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jueves, 6 de abril de 2017

Fernando Llort: De hippie a padre de la artesanía




El método del niño era tan rústico como genial: raspaba la semilla de copinol en el suelo, le hacía un dibujo chueco y con un clavo caliente recorría el contorno de lo que había estampado. La idea era sacar en primer plano ese trazo amorfo, luego buscaba una cinta y listo: ya tenía un collar.

Eran los primeros años de la década de 1970. Fue en esa fecha que un salvadoreño que acababa de andar por Europa y Estados Unidos —estudiando arte y teología— vio algo en La Palma (Chalatenango) que cambiaría su vida y la historia de su país. El tipo —de piel clara, alto, delgado y con facha de hippie— vio a un niño afanado restregando una semilla de copinol en la aridez del piso.

— Niño, ¿qué estás haciendo?

— Estoy raspando esta semilla de copinol.

— ¿Para qué? Déjame ver.

Entonces, el adulto tenía entre las yemas de sus dedos “un paisaje en miniatura”. Ahí supo que Dios le estaba dando la oportunidad de comenzar desde algo pequeño hacia algo grande. Ese fue el reto celestial: si valoraba lo ínfimo, estimaría lo supremo.

Al siguiente día, aquel hombre le devolvió la semilla al niño. Esta regresó transformada en una obra de arte. Manuel Guillén Aguilar tenía unos nueve años en aquella época y su mundo quedó maravillado. Fernando Llort —el salvadoreño con facha de extranjero de 23 años— le preguntó si le interesaba aprender algunas cosas sobre dibujo.

Con un taladro y una lija, Manuel Guillén Aguilar le dijo adiós a su método empírico de trabajar la semilla de copinol y Fernando Llort se colocaba —sin saberlo— en la historia de las artes plásticas y de la gestión cultural de El Salvador.

Han pasado más de cuatro décadas desde aquel encuentro entre Manuel Guillén Aguilar y Fernando Llort. El primero pasó de ser discípulo a maestro de artesanías; el segundo es una especie de artista ecléctico que fusionó lo universal con lo local hasta llegar a convertirse en una voz del arte popular que no deja atrás las raíces indígenas que tiene El Salvador. Su nombre es ineludible en la historia del arte salvadoreño.

“La idea de trabajar la semilla de copinol no me la enseñó nadie. A mí se me ocurrió chollarla en el suelo. Así como Fernando Llort se sorprendió de lo que yo estaba haciendo, así mismo me sorprendí yo cuando él volvió con aquella semilla. Él regresó con algo hecho, bien bonito. Después agarré el lápiz y empecé a dibujar casitas, pájaros. Así comenzó la historia”, rememora Manuel Guillén Aguilar, un chaparrito bonachón que sigue viviendo y trabajando en La Palma.

La vida del discípulo de Fernando Llort está dividida entre ser artesano y vigilante de un taller. Los tiempos han cambiado y económicamente se han puesto cuesta arriba, aunque eso no le ha impedido darle la espalda a su primera vocación.

La semilla que dio origen a toda la historia de la artesanía en La Palma fue hurtada. Pero —a falta de ella— existe todo un trabajo comunitario, social, religioso, reivindicativo y desenfadadamente expresivo que aún existe. Hay cientos de hombres y mujeres que lograron hacer de las enseñanzas de Fernando Llort un legado que todavía pervive desde las últimas décadas del siglo XX.

Por ello, el gobierno de El Salvador anunció el 1 de octubre que la edición número XXV del Premio Nacional de Cultura 2013 se lo otorgaría a Fernando Llort. Su argumento fue:

“[El artista] ha sido elegido para recibir el galardón por sus méritos como gestor cultural y por haber transformado a la comunidad a través de la enseñanza de sus diseños artísticos aplicados a la artesanía. Esto desarrolló una industria comunitaria sustentable que dio origen a la primera cooperativa de artesanos llamada ‘La Semilla de Dios’. Es creador de un método sencillo de enseñanza artística basado en dibujos lineales y en el uso de materiales abundantes del lugar que le permitió a los pobladores realizar artesanías. Así dio inicio al desarrollo en colectivo de la población —con un impacto a nivel local, nacional e internacional— con innumerables talleres, los cuales siguen produciendo artesanías que contribuyen al desarrollo económico, social y cultural del país”.

El día 5 de noviembre de 2013 Fernando Llort no llegó solo a Casa Presidencial. Con el artista llegaron las distintas generaciones de artesanos de La Palma. El jefe de Estado —Mauricio Funes— le entregó una medalla de oro, cinco mil dólares y un diploma de honor al buen samaritano que fue dejando su semilla de enseñanza y de fe a las personas que se cruzaron en su camino.

El héroe de La Palma nació el día 7 de abril de 1949. Comenzó sus estudios religiosos en Colombia en 1966. Luego partió a la Universidad de Toulouse (Francia) a estudiar filosofía. Ahí permaneció tres años e hizo una exposición en ese país.

Según el artista, las piezas de esa época hacían alusión la cultura maya. Volvió a la teología en Lovaina (Bélgica). También hizo estudios en Louisiana State University en Baton Rouge. En 1971 regresó a El Salvador. Algo le dijo en su interior que lo que andaba buscando estaba en La Palma.

Desde esa época hasta la actualidad nacieron el taller —y posteriormente la cooperativa— “La Semilla de Dios”. Las enseñanzas a los pobladores de La Palma fueron gratuitas por más de una década.

También en esa localidad de Chalatenango el artista encontró el amor: Estela Chacón.

“Vi a esa muchacha que venía por la calle y me enamoré de sus ojos”, recuerda Fernando Llort. De esa unión nacieron tres hijos.

En 1981 nació el Centro Cultural “El árbol de Dios” en San Salvador. Y durante 1989 nace otra entidad: la “Fundación Fernando Llort”.

Hace unos años el artesano de La Palma viajó a Inglaterra. Allá realizó un trabajo artístico en la Catedral de Saint George en el centro de Londres. Ahí inauguró una pequeña capilla dedicada a la memoria de monseñor Óscar Arnulfo Romero. La obra es una cruz que lleva el apellido del religioso salvadoreño asesinado en 1980.

***

Fernando Llort va hacia la Cooperativa “La Semilla de Dios”. Pasa frente al parque de La Palma. Ahí una vendedora lo reconoce y comienza a hablar sobre él con un joven de 25 años. Ambos lo conocen, pero es obvio que la mujer tiene muchas más historias qué contar del artista:

— “Ahora está más viejito, pero aún sigue viéndose alto. Cuando estuvo en la cooperativa le regalaba materiales a la gente para que aprendiera y trabajara”.

— ¿Y es un orgullo como se dice por aquí…?

— Sí, hombre. Si él levantó el nombre de La Palma. Él siempre fue un hombre bien bueno.

El joven de 25 años —Francisco Javier— cuela su opinión en la conversación y asevera que Fernando Llort es el padre de la artesanía en La Palma. Aprovecha la interrupción para contar una anécdota:

—“Cuando el arzobispo [monseñor José Luis Escobar Alas] le derrumbó el mural de Catedral, nosotros le hicimos frente a la alcaldía una gran alfombra. Simulamos la obra que perdió. La pieza fue de unos 15 metros. Él vino y presenció lo que hicimos unos 20 jóvenes”.

— ¿Y cómo surgió la idea…?

— Es que a él nunca lo olvidamos aquí en La Palma, interviene la señora vendedora.

— Es que aquí tuvimos muchos sentimientos encontrados por lo que hizo el arzobispo de San Salvador, remata el joven.

***

Fernando Llort hace una pausa. Se apoya en su bastón. Siempre anda viendo hacia arriba. Da la impresión de hablar con alguien allá en las alturas. Quizás habla con eso que siempre está en su trabajo: Dios.

— ¿Cómo es que aparece Dios en su vida?

— Mis padres me educaron con los valores religiosos de la fe. De mayor retomé esos valores y tuve un encuentro muy profundo con Él. Me di cuenta de que el talento que tenía lo había recibido de Dios y tenía que compartirlo con mis hermanos, con los más pobres. Siempre lo he puesto a Él como fuente de inspiración de mi obra.

— ¿De dónde saca esto de los pobres? ¿Quiso ser sacerdote?

— Lo intenté, pero en Francia. Buscando una identidad cultural me di cuenta de que quería ser pintor. Fue ahí que me encontré conmigo mismo y decidí venirme a El Salvador a encontrar mi identidad cultural.

— ¿Podría traducirme qué significa encontrarse con uno mismo?

— Encontrarse con los valores, los dones y los talentos que uno tiene.

— Hemos venido al lugar donde hace más de 40 años su trabajo artístico y social empezó. ¿Qué piensa? ¿Qué evaluación hace al respecto?

— Pienso que he tenido una vida muy plena. Me siento realizado como artesano, como artista… Y creo que tengo mucho que dar todavía.

— Pongamos las cosas sobre la balanza. ¿Qué fue lo más duro que ha tenido que enfrentar en estas casi cinco décadas de vida artística?

— Los más duro fue imponerme una disciplina, una dedicación porque si no las cosas no salían. Es duro enfrentarse a no ser perezoso. Es duro empeñarse en hacer cada vez mejor el trabajo. La lucha contra uno mismo es dura.


lunes, 20 de enero de 2014

Carlos Cañas: "No me tocó ser feliz, pero seguí caminando..."


El Premio Nacional de Cultura 2012, Carlos Cañas, conversó con El Diario de Hoy sobre su vida y obra. El maestro de la plástica salvadoreña no esconde su franqueza intelectual y artística.

No necesita presentación, sencillamente porque él es maestro de la pintura en El Salvador.

La pregunta de rigor. ¿Cómo se sienta ahora que recibirá uno de los premios más importantes de El Salvador? 

—Conmovido profundamente. Cuando me lo dijeron, no pude decir palabra alguna, pero sí, ya era tiempo. (Ríe) Me han dado otros premios, pero dinero, nunca.

Recuerdo unas declaraciones de su autoría que decían que no recibiría el Premio Nacional de Cultura en un gobierno que no fuera de izquierda.

—Eso fue algo que se me salió. (Ríe) Lo dije, pero me exalté. Ya ni nos acordemos de eso. Lo de este premio ha sido un accidente. Si me lo hubiese dado la derecha, igual lo hubiese aceptado.

Hace unos años, en este estudio, usted tenía mucho entusiasmo por la posibilidad de que llegase la izquierda al poder. Tres años después, ¿cómo ve a este gobierno?

—Ver claro, no veo. Veo medio nublado... (Risas) Él ha hecho sus cosas (se refiere al presidente Funes). Hay cosas como la economía que están graves. Creo que ha habido un cambio, un cambio de que una sociedad tenga un gobierno diferente.

¿Y le dirá algo al presidente Funes el día de la ceremonia?

—Yo solo tendré palabras de mucho agradecimiento. Hay mucha gente que me ha ayudado. Además, todo depende si estoy emocionado. Si estoy muy emocionado, no podré decir nada. Se me hará un nudo en la garganta, como sucedió cuando me avisaron del premio. Es que yo por nada me emociono, fíjese.

Y a sus 88 años y con una larga trayectoria artística, ¿cómo ve Carlos Cañas a Carlos Cañas?
—Como un educador. He trabajado mucho. He visto tantas dificultades para pintar en el país. Incluso, venía gente a mí y yo les decía que había un problema: si te querés dedicar a la pintura y tenés una gran suerte, no aguantarás hambre, pero si no tenés suerte, no vas a tener qué comer.

¿Y a usted cómo le fue?
—A mí me tocó mitad y mitad. Tuve momentos buenos y malos. Pude ir a España, invitado por su gobierno. Después de esto me tocó trabajar muy duro. Mi vida ha sido trabajar y pintar.

Hábleme de sus discípulos, porque los hay y están vivos.

—Está Roberto Huezo, quien se ha olvidado de mí. Está Roberto Galicia (director del Museo de Arte de El Salvador). Hay otros más, pero no recuerdo sus nombres, pero yo sacaría unos ochos muchachos... Hubo algunos que, por su concepto político, me sintieron ajeno a ellos (...) La vida me llevó a estar vinculado con el pueblo. Estoy amarrado a él.

¿Se metió en aprietos alguna vez por su postura política?

—(Ríe) Sí, siempre creaba problemas. Me decían que no hablara de eso, que no sé qué. Y eso era porque nunca estuve dentro del partido. Nunca quise estarlo. Jamás. Desde que empecé a pintar, toda mi pintura fue social, no pintar al campesino como alguien derrotado, sino, todo lo contrario. Yo he sido lo que se llama un francotirador. Siempre he estado solo y por mi propia cuenta.

Hablando de soledad. ¿Sigue vigente aquello de quemar su obra o no nos tomamos muy a pecho sus palabras?

—Lo que dije no es un hecho que se va a hacer. Solo es una posibilidad. Hay pintores en Europa que han quemado su obra. Pensaba dejar mi trabajo en un banco, pero luego pensé que no. Donarlos a un museo es igual a tenerlos guardados (...) A mí no me ha tocado ser feliz, pero he seguido caminando con los problemas.

¿Y a sus 88 años hay algo que le hubiese gustado hacer o corregir...?

—No. Yo soy todo lo contrario a Rafael Alberti (poeta español de la Generación del 28). Él comenzó pintando y de repente comenzó a escribir. Yo, en cambio, escribía poesía, pero me metí a estudiar pintura y me quedé con ella. Después de España, vine a El Salvador con la idea de que tenía que ser profesor, y no solo un profesor que agarra el pincel y pinta, sino un profesor que tenía que hablarles de la pintura, de su historia, de su base estética, de su condición (social-política-ideológica).

Oiga, ¿y cómo era usted con sus alumnos? Me han dicho que era duro, pero eso no significa que sea malo, porque se lo agradecen.

—¿Quién te dijo eso...? Bueno, a mí todos me querían y estaban contentos conmigo. Hubo alguien que escribió en un periódico que gracias a mí, encontró su camino. Yo abrí el camino a mucha gente.

¿En qué momento se dijo a usted mismo, "voy a ser pintor"?

—Yo vengo de una familia de pintores. Hacían pintura comercial: pintaban rótulos, pintaban santos, iglesias, cuadros religiosos. Pintaban de todo.

¿Quiénes fueron sus maestros y en qué momento tiene una ruptura estética con ellos?

—Mis maestros fueron Luis Alfredo Cáceres Madrid, José Mejía Vides y Carlos Alberto Imery, quien me daba muy buenas ideas. De ahí, nadie. Luego apareció la pintura socialista mexicana.

Verdad o mentira, no hay pintor en El Salvador que afirme que estudió con el español Valero Lecha...

­—Valero Lecha fue la parte contraria. Fundamos lo que se llamó "Pintores jóvenes" y luego "Pintores independientes" con Camilo Minero y otros que yo dirigía. Todos éramos contrarios a la pintura de Valero Lecha. El sistema de él no nos agradaba.

¿Y qué no les cayó en gracia del español?

—El sistema de él era académico: hacer las cosas tal y como son; en la naturaleza el elemento básico se pintaba de tal forma. La pintura la aplicaba así y asá. Y así todo lo demás. Nosotros éramos pintura libre. Él, no. Nosotros estudiamos con un espíritu social, de libertad. Por eso, con el tiempo, nuestro pensamiento se involucra en eso. Unos en forma más directa como Camilo Minero. Yo me quedé como el francotirador: libre. Yo he amado la libertad siempre. Buscamos que la pintura llegara al pueblo. Exponíamos en los parques. Íbamos a sitios libres donde se podía mostrar la pintura. Los alumnos primarios de Valero Lecha no vieron la libertad.

¿Y usted cree que las ideas políticas como las de su grupo ya no están en la actual plástica salvadoreña?
—No, ya no están. Todo hombre, no importa dónde esté, debe moverse políticamente. El trabajo es político.

Y de aquellos tiempos de rebeldía, ¿no tiene algún cuate, amigo o alero que extrañe en estos días?

—Mi amigos fueron los pintores, el grupo del que le hablé, como Camilo Minero, Luis Ángel Salinas. Siempre ese grupito fue mi amigo. Estuvimos juntos como ocho años. Salíamos a dibujar, pintar a los parques. Nos íbamos a oír música clásica. Salíamos a echarnos nuestros cigarros, cervecitas. Siempre los mismos.

¿Qué es lo saludable y dañino que le ha dado la pintura?


—Lo saludable que me da es que me agrada. Y hay gente a la que le agrada también. Yo soy el formador de la pintura en este país. Les guste o no les guste. Hasta el jurado lo dijo. El daño que me ha hecho mi pintura es enseñarla. Estoy ensimismado en enseñar bien las cosas... [Al maestro, Carlos Cañas, se le humedecen los ojos, guarda silencio por un momento y retoma su discurso]. La suerte no ha estado de mi lado y qué vamos a hacer. Ojalá en el futuro haya una cultura de la plástica en este país.

Yo soy Carlos Cañas


Un texto sobre Carlos Cañas en primera persona a partir de entrevistas, declaraciones y conversaciones que el maestro de la plástica salvadoreña ha otorgado al autor de este escrito.

Yo soy el formador de la pintura en este país, les guste o no les guste. Soy el Premio Nacional de Cultura 2012. Me siento muy feliz después de esperar esta cosa que no llegaba. Hay una deuda de este país con mi persona, pero a mis 88 años, yo me siento feliz con el premio. Mi familia y yo nos sentimos agradecidos.

Yo vengo de una familia de pintores. Hacían pintura comercial: pintaban rótulos, pintaban santos, iglesias, cuadros religiosos. Pintaban todo y de todo.

Nací en San Salvador el día 3 de septiembre de 1924. Mi primera obra la tengo fechada en 1937. El trabajo de la pintura es un trabajo del caminante: para caminar necesitamos dar pasos. Si no damos los pasos no se camina. La pintura es una práctica dura de 8, 12, 15 horas todos los días. Es que sin trabajo no hay nada.

Pintar para mí ha sido una alegría. En cuanto a la aceptación de mi obra en la sociedad, ha sido muy dolorosa, muy sufrida, pero el hecho de pintar no se lo quitan a uno. Para mí es doloroso el trabajo de pintor. La suerte no ha estado de mi lado y qué vamos a hacer. Ojalá en el futuro haya una cultura de la plástica en este país.

Lo saludable que me da la pintura es que me agrada. Y hay gente a la que le agrada también. Estoy ensimismado en enseñar bien las cosas. Yo me veo en este país como un educador. He trabajado mucho. He visto tantas dificultades para pintar en El Salvador. Tuve momentos buenos y malos. Pude ir a España, invitado por su gobierno. Después de esto me tocó trabajar muy duro.

Mi vida ha sido trabajar y pintar. Tengo cierta facilidad con el dibujo, de hacer cualquier línea que tiene un agrado, pero si la sigo manejando logro otras cosas: la dejo simple, suelta. Juego con varias líneas —con el error y otras cosas— sin llevar a mi mente que esto es un brazo, un rostro o un torso. Tengo capacidad para crear. En 10 minutos hago 10 tipos de dibujos con las mismas características que pueden ser 10 temas diferentes que después pueden adquirir un nombre. No me preocupa eso. La capacidad creadora, esa me la tengo ganada desde hace cantidad de años.

Mientras mi mente esté produciendo imágenes y mi mano esté respondiendo, el resto solo es pintar. No he perdido mi capacidad. Para ser pintor no basta con manejar los colores, crayones, el papel. Hay que manejar lo demás: el conocimiento de los otros ¿Y eso cómo lo adquieres? A través de la lectura de todo tipo: política, histórica, cultural. Tenemos que leer.

Antes de pintar escribía muchos poemas. Esa es mi tendencia: amar la literatura. Si un escritor a mí me gusta, es porque hay algo mío en él, sino, no encuentro nada y para mí no vale nada. Así pienso. Puede ser un error. Regresé de España y digo "ya no hago más poesía, me voy a dedicar a la prosa". Yo soy todo lo contrario a Rafael Alberti. Él comenzó pintando y de repente comenzó a escribir. Yo, en cambio, escribía poesía, pero me metí a estudiar pintura y me quedé con ella. Después de España vine a El Salvador con la idea de que tenía que ser profesor. Y no solo un profesor que agarra el pincel y pinta, sino un profesor que tenía que hablarles de la pintura, de su historia, de su base estética, de su condición sociopolítica e ideológica. Ah, también de la importancia y lo que significa el dibujo. Y es que dibujar no es hacer un objeto que está frente a ti y hacerlo bien hecho. Eso es copiar. Dibujar es crear. Si no entendemos esas cosas, no sabemos que una línea es un dibujo y que una mancha es color.

La vida me llevó a estar vinculado con el pueblo. Estoy amarrado a él. Me metí en aprietos por mis posturas políticas. Siempre creaba problemas. Me decían que no hablara de eso, que no sé qué. Y eso era porque nunca estuve dentro del partido. Nunca quise estarlo. Jamás. Desde que empecé a pintar, toda mi pintura fue social. No pintar al campesino como alguien derrotado, sino todo lo contrario. Yo he sido lo que se llama un francotirador. Siempre he estado solo y por mi propia cuenta.

Aún sigue en mi mente la idea de quemar toda mi obra. Lo que dije no es un hecho que se va a hacer. Solo es una posibilidad. Hay pintores en Europa que han quemado su obra. Pensaba dejar mi trabajo en un banco, pero luego pensé que no. Donar mis cuadros a un museo es igual a tenerlos guardados.

Mi discípulo, el director del Museo de Arte de El Salvador, Roberto Galicia, dice que la institución podría albergar gran parte de mi obra. Aún no lo sé. No lo sé.

La Sala Nacional de Exposiciones, Salarrué, inauguró la exposición retrospectiva de mis seis décadas de trabajo pictórico. Ustedes estuvieron ahí. Estuve con mi pueblo. Yo siempre he estado con este pueblo. Desde 1958 me dediqué en cuerpo y alma a la docencia en la Universidad de El Salvador. Después pasé al Centro Nacional de Artes. Otro trozo de mi vida quedó ahí.

Ojalá estuvieran mis amigos pintores, aquellos con los que salía a dibujar, a pintar en los parques. Nos íbamos a oír música clásica. Salíamos a echarnos nuestros cigarros, cervecitas. Siempre los mismos. Todo hombre, no importa dónde esté, debe moverse políticamente. El trabajo es político. Hacer pintura es una actividad política.

En la ceremonia de Casa Presidencial, yo solo tuve palabras de mucho agradecimiento. Hay mucha gente que me ha ayudado. Estuve muy emocionado, casi no podía decir nada. Se me hizo un nudo en la garganta como sucedió cuando me avisaron del premio. Es que yo por nada me emociono, fíjense. Me conmoví profundamente cuando me lo dijeron y no pude decir palabra alguna, pero sí, ya era tiempo que me lo dieran. Me han dado otros premios, pero dinero, nunca.


Yo soy Carlos Cañas. Soy un creyente terrible de la humanidad. Estoy con este pueblo sufrido y golpeado. Cuando yo me vaya de este mundo, no me iré solo, porque yo los llevaré siempre conmigo.

Carlos Cañas: "Soy el que puede sacar cosas de la nada..."


El maestro presentía su muerte. En esta entrevista ofrecida a El Diario de Hoy en diciembre de 2012, el maestro de la plástica salvadoreña lo confesó. Este texto también se publicó el 30 de diciembre —del mismo año— como parte de un especial dedicado a grandes personajes de ese período.

A los salvadoreños no les gusta la franqueza, las cosas con nombre y apellido. Por eso, no sería raro que las expresiones que el artista Carlos Cañas vierte en esta entrevista parezcan ególatras, soberbias. Inadmisibles. Sus opiniones sobre la vida, la política y el arte —a sus 88 años— siguen intactas. Parafraseando al trovador Silvio Rodríguez, diremos de él que morirá como vivió.

¿Y por qué piensa que esto de los premios, los homenajes, las entrevistas se deben a que ya se va a morir? ¿Quién le dijo eso?

Tengo esa idea. Es que estoy muy enfermo. La verdad es que me he puesto a pensar cómo será mi muerte, cómo pasará. Y así como ha sido [la cobertura de los medios sobre el premio] así será esto de mi muerte. Así que más o menos ya estoy enterado de lo que va a pasar. He visto la muerte de tantos pintores. ¿Y qué ha salido sobre ellos? ¡Nada en los periódicos!

Años atrás hablamos sobre la muerte y me decía que la afrontaría con poesía, filosofía y pintura. ¿Sigue echando mano de esta trinidad?

Sí, pero es que mire, yo siempre sentí amor por la poesía. Desde que estaba en cuarto, quinto grado. Una vez dije, "desde aquí, a lo lejos, veo un país azul, azul, azul..." Y un profesor me dijo: "Usted está loco. ¿Cuándo ha visto países azules?" Es una metáfora, le dije yo. Y él me dijo: "No, no, no. Déjese de babosadas".

¿Y eso le hizo cambiarse a la pintura...?

No. Un día pasé detrás de la Imprenta Nacional y ahí estaba una escuela de artes gráficas. Entré y un señor me dijo qué quería estudiar, si dibujo o pintura. Me hizo entrar y estudié dibujo. Pero yo seguí leyendo mucho. Buscaba a la gente que estuviera en la filosofía para irme mejorando. Yo me entregué a la existencia de un poeta: Rafael Alberti. Busqué un libro de él que se llama "Marinero en tierra". Lo encontré y lo leí y leí hasta repetirlo muchas veces. Me di cuenta de que él quería ser pintor. Yo siempre anduve tras la pista de Rafael Alberti por tener relación conmigo: yo de poeta a pintor y él de pintor a poeta. Si hay alguien a quien yo quise conocer en el mundo fue a Rafael Alberti. Ese ha sido mi sueño. De ahí no he querido conocer a nadie. Me dio una gran tristeza no poder conocerlo.

¿Y qué activa en usted el deseo de ser pintor?

Mire, tal vez sea una arrogancia mía, pero yo dije: "si me pongo a hacer poesía, voy a arruinar a todos los poetas salvadoreños", porque la poesía de ellos es muy arcaica y esto (los poemas de Carlos Cañas) es de muy avanzada. Entonces me dediqué a pintar y a hacer prosa sobre arte, pero no quise hacer más poesía por la razón que le dije. Creí que lo que yo hacía era superior a lo que se hacía en El Salvador, excepto a lo de Escobar Velado, que era un poeta extraordinario.

¿Y publicó algún poemario?

No. Un poeta nicaragüense publicó mi trabajo en un diario con el título: "Pintor desdoblado en poeta". Mi poesía era oscura, pero se debía a que yo era un lector terrible de la Biblia, porque me encantaba ese juego de palabras, esas cosas oscurísimas, pero hermosas. Lo dejé porque yo no podía dejar de pintar. Lo traía en los genes. Unos tíos míos fueron pintores, los hermanos de mi padre. La pintura fue todo un mundo y yo me encerré en él. Encontré en la pintura mi identidad.

El jurado que le dio el premio dijo que usted en pintura era lo más aproximado a un genio. ¿Quién forjó a Carlos Cañas como artista?

No sé. Yo solo sé una cosa: desde que me puse a trabajar en pintura en El Salvador, trabajé para ser siempre el primero. Ser el conductor. Soy el que puede sacar cosas de la nada. Ese siempre fue mi sueño. Y no solo en lo técnico, sino en todos los aspectos: sociales, filosóficos, económicos, históricos. Algo que no estudiás en una hora. En España vi la pintura contemporánea. Seguí pintando y no pensé si podía ser grande o pequeño. Solo pensé que iba a ser pintor. Mi padre me decía que tuve un hermano que murió joven. De ese sí se podía decir que era gran artista. No era comercial. Empecé a creer en los genes. Pensé que se podían doblar. Hay una clase de misterio. Hay una conducción de tu persona hacia algo. Tú no sabes a dónde puedes llegar, pero debes conducirte por ese camino.

¿Y la bohemia se cruzó por ese camino?

Eh… estudiaba para sacar mi título de bachiller en letras, pero también estudiaba pintura. Estaba comprometido con lo que hacía… Tenía un grupo de amigos que sábado a sábado nos reuníamos, nos echábamos las cervezas y amanecíamos hasta el domingo. Andábamos por toda la Avenida Independencia. Nuestra bohemia era muy precaria, pero bohemia al fin y al cabo. Pero no era gente con la misma fuerza que yo tenía para hacer las cosas. Luego me reuní con escritores de mayor edad que me conducían por las letras y la pintura.

¿Y en esta trayectoria de siete décadas encontró a un rival en las artes plásticas de El Salvador?

Nunca, nunca. Tuve amigos que pintaban. Me consideré capaz de conducirlos, pero no con prepotencia. Por ejemplo: fundé el Grupo de Pintores Jóvenes. Después le cambié el nombre a Pintores Independientes. Hablaba con ellos —no te voy a dar nombres— y les hablaba de ciertas cosas, les daba libros para que fueran conduciendo su pensamiento, porque ellos sabían pintar. Teníamos a guías como Diego Rivera, Siqueiros, Orozco. Nuestra realidad era Latinoamérica. Sobre ella pintábamos y escribíamos.

Si hubiese que entregarle el Premio Nacional de Cultura a otro pintor, ¿a quién se lo entregaría usted?

¿Ahora? En este momento no encuentro a ninguno. Si lo encontrara, te lo dijera. Siempre he querido ser honesto. Hacia arriba hubo varios pintores con mucho valor como Antonio García Ponce. Él hubiese sido uno.

¿Y quién es Carlos Cañas? Hablo del hombre terrenal de carne y hueso.

Es un solitario. La soledad es un mal natural en mí. Siempre he vivido solo. Me gusta estar solo. Soy el que vive en soledad eterna, pero buscando que esta soledad se desarrolle en creatividad... Es el oficio de pintar en el que deposito todas mis soledades. Yo nunca pinté para ganar premios, riquezas. La pintura ha sido mi modo de trabajo y tenía que producir. Pinté para vivir. Yo nunca tuve creencias derrotistas. Siempre me creí muy alto, elevado. Nunca pensé qué hace un pintor grande para los demás, sino qué puedo hacer para mí mismo, para sentirme gozoso de la pintura. No crea que ganar el Premio Nacional de Cultura me ha producido un gran estímulo. Lo considero algo natural, algo que tenía que darse. Como me lo dijo el jurado: "Este país tiene una gran deuda con usted".

¿Cómo le gustaría que lo recordara El Salvador cuando usted muera?

Cuando llegué a España oí una frase que me fue muy simpática: "Hasta que se llega a los 40 años se puede pensar en la muerte, pero antes, no". La muerte en ese entonces era un elemento poético. Aún lo sigue siendo para mí. La muerte es algo que me tiene que suceder. Estoy enfermo y mi muerte puede suceder de la noche a la mañana. Solo pienso qué va a suceder con mi obra. Para el Estado es imposible salvarla. Hace unos años un abogado me dijo que hablara con un banco. Otro me dijo que no lo hiciera porque se terminaría perdiendo.

Si dejamos a un lado su cuadro Sumpul, ¿qué otro salvaría usted del fuego?

Antes de que llegara José Napoleón Duarte a la presidencia (es decir, 1984) yo ya había pensado en el Sumpul. Ese cuadro dio una lección a su pueblo. Sin estar en el sitio, pero sí conociendo los hechos, hice ese cuadro que iba a ser más grande, pero estaba dispuesto para que las cosas así fueran.

Con la frialdad que da el tiempo, ¿al cuadro Sumpul le faltó o le quitaría algo?

No, está exacto. Ahí reflejo a una sociedad completa: padres, hijos, ancianos, jóvenes amantes que son estudiantes, campesinos. Ahí tengo a todo el pueblo. Ellos representan al río. Quedé asombrado que cuando el Sumpul llegó al Museo de Arte, la gente llegaba con velas, las ponían al pie del cuadro y lloraban. Sin pretenderlo, eso fue un acercamiento con el pueblo.

Hablé con un joven que me contó que el río Sumpul ya no es como el de antes. Ahora es un río sucio… Doné al Museo José Luis Cuevas (México) un cuadro que se llama Otra vez el río (que también tiene que ver con el tema de el Sumpul). Esa obra es mi concepto intelectual sobre el Sumpul. Tiene un jarro roto que es el pueblo destruido. La tela que se hunde es la muerte.

¿Cómo se define usted políticamente?

Como me decía una amiga: "Carlos, siempre camina a la izquierda". Creo que ningún otro artista pertenece a otro sistema político. ¿Por qué? Porque el artista es rebelión y busca las causas reales de las cosas y lucha por ellas.

Hace un momento usted mencionó a José Luis Cuevas. Tengo entendido que entre ustedes hubo una polémica por una premiación...

Me dieron a mí un segundo lugar. En ese momento Walter Beneke era el ministro de Educación. Ahí estaba Waldo Chávez Velado y le pedí que me dejara hablar primero. Dije que José Luis Cuevas no tenía porqué burlarse de un pueblo y que íbamos a aceptar cosas que fueran correctas (premiar sin favoritismo a los participantes) y se armó un lío tremendo. Eso pasó y nos hicimos muy buenos amigos.

Pero entiendo que, a partir de eso, las clases pudientes del país le dieron la espalda a usted y su obra.

El responsable de Bellas Artes (instancia del gobierno de aquel tiempo) hizo una fiesta y puso un video ante la alta sociedad para que se dieran cuenta de quién era yo. Me salí de la fiesta inmediatamente. Me pusieron como el enemigo de las cosas.

¿Se le cerraron las puertas?

Sí. Pasé como 15 o 20 años sin que se me comprase un cuadro. No me invitaban a ninguna parte ni a ninguna fiesta.

Durante la entrega del Premio Nacional de Cultura 2012, el presidente Funes en su discurso habló un 20% de usted y el otro 80% de su gobierno. A sus colegas pintores eso no les gustó. ¿Usted qué piensa de aquello?

Él no conoce de arte. Prácticamente es la verdad en general. A mí me conoce personalmente, sabe quién soy, pero él no conoce mi obra. Allá él. Eso es su problema. En todas partes, cuando entregan un premio, se preparan. Preguntan antes de entregar el premio, es decir, hay una cultura. Vaya a usted a Europa y verá que allá saben qué están haciendo en literatura, pintura, teatro, porque eso es parte de la vida.

Con a sus 88 años y con una vasta trayectoria, ¿se siente arrepentido de algo, existe algo que no pudo hacer…?

Todo lo que quise hacer, lo hice. Yo creo en lo que hago, creo en lo que estoy. Ya le he dicho que manejé la poesía, las letras, pero mi camino era la pintura. Seré pintor hasta que me muera. He visto en varias ocasiones la negación de la sociedad hacia mi persona. Me he sentido muy mal, pero luego he reaccionado y me he dicho que eso es parte de mi actividad como pintor. No soy Picasso, no soy Matisse. Soy un pinche pintor salvadoreño que se llama Carlos Cañas en un país como El Salvador.

EL COMENTARIO

Otra mano dibujó a Carlos Cañas. Una cósmica. De esas que trazan sed de infinito en la mirada y el corazón para buscar múltiples caminos de profesionalización y experimentación. Él los ha recorrido todos en las distintas disciplinas de las artes pláticas: dibujo, pintura, cerámica, escultura, grabado. En todas se ha movido con envidiable solvencia. Eso lo convirtió en un maestro y obligada referencia para sus coetáneos y otras generaciones. En su andar se ha hecho acompañar de poesía, la filosofía y la política.

"Hacer pintura es una actividad política", ha declarado siempre, Carlos Cañas.

Por eso es que, desde que tiró los dados, asumió el resultado de su apuesta: "ser siempre el primero. Ser el conductor" de la pintura en El Salvador, aunque eso le dejara solo "como un francotirador que se salva por su propia cuenta".

Considerado como el precursor del arte abstracto en este país centroamericano, Cañas desde sus inicios tuvo como centro de su trabajo al ser humano marginal, periférico, olvidado.

"La vida me llevó a estar vinculado con el pueblo. Estoy amarrado a él. Mi pintura social no pintó al campesino como alguien derrotado, sino, todo lo contrario".

Sus primeros trabajos muestran el cuerpo humano de sus paisanos: hombres y mujeres con rasgos indígenas con tonos que emanan del color de la tierra, de la agricultura. Su viaje a España y su sed de conocimiento lo conducen por trabajos que a ratos rozan el cubismo, el surrealismo, la figuración. Otros llegan con vehemencia al expresionismo figurativo. Pero ha sido en la abstracción donde su rúbrica brilla sin competencia.

"El arte abstracto lo hice yo, lo hice con escuela. Yo llegué al concepto de lo abstracto", declara sin aspaviento el maestro, Cañas. O para dejarlo más claro, sin que le tiemble el pulso, asevera:

"Soy el origen de la pintura contemporánea en El Salvador".

Entre las series destacadas, polémicas y nada políticamente correctas están: "Terror y ternura”. De esa producción destaca la obra "Niño chupando caña", todo un emblema que hace honor al título. O "Testimonios" que es toda una denuncia del mal que eclipsó a El Salvador. El paseo al purgatorio terrenal lo pone con la serie "De hospitales".
"Pinto sobre la realidad histórica y la realidad vivida", repite al ver su obra, el virtuoso artista.

Carlos Cañas nació en 1924. Estudió en la Escuela Nacional de Artes Gráficas. Se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (España). Es Premio Artes Gráficas. Fue reconocido por la Asamblea Legislativa. Es Orden de las Artes y las Letras (Francia, 1990), Orden Nacional José Matías Delgado (1992), Orden de Isabel la Católica (España, 2001). La Cruz de Santiago (Embajada de España en El Salvador 2009). Premio Nacional de Cultura (2012).

El reverso de la diferencia

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¡Que se jodan los sabios y los pensadores! / ¡Que se jodan todas las épocas y edades! / ¡Que se jodan los hombres de todos los tiempos / y el embuste de la Civilización y de la Cultura! [J. A. N.]