaborar con la justicia) está diciendo la verdad o miente.

El forense le da un tratamiento casi paternal a los cadáveres. Una vez que la escena del crimen está lista, él empieza a limpiar con una escobilla los cuerpos. Lo hace suavemente, tramo a tramo con una paciencia asiática. Y mientras lo hace revisa si tienen tatuajes, lesiones, marcas de algún químico, esquirlas, golpes contundentes. Revisa hasta debajo de las uñas. Es importante que el cuerpo no se mueva ni un ápice, porque eso podría dañar la investigación. Pero todo este esmero se va por el drenaje cuando aparece el Instituto de Medicina Legal: mete los cadáveres en bolsas sin ningún cuidado. “Qué bonito has dejado los cadáveres”, le dicen los agentes a Ticas.

Lo triste para El Salvador es que cuando muera Israel morirá un hombre que no ha dejado discípulos. A nadie le gusta trabajar con muertos, y menos con tanta entrega. Él se mete a pozos donde el agua está putrefacta y llena de heces fecales. Tiene enfermedades en la piel, pero ha logrado controlarlas.

“Para que una persona haga lo que yo hago debe gustarle la putrefacción. Debe ser inmune al dolor. No debe tener sentimientos a la hora de trabajar, porque si eso no ocurre, entonces no hará bien su labor. Echará a perder la evidencia. Y lo más importante: dejará impune un crimen. Yo no tengo vacaciones porque hay muchas personas enterradas. Me siento impotente”.

Con todo, confía más en los muertos que en los vivos. Él los llama amigos que no hacen daño. En contraparte, sabe que los vivos lo matarán. Sabe que no llegará a la vejez ni a jubilado. Él sólo quiere que lo asesinen sin aviso, rápido y sin dolor. En su epitafio quiere que coloquen la siguiente frase:

“Aquí yace quien quiso hacer mucho por los que sufren, pero no le quedó suficiente tiempo para hacerlo. Si puedo ayudar incluso muerto, búsquenme que les ayudaré.”


*Este texto apareció en la Revista Proceso de México bajo el título: El salvador de los muertos.

El reverso de la diferencia

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¡Que se jodan los sabios y los pensadores! / ¡Que se jodan todas las épocas y edades! / ¡Que se jodan los hombres de todos los tiempos / y el embuste de la Civilización y de la Cultura! [J. A. N.]