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viernes, 1 de junio de 2018

Marisa Martínez: Mi hermano Roberto d'Aubuisson estuvo en la planeación del crimen de monseñor Romero



Han pasado 38 años tras el asesinato de monseñor Romero y llevar el apellido d'Aubuisson ha sido una carga muy pesada para Marisa Martínez, la hermana del fundador del partido de derecha —ahora oposición— Alianza Republicana Nacionalista (Arena). El mayor Roberto d'Aubuisson ha sido señalado por la Comisión de la Verdad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como el autor intelectual del magnicidio del religioso que fue beatificado en mayo de 2015 en una ceremonia multitudinaria en la capital de El Salvador. En 2018 el papa Francisco firmó el decreto que hará posible la canonización de monseñor. A Roberto d'Aubuisson también se le señala de ser el fundador de los escuadrones de la muerte que secuestraban, torturaban, asesinaban y desaparecían a los que ellos creían opositores de su causa.

Marisa Martínez se sacudió el apellido d'Aubuisson tras ocultarse en el de su esposo Edín Martínez. Fue la rebelde de una familia de derecha, conservadora y aficionada al verde olivo.

Los padres de Marisa fueron Roberto y Joaquina. El progenitor falleció cuando Marisa tenía 10 años y Roberto 12. Fueron cuatro hermanos: Carmen, Roberto, Carlos y Marisa. Sobreviven Carlos y Marisa. Ella estudió en un colegio de monjas. Hizo voluntariado con las comunidades indígenas de Guatemala en 1969. Tenía 18 años. En ese mismo país centroamericano estudió teología en 1973 en la Universidad Francisco Marroquín. Luego se incorporó a la oenegé Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Mínima (Fundasal). Es madre de tres hijos. Desde 1989 conformó la organización Centros Infantiles de Desarrollo (Cinde) que funciona en las zonas más populosas de El Salvador. En 1999 se unió a la Fundación Romero. Ahí editan libros sobre la vida, obra y pensamiento del ahora santo.

“La Iglesia no hablaba de monseñor Romero. Estaba muy callada”, recuerda Marisa Martínez.

Marisa es una persona serena, estoica. Está muy involucrada con las causas de las minorías de El Salvador y está empapada sobre la vida de monseñor Romero. Usa un bastón luego de pasar por las manos de médicos que le trataron una dolencia de su pierna izquierda.

A pesar de que a su hermano Roberto d'Aubuisson ya lo perdonó y pudo reconciliarse con él mientras estaba en su lecho de muerte víctima del cáncer, Marisa no puede ocultar cierta incomodidad al ser cuestionada sobre la trayectoria de su hermano y de la carga que ha sido él en su vida.

“Pensé que esta entrevista trataría sobre monseñor Romero y no sobre mi hermano Roberto”, le dice a BBC Mundo en un hostal de San Salvador.


Su familia era católica y de derecha. ¿Es así?
Sí. Para esa época estábamos gobernados por los militares. Mi mamá apoyaba esa línea de pensamiento. Creo que [mi familia] veía normal que los militares dominaran por tantos años.

Usted fue la oveja negra y rebelde de su familia…
Sí. Fui la rebelde de la familia.

Y siendo de derecha su familia, ¿esta no vio mal que se fuera a trabajar con las comunidades indígenas?
Mis padres no estaban satisfechos. Mi madre quería que estuviera estudiando algo. La costumbre era que las chicas estudiaran secretariado comercial. Yo nunca me arrepentía de lo que hacía. Siempre me atrajo el trabajo social. Estudiar teología me ayudó a conocer el pensamiento de la Iglesia. También estudié el cooperativismo para trabajar con las comunidades. Y así es: mi madre no estuvo contenta [con lo que hacía].

¿Cómo nació en usted esa vocación por la marginación?
No sé. Eso sí que no lo sé.

¿A qué edad se despertó en usted esa vocación?
Si reviso mi pasado, pues todo comenzó desde muy niña en el colegio con las monjas. Ellas nos inculcaron mucho el compromiso, la solidaridad, de conocer el contexto y la realidad en la que vivíamos. Teníamos que hacer análisis y todo eso ayudó muchísimo [para mi formación].

Usted se empapó del catolicismo y estudió teología. ¿Por qué no fue monja?
Es que decidí ser religiosa. Entré a la congregación de La Asunción.

¿Es decir que estudió para ser monja?
Sí, pero me retiré. Preferí una vida laica. Además, en las congregaciones siempre existían los grupos conservadores. Yo sentí que faltaba mayor compromiso, más cercanía con el pueblo y tratar otros temas [sociales].

¿Y cuándo fue la primera vez que escuchó hablar de monseñor Romero?
El día que lo nombraron arzobispo en 1977.  Ya se vivía una situación muy convulsionada en El Salvador. Y de parte del coronel Molina —que ya estaba en el poder— hubo tantos gestos de represión; sobre todo a sacerdotes extranjeros. Algunos los expulsaron del país. La situación estaba tensa y acusaban a la Iglesia de tener una línea que no les competía [con respeto a la política de El Salvador]. Pero esta gente [católica, laica] estaba en la línea del Concilio Latinoamericano de Medellín que mandaba a los católicos a acercarse a la población y nos pide al mismo tiempo una opción preferencial por los pobres. Esa línea me entusiasmó. Pero eso de que nombraron como arzobispo de San Salvador a un Óscar Romero que era obispo de Santiago de María [departamento de Usulután], pues no me entusiasmó. No lo conocía. [Pero todo cambió] cuando el día 12 de marzo de 1977 asesinan al padre Rutilio Grande. Pero antes tuvo un gesto: las Ligas Populares 28 de Febrero se tomaron el Parque Libertad [centro de San Salvador]. Y se lo tomaron porque hubo elecciones en esa semana y hubo un fraude tremendo. Y queda como presidente el general [Carlos Humberto] Romero [presidente desde 1977 hasta 1979]. Entonces monseñor Romero tuvo que ir a la iglesia El Rosario a convencer a la Guardia Nacional que dentro de la iglesia no tenían preso a ningún agente de seguridad. A mí eso me pareció una actitud muy valiente de él y comprometida. La Guardia Nacional quería entrar a la iglesia y matar a la gente. Ya había [masacrado]  a la gente que estaba reunida en el Parque Libertad. Mataron a varios y los cadáveres los entraron a la iglesia de El Rosario. Monseñor Romero fue a mediar y logró que saliera la gente. A los días mataron al padre Rutilio Grande. Romero preguntó a los feligreses qué debía hacer. Y fue entonces que hizo una misa única. Eso estremeció a todo el país y a la oligarquía y a los jefes militares.

¿Y finalmente pudo tener un encuentro con monseñor Romero?
Tuve la dicha de estar en sus homilías en Catedral Metropolitana. Lo vi, lo escuché. Tuve también la ocasión de estar junto a él en una actividad de Fundasal. Fundamos una comunidad que se llama El Pepeto [municipio de Soyapango, San Salvador]. Estuvo en el estreno de la casa comunal. Pude darle la mano, saludarlo. En otra ocasión en el Arzobispado de San Salvador hubo una reunión y yo andaba con mi esposo y nos invitó a pasar para tratar un tema de la iglesia. En esas ocasiones pude verlo, tocarlo y escucharlo. Antes de que lo mataran, yo le mandé una carta. Lo felicité por el premio internacional que le dieron por defender los derechos humanos. Le hablé sobre mi admiración por él y él me respondió. Todavía guardo esta carta que me la mandó en febrero de 1980. La recibí el día 25 de marzo de 1980. Él ya estaba muerto. La carta para mí ha sido de mucho peso. Pero no importa si tuve o no encuentros con él. Lo importante es lo que él fue y lo que hizo. Hay algo importante: a monseñor Romero lo conocen como el arzobispo de San Salvador que duró tres años, pero monseñor tiene una trayectoria de toda la vida y es una vida que ha ido en ascenso. Él fue un profeta. Al estudiar a los profetas bíblicos (Isaías, Oseas, Ezequiel, Amós) vemos que no querían meterse en problemas, pero hay una fuerza que los empuja a denunciar al malo, a denunciar la injusticia. También a anunciar esperanza. Por eso todos sabemos que monseñor Romero fue un profeta en El Salvador que anunciaba lo que nos iba a pasar si esto no cambiaba.

¿Y de parte de su familia hubo rechazo hacia monseñor Romero una vez que su imagen se hizo más pública?
Sí, había rechazo. Y en la actualidad hay mucha gente que rechaza a monseñor. En aquel tiempo se decía que la Iglesia era comunista y que tenía un arzobispo comunista, los curas comunistas, los jesuitas comunistas. Se decía que las Comunidades Eclesiales de Base eran peligrosas. [Mi familia] estaba cerrada en sus propios intereses.

Y de su familia, ¿quién era el más hostil hacia monseñor Romero?
Todos eran muy hostiles con monseñor Romero. Y por supuesto que mi hermano Roberto era el más hostil por ser militar. Tuvo actuaciones públicas en televisión y decía lo que sentía hacia monseñor. Él no lo ocultó nunca.

¿Y a usted le recriminaban algo por estar al lado de la Iglesia y de monseñor Romero?
A mí no me importó. No los escuché [a su familia]. Yo no quería entrar en debate sobre esos temas, porque no nos llevaba absolutamente a nada. Y una cosa era el cariño a la familia y otra era no caer en la trampa de hablar de la situación política de El Salvador. Yo me mantuve al margen. [Yo sabía] que no iba a cambiar a Roberto. Yo no lo iba a convencer de que Romero era un santo. Eso habría sido perder el tiempo. Él tenía su línea y yo seguía la mía.

Me gustaría entrar de lleno con Roberto d'Aubuisson. ¿Cómo fue la infancia de su hermano? ¿Fue el único militar de la familia?
Sí, fue el único militar de la familia. Cuando mi padre murió, él tenía unos 12 años de edad. Estudió en el Colegio Externado San José [un lugar con docentes con ideas progresistas]. Luego un primo-hermano lo llevó a vivir con él para que fuera al colegio. Con 16 o 17 años de edad entró a la Escuela Militar para hacer el bachillerato. Era un colegio para internamiento. Si la carrera les gustaba, pues se quedaban dos años más para hacer la carrera militar y salir de subteniente. Mi mamá decidió que estuviera internado en la Escuela Militar. Creo que fue empujada por la dificultad de conducir a un adolescente inquieto. Sin embargo a Roberto le gustó la carrera militar.

¿Por qué cree que le gustó la carrera militar?
[Simplemente] Le gustó. Cuando se graduó lo mandaron a la Guardia Nacional [temido grupo de seguridad del Estado]. Ahí empezó a rolarse y a comprometerse con lo que él creía. Luego lo mandaron a Washington a la Escuela de las Américas, después a Panamá a la Escuela de las Américas. Y bueno, ya sabemos de qué se trata esa formación estadounidense: formar militares para defender el tema de la Guerra Fría. Para mí a Roberto lo formaron y lo deformaron.

¿La ausencia de una figura paterna desestabilizó a Roberto d'Aubuisson?
No sé si nos desestabilizó a todos. Yo lo recuerdo con una infancia tranquila. No sé si le hizo falta tener a un padre.

¿Y en qué momento se da cuenta de que su hermano Roberto d'Aubuisson es una pieza clave contra la lucha contrainsurgente?
Desde que dan un golpe militar en 1979. Le dieron la baja. Aunque nunca me quedó claro si le dieron la baja o él la pidió. Roberto se va a la clandestinidad y formó lo que en aquel tiempo se llamaba Frente Amplio Nacionalista. Así empezó a incidir en la oligarquía. Ahí me di cuenta de la línea que iba a seguir.

¿Roberto d'Aubuisson fue problemático en la adolescencia?
A mí me pareció un chico normal. Era muy alegre, muy sociable, muy amigo. Era un líder en los grupos. Hacía tonterías que hacen los jóvenes a esa edad.

¿Cómo fue su relación con Roberto d' Aubuisson durante la niñez y la adolescencia?
Nos llevábamos bien. Roberto fue el hermano más cercano a mí. Nos entendíamos bien. En vacaciones todo era muy alegre porque él organizaba caminatas [al volcán] y él me llevaba. Íbamos al cine. Tuvimos una relación bonita. Y sé que me quería mucho.

¿Incluso cuando monseñor Romero era la manzana de la discordia?
Siempre me quiso. Incluso cuando murió. Y claro: él sabía que estábamos en posiciones distintas.

¿Y hablaban de las diferencias que tenían?
Yo trataba de no hablar sobre eso. Pero sí: en algunas ocasiones hablamos sobre nuestras diferencias. Yo fui clara y le dije que no compartía en absoluto lo que los militares [le] hacían [a la población] y lo que hacía Orden [grupo paramilitar] donde Roberto acompañó mucho a esa organización. Él juraba que yo era comunista. Todos éramos visto como comunistas: los agentes de pastoral, los curas, las monjas, los que estábamos cerca de los pobres, los miembros de las cooperativas. Todo el mundo. Nos metían en un canasto que se llama comunismo aunque no sepamos qué es eso y aunque no lo hayamos estudiado. Cualquier compromiso con los pobres y cualquier postura a favor de la justicia era una condena. Así fue como asesinaron a tantos servidores laicos.

¿Usted nunca intervino en la opción que él tomó?
¿Usted cree que habría servido de algo? Eso era imposible. Él estaba seguro y convencido de que los equivocados eran los de allá [del otro bando] y que él y resto de su grupo tenían toda la razón. Además, a él le dolió mucho que sacaran a los militares del poder. Y le dolió más que los sacaran a los que él llamaba comunistas. Estaban cerrados. Los únicos —para ellos— quienes tenían la razón eran los militares, la oligarquía y la empresa privada. Tratar de convencer a Roberto con una plática era imposible. Era como hablarle a una pared. Él defendía sus argumentos. Siempre.

Y sabiendo cómo era su hermano, ¿alguna vez le tuvo miedo?
Mirá: me jugué el pellejo en muchas ocasiones al trabajar con las zonas populares. Éramos sospechosos, pero en lo más hondo de mí, pues yo tenía la certeza de que Roberto no me iba a matar. Yo era para Roberto una muela que le dolía. Yo tuve miedo cuando la represión aumentó. A medianoche [los escuadrones de la muerte] iban a sacar a la gente. Y cuando veíamos cadáveres en las calles, pues empezamos a vivir con miedo. Pero seguimos la línea comprometida que teníamos.

¿Y no tuvo problemas en las comunidades cuando estas se enteraban de que su apellido era d'Aubuisson?
Las comunidades empezaron a conocerme en 1973. Cuando empieza la organización en las comunidades, pues ya me conocían los líderes. En ese momento era soltera y usaba el apellido d'Aubuisson. No sé porqué, pero nunca me tuvieron desconfianza. Más bien las comunidades me tuvieron compasión. Yo seguí en las organizaciones y nunca me tuvieron desconfianza. Algunas organizaciones que no me conocían de nada, pues sí encontré en ellas rechazo. Decían: “¿Qué hace esa aquí?” Entonces yo era prudente y me retiraba.

¿Y cómo manejaba ese tipo de rechazo de parte de ciertas comunidades?
¡Lo comprendía! Tenían mucha razón. Yo estaría afligida de tener a una d'Aubuisson en un evento. Yo no iba si no me invitaban.

¿Cómo maneja ahora el llevar el apellido d'Aubuisson? ¿Alguna vez fue una carga?
Sí, alguna vez fue una carga. Todavía hay gente que levanta la mirada cuando les doy mi Documento Único de Identidad. Hubo un tiempo que fue muy difícil y yo me refugié en el apellido de mi esposo [Edín Martínez. Falleció en 2017] y por eso soy más conocida como Marisa de Martínez. En los tiempos más álgidos de la guerra no era fácil ni simpático andar el apellido d'Aubuisson, porque se miraba el rechazo de la gente, el murmullo. Por ejemplo: cuando voy al Seguro Social y me llaman con el apellido d'Aubuisson, pues se ven cabezas que se levantan. Pero he aprendido a convivir con ello. Lo más importante es vivir con tu conciencia [tranquila] y con lo que has hecho en tu vida.

¿Usted  cree que su hermano Roberto d'Aubuisson fue el creador de los escuadrones de la muerte?
Yo creo que él junto a otros militares. Él no fue el único. No, no. Ahí está el capitán Eduardo Ávila, está el capitán Saravia. Con él  trabajó en la organización esa [los escuadrones de la muerte]. También fue apoyado por unos civiles como Fernando Sagrera, por ejemplo. Fue un grupo. No fue él solito el fundador de los escuadrones de la muerte. Había como cuatro grupos de los escuadrones de la muerte dirigidos por distinta gente. Si usted lee las declaraciones del capitán Álvaro Saravia que publicó el periódico El Faro y quien condujo [en su vehículo] al asesino de monseñor Romero, pues habla de otro escuadrón que llegó por la mañana para apoyarlos [en el asesinato del arzobispo]. Entonces, había grupos de criminales que iban surgiendo por el financiamiento de los millonarios del país y por militares descontentos por el golpe.

¿Y qué pasaba por su mente cuando su hermano estaba involucrado en el asesinato de gente a la que usted ayudaba en las comunidades?
Muchas cosas. Pero para el público lo que menos importa es lo que piense yo. No creo que nadie quiera saber qué situaciones personales vivía yo, sino cómo la voz de monseñor Romero tronaba alto en esos años.

¿Y qué dice su corazón: fue su hermano Roberto d'Aubuisson quien mandó a matar a monseñor Romero?
Fíjese que hubo una investigación sobre esto para esclarecer la verdad y todo lo señalaba a él y todo este grupo que andaba con él. Y las declaraciones del capitán Saravia lo terminaron de confirmar. Es seguro que [mi hermano, Roberto d'Aubuisson] estuvo en la planeación de ese crimen [de monseñor Romero].

¿Y en qué momento intuyó que él estaba involucrado en el crimen?
Yo conocía cuál era su postura contra monseñor Romero. En la televisión [Roberto d'Aubuisson] lo llamaba mentiroso. Yo conocía el rechazo fuerte que tenía hacia monseñor. [El involucramiento de Roberto d'Aubuisson en el asesinato] no era ningún imposible. Mucha gente murió cuando Roberto los mencionaba en televisión. Tenía una lista [los nombraba] y morían. Y esa gente, o se iba del país o eran asesinados. Los iban a traer a sus casas. Había una gran radicalidad y criminalidad.

¿Es cierto que Roberto d'Aubuisson acuñó la frase “Haga patria, mate a un cura”?
Sí. Es lo que se dice. Sí, ajá. Regaban los papelitos desde las avionetas.

Y cuando sucedió el asesinato de monseñor Romero, ¿usted se distanció de su hermano?
Es que yo ya me había distanciado de él. En toda la década de 1980 lo habré visto unas seis veces.

¿No extrañaba a su hermano?
No. Ni siquiera él sabía dónde yo vivía ni lo que yo andaba haciendo. Además, estaba criando hijos, trabajaba. Nos encontramos en cuestiones familiares. Estábamos distanciados.

¿Y cómo es su relación con el resto de la familia d'Aubuisson?
Buena. Siempre visité a mi familia. No es que fuéramos uña y carne. Mi mamá ya murió, pero la visitaba cada diez o quince días. Fuimos una familia normal. Eso sí: siempre y cuando no se tocara el tema político.

¿Y dónde estaba y qué hacía cuando supo sobre el asesinato de monseñor Romero?
En mi casa. Oí gritos en el vecindario. Alguien me gritó que pusiera la radio. Ahí fue donde escuché la noticia. Fue un impacto terrible. Fue muy doloroso. Estuve en Catedral Metropolitana [para la vela]. Estuve en la misa de su funeral. Yo me siento muy contenta ahora que la Iglesia se ha animado a declararlo santo. Creo que monseñor y la verdad triunfaron. Los detractores de monseñor Romero que dicen ser católicos se han quedado bastante callados. Estoy contenta porque monseñor vive y es conocido universalmente. La Iglesia ha decidido ponerlo como ejemplo, como seguidor de Jesucristo. La justicia llegó tarde, pero muy tarde. Pero llegó.

Cuando escuchó en la radio sobre el asesinato de monseñor Romero, ¿sospechó de su hermano Roberto d'Aubuisson?
Oí gritar a una mujer en la calle. Estaba desesperada en la pavimentada y decía: “Se salió con su gusto el mayor Roberto d'Aubuisson”. Eso me impactó mucho. La gente inmediatamente empezó a señalar a mi hermano como el asesino de monseñor. Y es que una no es ingenua. Yo sabía de lo que podrían ser capaz toda esa gente [Roberto d'Aubuisson y su entorno].

¿Y usted tuvo comunicación con el entorno de Roberto d'Aubuisson? Por ejemplo con Álvaro Saravia, Fernando Sagrera…
Los conocí en una ocasión, pero nada del otro mundo.

Durante la beatificación de monseñor Romero se hizo presente su sobrino Roberto d'Aubuisson [actual alcalde reelecto de la ciudad de Santa Tecla]. ¿Cómo tomó esto usted?
También estuvieron los diputados del partido Arena [Alianza Republicana Nacionalista fundado por Roberto d'Aubuisson que gobernó por 20 años en El Salvador]. No recuerdo si le di importancia. Ver a toda esa gente que lo rechazó y que lo sigue rechazando… Me dan lástima. [Esa gente] sigue siendo lo que siempre fueron.

¿Y usted tiene comunicación con su sobrino Roberto d'Aubuisson?
No, no la tengo. Si lo encuentro nos saludamos, pero comunicación cercana con él no la tengo.

¿Cómo afronta el pasado de su hermano Roberto d'Aubuisson? ¿Con qué ojos lo ve ahora? ¿Lo considera un asesino?
No. Lo veo con ojos cristianos. Siento lástima de que no pudo entender y comprender la verdad. Él vivió en la mentira y en la oscuridad.

Tras declarar ilegal la Ley de Amnistía de 1993 el caso de monseñor Romero ha sido reabierto. ¿Usted participaría en el proceso de investigación si la llamaran a declarar?
No tendría nada que declarar porque no fui testigo. Ni se me ha ocurrido. ¿Qué es lo que tendría que declarar? ¿Que fui testigo de que Roberto no quería a monseñor? Si eso todo el mundo lo vio en la televisión.  ¿En qué serviría mi testimonio?

¿Y cómo tomó la beatificación de monseñor Romero?
Nosotros venimos trabajando desde la Fundación Romero su beatificación y la noticia fue una alegría muy grande. Creímos que la canonización podría demorar quince o veinte años. Ha sido una fortuna tener a un papa latinoamericano, porque puede entender mejor a monseñor. Lo ha leído y además lo conoció en persona. Sin dejar de lado que lo admira. El papa ha entendido muy bien la opción de monseñor Romero. La mañana que supimos sobre su canonización los correos y los mensajes a través de Facebook iban y venían. Hubo tantas llamadas telefónicas. Nos pusimos alegres porque al fin se hizo justicia. Aunque para este pueblo salvadoreño que lo conoció, pues ya era nuestro santo. Dios se manifestó en él para El Salvador.

Hay católicos de derecha vinculados al partido Arena que todavía rechazan a monseñor Romero…
Sí, sí. Pobres. Son ciegos. A Jesús de Nazaret lo rechazaron aun después de muerto. Los que decían ser seguidores de Jesús de Nazaret persiguieron a los cristianos. Con monseñor Romero sucede lo mismo. No lo entendieron. La oligarquía ha querido adoptar la religión a su estatus, a su pequeña y corta visión. No se abren ni siquiera al evangelio de Jesús.

¿Por qué cree que existe este rechazo a monseñor Romero?
Porque esta gente no es fácil que se convierta. Son lo que monseñor Romero decía: son protestantes de rodillas ante sus dioses, a sus ídolos. El ídolo poder, el ídolo dinero, el ídolo placer. No pueden rechazar a estos ídolos y por eso no se convierten. Están encerrados en ellos mismos y en sus riquezas. Además, ellos están llenos de rabia y rencor.

¿Cómo ve el manejo que ha hecho la izquierda de monseñor Romero? También he escuchado voces del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) decir que gracias a ellos la beatificación y canonización fue por buen camino gracias a su gestión. ¿Qué opina al respecto?
Cuando dicen esto se refieren a gestiones desde el Gobierno salvadoreño. Así lo he entendido yo. [Pero creo que la gente del FMLN] está equivocada. Nada que ver con lo que dicen. Ellos no tuvieron ninguna influencia [en la canonización y beatificación]. Sobre lo otro: yo creo que las organizaciones no es que hayan utilizado a monseñor, sino que él es querido por unos y por otros. Monseñor Romero no es propiedad de la Iglesia católica. Otros se pueden apropiar de las enseñanzas y mensajes de monseñor. Y eso hay que respetarlo. Ahora: que se diga que el Gobierno ayudó para la beatificación y canonización de monseñor Romero, pues eso es ridículo. Ahí queda [el FMLN] en ridículo. El proceso iba caminando y el papa Francisco desempolvó [la causa].

¿Y usted le ora a monseñor Romero?
Sí, siempre. Yo le encomiendo muchas cosas a él a favor de los pobres y los más débiles. Y yo  sé que él escucha. Le pido que aprueben nuestros proyectos para seguir trabajando con los niños.

Si tuviera la potestad de elegir un milagro de monseñor Romero, ¿qué le pediría?
La transformación de El Salvador. Que en este país reine la justicia. Y yo creo que poco a poco nos lo irá dando. Así ya no nos lamentaremos de tanta corrupción y violencia. Yo es lo que le pido a monseñor. Y se lo pido mucho por el bien de este país. Le pido que encontremos el camino para superar tanta violencia y sufrimiento. Esto significa encontrar gente comprometida [para el cambio].

Parece que monseñor Romero no se equivocó cuando afirmó que resucitaría en su pueblo…
No, no se equivocó. Y eso es lo que hemos trabajado desde la Fundación Romero: que esté presente y vivo en este pueblo de El Salvador.

¿Cuál es la gran lección de vida que le dejó monseñor Romero?
La coherencia. Él creyó y vivió según en lo que él creía. Creyó en ese Dios manifestado en Jesús y fue un seguidor fiel. Él anduvo entre los pobres cuidando, apoyando, visitando, predicando y denunciando.

¿Cómo sobrelleva cada 24 de marzo? Por un lado se conmemora el martirio de monseñor Romero, pero por el otro lado aparece la sombra de su hermano Roberto d'Aubuisson…
Es un problema para mí, pero el hecho de la relación familiar a mí no me cegó. Solo me tocó aceptarlo. Mantenemos el dedo en la llaga: fue un mártir por la fe. Lo mataron quienes lo odiaban. Entre ellos estaba un hermano mío. Eso es triste. Pero eso a mí no me iba a detener. No iba a ser una mujer triste ni iba a andar haciendo drama. Yo no fui [el que asesinó a monseñor Romero]. Hay que aprender a tener madurez

¿Le incomoda hablar de su hermano Roberto d'Aubuisson?
Depende con quién. A veces incomoda. También hay que recordar momentos buenos con él de amigos, de hermanos, de fiestas…

¿Cuál es el mejor recuerdo que tiene de Roberto d'Aubuisson?
Tengo muy buenos recuerdos: mi fiesta rosa, las caminatas al volcán. Él me enseñó a nadar en el lago de Coatepeque.

¿Y cuándo fue la última vez que lo vio?
Un día antes de que muriera.

¿Logro hablar con él?
Los últimos tres meses lo fui a visitar al hospital todos los días. Me quedaba treinta, cuarenta y cinco minutos con él. Conversábamos o solo veíamos la televisión. Nos reconciliamos. Eso fue lo importante.

¿Se arrepintió de su pasado?
Hablamos brevemente. A mí lo que me interesaba decirle a Roberto es que él siempre estuvo equivocado. Siempre. Yo no era guerrillera. Él decía que yo era guerrillera. Yo le decía que los guerrilleros eran los que andaban fusiles en la montaña y se daban duro con el ejército. Le dije que yo pasé criando a mis hijos. Le dije que yo no pertenecía ninguna organización [guerrillera], que yo nunca fui militante, que yo soy militante cristiana. Yo le dije que si no me creía, pues no me importaba.

¿Y visita su tumba?
No, fíjese. Mejor ni me cruzo por ese cementerio, la verdad. Nunca he visitado la tumba de él. Nunca. No, no, no.

¿Usted guarda algún bien precioso de su hermano Roberto d'Aubuisson?
No. Que me hayan regalado algo cuando el murió, pues no. Nada.





*Esta entrevista fue publicada en BBC News Mundo 

viernes, 23 de marzo de 2018

Gaspar Romero: Yo sabía que iban a matar a monseñor Romero





El miércoles 7 de marzo de 2018 El Salvador amaneció con una buena noticia: el papa Francisco proclamará santo al beato, monseñor Romero. Y es que un milagro le fue atribuido gracias a su intercesión. El único que se siento indigno con esto es su hermano: Gaspar. Ser pariente de un santo no lo ocurre a cualquiera.

Óscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios (departamento de San Miguel) el día 15 de agosto de 1917. Fue asesinado por la ultraderecha el día 24 de marzo de 1980. Pero antes vaticinó: "Si me matan, resucitaré en mi pueblo". Y no se equivocó. En la vida práctica monseñor Romero no necesitó del Vaticano: a partir de su muerte el mundo lo proclamó "San Romero de América". Lo que ha hecho el papa Francisco es un mero trámite.

Monseñor Romero fue beatificado en mayo de 2015 en una ceremonia multitudinaria en la capital de El Salvador. La paradoja de este evento fue que asistió el hijo de uno de los autores del asesinato del beato: Roberto d'Aubuisson Jr. Por su puesto que fue abucheado.

Los padres de monseñor Romero fueron Guadalupe de Jesús Romero y Santos Romero. Fueron siete hermanos. Dos aún están con vida. El primero que nació fue Gustavo. Le siguió Óscar, Zaida, Rómulo, Mamerto, Arnoldo y Gaspar Romero. Este último habló en San Salvador con BBC News Mundo y hace un repaso por la vida del ahora santo.


¿Cómo fue su relación con monseñor Romero?
Como cualquier hermano. A veces de amistad, a veces de distancias. Cosas de cipotes.

¿Tenía discrepancias con él?
No. Fuimos una familia común y corriente

¿Cuál es el primer recuerdo que usted tiene de monseñor Romero?
Cuando él se fue al seminario a los trece años de edad.

¿Cómo surge en monseñor Romero el deseo de ser sacerdote?
Desde muy pequeño quiso serlo. Cuando salía de la escuela, él todos los días iba a la iglesia y ayudaba al sacerdote.

¿Pero de dónde surge la inspiración?
Era vocación. Fue inspiración de Dios porque nadie lo empujó a eso. Lo suyo fue pura vocación.

¿En la familia no pareció extraño que uno de sus miembros quisiera ser sacerdote?
No. De ninguna manera. En la familia nos pareció un orgullo tener a un hermano bueno, un hermano dedicado a la iglesia, dedicado a las cosas de Dios.

Por ser distintos, ¿a usted nunca le molestó la visión conservadora que pudo tener su hermano?
En ningún momento. Él estaba en su vocación y yo en la mío como telegrafista.

Monseñor Romero era un ser humano con virtudes y defectos. Si pudiéramos hablar de sus defectos, ¿cuáles fueron?
No podría hablar de defectos. Él solo tenía amor al prójimo, al pobre.

Pero esas son sus virtudes. Me refiero si tenía mal carácter… [Interrumpe]
No. Él era serio y le gustaba que la gente fuera responsable. A él le gustaba la seriedad. No andaba con bromas ni con chambres. Fue muy íntegro.

¿En qué momento monseñor Romero se vuelve un ícono en Ciudad Barrios?
Desde que llegó de Roma. Todo el pueblo llegó a recibirlo. Empezaron a quererlo y lo quisieron mucho porque veían en él a una buena gente. Se inclinó desde entonces hacia los derechos humanos. Empezó a ayudar a los pobres y necesitados. Si no podía económicamente, pues lo hacía con consejos.  A la familia nos afectó para bien, porque fue un honor tener a un hermano de esa talla. Fue un orgullo para Ciudad Barrios. Ahí lo adoran. Todos los domingos hay excursiones a Ciudad Barrios. La gente quiere conocer el lugar donde él nació. Todos los domingos sale un autobús de Catedral Metropolitana.

¿Y usted por qué no quiso ser sacerdote teniendo una gran influencia como la de monseñor Romero?
La falta de vocación. Además, él y yo éramos independientes. Y él siempre respeto eso. Toda la vida.

Entiendo que no siempre usted estuvo al lado de monseñor Romero…
Mire: hay muchas mentiras. Nunca hubo distanciamiento. Siempre que había una oportunidad nos veíamos. Y obligadamente nos reuníamos en el cumpleaños de alguien de la familia. Pero distanciados, nunca.

Usted no fue palomita del Espíritu Santo. ¿Nunca le dijo algo por beber, fumar, mujerear?
No. Lo que él hacía era aconsejarme como hermano mayor. Me decía que fuera bueno, que no bebiera, que no fumara. Que me dedicara al estudio. Me aconsejó, pero nunca me obligó a nada.

La ultraderecha mató a monseñor Romero, pero también en las filas guerrilleras no caía bien…
Hay muchas mentiras y hay mucha gente interesada en desfigurar los hechos, la historia. Él no fue político ni de izquierda ni de derecha. La derecha le llegaba a hacer consultas. Lo mismo hacía la izquierda. Cuando a la derecha le habían secuestrado a algún familiar aristocrático, entonces acudían a él para ver si les podía ayudar. Él se comunicaba con los guerrilleros y a veces lograba liberarlos. Lo mismo sucedía al revés: cuando el ejército había capturado a uno de los cabecillas de la guerrilla, entonces acudían a monseñor para que lo liberaran. Él en ningún momento se inclinó hacia algún bando. Y ambos bandos le ofrecían protección. El Gobierno le ofrecía guardaespaldas y no aceptó. La guerrilla le dijo que si quería ayuda, pero él de ninguna manera aceptó.

Se dice que monseñor Romero tuvo dos etapas: una muy plegada a la devoción religiosa y hubo otra en la que se convirtió en la voz del pueblo, pero eso sucedió luego del asesinato del padre Rutilio Grande [asesinado en 1977 por fuerzas de seguridad del Estado].
Esa es otra mentira. Con Rutilio Grande fueron muy amigos. Monseñor siempre fue lo mismo. Lo que pasó es que le tocó vivir la época de la guerra cuando lo nombraron arzobispo y le dejaron una papa caliente porque ya empezaban los secuestros, los incendios de las iglesias, la toma de embajadas, secuestraban embajadores y a él le tocó estar en medio de eso. Fue una época muy difícil.

¿Cómo era monseñor Romero en la vida privada?
Común y corriente. No había ninguna diferencia. No tenía envidias ni odios. Al contrario: él siempre quería ayudar y se sentía preocupado cuando veía tanta pobreza y tantos muertos. Y él no podía hacer nada.

¿Se sentía impotente?
Se sentía muy impotente.

¿De dónde cree que sacaba valor monseñor Romero para lidiar contra la dictadura militar?
De Dios. Él estaba solo. No tenía ni ejército ni guerrilleros. Él solo estaba protegido por Dios. Y él lo decía en sus homilías.

Y a pesar de ser muy querido, ¿cree que monseñor Romero se sentía solo?
No. Él sabía que estaba corriendo peligro, pero él no tuvo miedo en ningún momento. Él decía que se sentía protegido por Dios.

¿Usted en algún momento imaginó que iban a matar a su hermano?
Ah, claro. Yo sabía que lo iban a matar por los anónimos que recibía. A saber quién se los mandaba. Lo amenazaban a muerte. Vino el representante del papa Juan Pablo II a decirle que había noticias de que su vida corría peligro y que el papa le ofrecía trasladarlo o darle una vacación o mandarlo a algún puesto que él quisiera en la ciudad o en la república que él quisiera. Entonces monseñor Romero le dijo con mucho respeto que le agradecía al papa, pero en ningún momento pensaba irse de El Salvador.

¿Y usted qué opina de que Juan Pablo II le dijo que tuviera cuidado con los comunistas?
Bueno, es que al papa le llegaron a contar chambres. Fueron tres obispos de El Salvador los que fueron a hablar con el papa. Los ricos le pagaron a ellos para que fueran a denunciarlo al Vaticano. Mandaron una investigación para saber qué pasaba. La comisión que vino a El Salvador asistía a las homilías de forma anónima. Monseñor no sabía que aquí estaban, pero dieron un reporte que decía que él estaba haciendo lo mejor y además decía que [ojalá] los demás arzobispos fueran como él.

¿Y monseñor Romero sabía que iba a morir?
No. Él decía que iba a morir de cualquier forma, pero no suponía que lo iban a matar en misa.

¿Y usted cree que esa misa fue una trampa?
No. No creo eso. Lo que pasa es que el programa que tenían los asesinos era buscar el momento. Los autores intelectuales prepararon esa muerte dirigido por Roberto d'Aubuisson [fundador del derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena)]. Ellos andaban detrás de él y encontraron el momento oportuno. Se reunieron y planearon el asesinato.

Durante la beatificación de monseñor Romero asistió el hijo de Roberto d'Aubuisson. ¿Qué piensa de eso?
Como salvadoreño tiene derecho de andar por todos lados, pero como hijo de un asesino, pues imagino que él debe sentirse culpable. Aunque no fue él quien lo asesinó, pero toda la gente lo ve muy mal a él.

¿Usted se incomodó?
No, yo no. Eso ya se esperaba, pero no se deseaba.

El expresidente Mauricio Funes catapultó la imagen de monseñor Romero… [Interrumpe]
Mauricio Funes tuvo devoción por monseñor Romero y quizás aún la tiene. A un bulevar le puso su nombre y lo mismo sucedió con el aeropuerto de El Salvador. En Casa Presidencial está la figura de monseñor Romero.

Hay mucha gente que tiene devoción por monseñor Romero, pero sus enseñanzas las dejan de lado. Por ejemplo: el expresidente Mauricio Funes que ahora está acusado de corrupción…
Bueno, eso es un asunto personal. Las personas tienen una parte buena y una parte mala.

¿Alguna vez en su vida pensó que su hermano llegaría a ser beato y hasta santo?
No, nunca.

Y cuando lo supo, ¿cómo tomó la noticia?
A mí me avisaron desde el Arzobispado de San Salvador y me invitaron como invitado especial. Y es un honor para la familia y para el pueblo salvadoreño.

¿Y en la actualidad cómo es su relación con monseñor Romero? ¿Lo invoca?
Claro. Sí. Siempre.

Monseñor Romero está en boca de todos, pero no sus enseñanzas. ¿Cómo ve esto?
Eso es de esperarse. Usted sabe que la oligarquía en El Salvador es poderosa y ellos son los que dan el trabajo, los empleos y la gente pobre tiene que seguir esto. Monseñor pedía que se pagaran sueldos dignos.

Monseñor Romero también se enfrentó a Estados Unidos pidiéndole en una carta a Jimmy Carter que no enviara apoyo económico al ejército salvadoreño…
Sí. Él lo hizo porque vio que la guerra no paraba. A él [monseñor] le dolía la muerte de tantos campesinos, de gente pobre. Él pensaba que podía detener eso y por eso le mandó la carta a Jimmy Carter.

¿Es un error pensar que monseñor Romero solo era un devoto de la Virgen y de la Santísima Trinidad?
La primera devoción de monseñor Romero es Jesucristo y cumplir con los evangelios.

¿Por qué cree que en El Salvador no ha habido otro monseñor Romero?
Esperemos que salga alguno. Hay muchos seminaristas. Esperemos que salga uno igual o mejor.

Parece que monseñor Romero no se equivocó cuando dijo que resucitaría en su pueblo…
Sí. En la cripta de Catedral Metropolitana siempre hay gente arrodillada con una velita rezando a monseñor. Y eso es de todos los días.

¿Qué significado tiene para la población salvadoreña la canonización de monseñor Romero?
Para los católicos es una alegría. Las otras religiones lo ponen como ejemplo.

Después de tantos impedimentos durante la guerra y luego de los acuerdos de paz, ¿la canonización de monseñor Romero es una victoria?
El Vaticano es prudente y muy sabio. Ellos siguen estudiando unos milagros que han llegado allá para certificarlos. Monseñor tiene que ser pasado por esas pruebas [de los milagros]. Las cosas que no se creen son el misterio y don de Dios.

Me he dado cuenta de que todavía hay gente que odia a monseñor Romero…
Así es. Hay gente que lo quiere y gente que no.

¿Qué explicación da que treinta y siete años después monseñor Romero siga vigente?
La beatificación.

¿Qué piensa que diría monseñor Romero sobre la clase política que tenemos y sobre las pandillas?
Él dijo que después de la guerra viene lo peor. Y yo creo que es lo que está pasando ahora.

Fue como una profecía…
Sí, porque si usted ve los periódicos, pues todos los días hay asesinatos.

Durante el conflicto armado, ¿cómo era el día a día de monseñor Romero?
Desde la mañana iba a decir su misa, luego se iba a la oficina a  trabajar sus cosas. Por las tardes salía a visitar a los enfermos y por la noche se iba a la iglesia a rezar el rosario. Así eran sus días.

¿Cuál es la certeza que usted tiene sobre los asesinos de monseñor Romero?
La Comisión de la Verdad [documento de las Naciones Unidas de 1993] señala a Roberto d'Aubuisson como la persona que dio la orden de asesinar a monseñor Romero. Él y su entorno de seguridad actuando como escuadrón de la muerte.

¿Antes de la Comisión de la Verdad usted tuvo la intuición de quién pudo haberlo matado?
Claro. Roberto d'Aubuisson siempre lo insultaba por televisión. Y esos espacios eran pagados por la oligarquía.

¿Alguna vez algún familiar de Roberto d'Aubuisson se acercó a usted para hablar sobre el asesinato de monseñor?
No. Ni quiero. Monseñor Romero dijo: “A los que me vayan a matar, desde ya perdono a los que lo hagan”. Y si él lo dijo así, pues yo también digo que los perdono. A quien conozco es a la hermana de Roberto d'Aubuisson: Marisa d'Aubuisson [de la Fundación Romero]. Con ella no somos amigos, pero sí nos hablamos.

¿Y cuál es la posición de Marisa d'Aubuisson sobre su hermano en la participación del asesinato de monseñor Romero?
Ella dice que se fue de su casa porque era y es devota de monseñor Romero y no se hablaban con Roberto d'Aubuisson.

¿Cómo se siente de ser hermano de un santo?
Honrado. Me siento indigno de ser hermano de un santo, [pero] orgulloso. La familia, todos estamos contentos. Estamos contentos de la beatificación, no del asesinato. Vemos que entre más tiempo pasa, más crece la devoción hacia monseñor Romero. A esta casa han venido periodistas desde Rusia, Argentina. A mí me invitaron a Londres a la develación de una estatua que han colocado en el centro de la ciudad de Londres. En el acto de inauguración estuvo presente la reina Isabel.

¿Usted recuerda la última vez que vio a monseñor Romero?
Sí. Fue un viernes. A él lo mataron un lunes. Ese viernes lo vi rápido por sus ocupaciones. Tampoco pude ir a la misa que dio el domingo por compromisos personales. Y lunes fue que lo mataron. Lo mataron por la tarde.

¿Usted es de la idea de que se investigue el asesinato de monseñor Romero?
Sí, como cualquier crimen. La obligación de la Fiscalía es investigar y aplicar la justicia…

¿Le gustaría hablar con los asesinos de su hermano?
No. No creo que sea necesario. No vale la pena. Ya lo que está hecho no tiene nada para atrás.

Anteriormente dijimos que el expresidente Mauricio Funes tiene devoción por monseñor Romero, ¿pero qué piensa de la paradoja de que no quiso derogar la Ley de Amnistía, pero sí lo hizo la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia?
Yo de política no entiendo nada. Lo que sé en el caso personal del expresidente Funes es que era devoto de monseñor Romero.

Yo no sé cómo es esto de la fe católica, ¿pero tiene fe de reencontrarse con su hermano en algún momento?
Bueno, estamos hablando de una dimensión desconocida. Puede ser. Son misterios de Dios que nadie sabe.

¿Cuál es la anécdota más hermosa que usted tiene sobre monseñor Romero?
Su frase: que perdonaba a quienes los fueran a matar. Él dijo: “Yo sé que me quieren matar, pero desde ya perdono a quienes lo vayan a hacer”. Y él lo dijo sin saber quiénes lo iban a matar. Él los perdonó. Hay algo [paralelo] con lo que dijo Jesucristo: “Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

¿La beatificación y canonización le ha cambiado la vida a usted?
No, en ninguna forma. Lo que he visto es que viene mucha gente a visitarme, muchos periodistas. Mi hermano atiende en San Miguel a la gente que llega de Honduras, Nicaragua. Yo me siento agradecido. Y lo que me  gusta es que se divulgue la verdad [sobre monseñor Romero] porque hay muchas mentiras y eso sí que no me gusta.

¿Cuál es la mentira más grande que existe sobre monseñor Romero?
Las calumnias que hicieron los obispos. El de San Vicente, San Miguel y Santa Ana lo fueron a calumniar allá [al Vaticano con Juan Pablo II]. Afirmaron que monseñor Romero era comunista y que estaba con la guerrilla y que estaba contra el gobierno.

¿Qué actitudes recuerda de monseñor Romero?
Su generosidad. Y no solo con uno, sino con varios. Yo le decía que hasta se pasaba de generoso. Él nunca tenía cinco centavos porque todo lo que le llegaba a sus manos, pues lo regalaba a los pobres. Compraba canastas básicas y las llevaba a las zonas más pobres: cantones, barrios. Donde fuera. Y lo que a él le regalaban, él lo terminaba regalando. En su cumpleaños la gente de dinero le regalaba lo mejor. Una vez le regalaron unos zapatos de lujo y él se los regaló al jardinero del seminario. Era muy desapegado. Eso no lo he visto en ningún cura.

Líderes mundiales reconocen la figura de monseñor Romero…
A la cripta de Catedral Metropolitana han llegado Barak Obama, Rafael Correa, Hugo Chávez y otros que no recuerdo. Esto es bueno para todos, porque le repito que es bueno que se conozca la verdad. Porque hay biografías y biografías malas. Por ejemplo: salió una película que se llama Romero y es pura mentira todo. Quizás la hicieron solo por venderla.

Hablando de comercialización: ¿cómo ve que se hagan tazas, camisas, gorras sobre monseñor Romero? Hay un lucro con la imagen de su hermano…
Sí. Y eso es algo que no se puede detener. En primer lugar esto podría ser una devoción. En segundo lugar es gente pobre que se gana la vida haciendo estas cosas artesanales. Y así se ganan la vida con el nombre de monseñor.

¿Qué lección de vida le dejó monseñor Romero a usted?
A ser un hombre bueno, sano, recto. Ser un hombre que prefiera a los humildes. Esas son las lecciones.

¿Tiene algún objeto de monseñor Romero que tenga como bien preciado?
Tenía muchas cosas. Las tenía aquí en la casa. Pero pensé que esas cosas solo las miraba la familia y pensé que deberían estar en la Divina Providencia. Las cosas las mandé para allá: un escritorio, una máquina de escribir, un radio. Y no recuerdo qué otras cosas. Allá las hermanas las tienen muy bien cuidadas. El lugar es muy visitado. [La entrega] la hicimos con una escritura en la que digo que dono todo lo de monseñor con la condición de que no se vaya a mover, prestar o vender. Me pasó que me pedían prestado libros de monseñor y no me los devolvían. Otros me pedían una fotografía para hacer un libro y no me la devolvían. Así me fui quedando sin cosas de él.

Hay algo que no se conoce de monseñor Romero y es que era aficionado a la fotografía…
Sí. Él tenía mucha afición a la fotografía. Eso no se conoce. Hay muchas cosas de monseñor que no se conocen…

¿Por ejemplo?
Que él era muy caritativo. Eso poco se conoce. Él iba a visitar a los enfermos y les llevaba algunas monedas. Mandaba a repartir la canasta básica a los pobres, a los que vivían debajo de los puentes. A los paupérrimos los invitaba al seminario y los atendía [con alimentación]. Eso era lo que yo admiraba de él.

¿Qué pasó con la casa de Ciudad Barrios donde ustedes nacieron?
Es casa la compró la Cooperativa de Cafetaleros. Se dieron cuenta de las peregrinaciones y de cómo Ciudad Barrios ha crecido en turismo, entonces la Cooperativa de Cafetaleros se ha querido aprovechar y primero le puso un precio de trescientos mil dólares. Y cuando vieron que los padres querían comprarla la subieron a quinientos mil dólares. Los sacerdotes dijeron que no estaban en condiciones de hacer ese pago. Para mí solo el Gobierno podría comprar la casa.

¿A ustedes les gustaría recuperar esa casa?
No para nosotros. Queremos que la casa sea donada para una escuela, una biblioteca, para charlas y enseñanzas de artesanías.

La figura de monseñor Romero cada vez se vuelve más importante…
Eso es lo que yo admiro, porque cuando muere cualquier ser humano a los pocos días ya nadie se acuerda de él.

¿Usted cree que la canonización vuelva a monseñor Romero un santo aguado y que la gente olvide su espíritu combativo y de justicia?
Él era parejo con toda la gente. En lo personal ha habido gente que me ha contado de milagros, pero eso solo el Vaticano lo puede investigar.

¿Le ha hecho un milagro monseñor Romero a usted?
El milagro que me ha hecho es ser indigno de ser famoso [por monseñor Romero] a través de la televisión. Mucha gente me conoce. Y cuando salgo a la calle muchos me saludan y yo no los conozco. Eso es algo que no me gusta. Quien se merece todo eso es monseñor. Cuando designaron cardenal a Gregorio Rosa Chávez, él dijo que lo recibía, pero quien se lo merecía era monseñor Romero.

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¡Que se jodan los sabios y los pensadores! / ¡Que se jodan todas las épocas y edades! / ¡Que se jodan los hombres de todos los tiempos / y el embuste de la Civilización y de la Cultura! [J. A. N.]